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martes, 22 de diciembre de 2009

Adventureland (2009) de Greg Mottola




La comedia de adolescentes (Teen Comedies) es un subgénero asentado desde hace más de tres décadas en la producción americana. La evolución de este tipo de películas ha pasado desde Porky´s (Bob Clark, 1982) y Desmadre a la americana (John Landis, 1978) hasta algunas comedias que proponen una relectura del subgénero como la saga American Pie, Academia Rushmore (Wes Anderson, 1998) o más actuales como Juno (Jason Reitman, 2007) y las perpetradas por Judd Apatow, Seth Rogen y compañía. Adventureland, escrita y dirigida por Greg Mottola, vuelve a la misma fórmula de su anterior película, Supersalidos (Superbad, 2007), la comedia humana mezclada con melancolía y añoranza juvenil. Su nueva película está ambientada en un parque de atracciones muy cutre, situado en Pittsburgh. James Brennan acaba de graduarse y planea un viaje a Europa junto a su amigo Eric, pero las dificultades económicas por las que está pasando su familia, dan al traste con sus intenciones. Además, tiene que buscarse algún empleo de verano para ahorrar dinerillo para la universidad. El único trabajo que encuentra es en un parque de atracciones llamado Adventureland y su puesto como ayudante de juegos, no le seduce demasiado. Sin embargo, allí trabará amistad con sus compañeros y encontrará una chica, Emma, de la que se enamora. Pero no todo será color de rosa en la vida de Brennan y sus amigos.


Mottola mezcla el drama y la comedia en Adventureland componiendo un producto agridulce que deja un poso nostálgico, a la vez que esperanzado, en el espectador. El público que más se puede identificar con este film no es el más joven, sino aquel comprendido entre la treintena y la cuarentena, que puede revivir esos tiempos en los que no existían tantas responsabilidades, pero que igualmente eran difíciles en las relaciones sociales y, sobre todo, en el amor. Las referencias a la marihuana (muy presente en el film) y la música pop y rock de finales de los ochenta, desde un punto de vista inocente, añaden a Adventureland un toque simpático que desdramatiza en cierta medida la historia de amores y desamores que narra. No obstante, la banda sonora del film está firmada por el grupo indie neoyorkino Yo la tengo.


El tono de comedia contenida se extiende por todo el film, no llegando al desparrame de otras comedias de universitarios americanos, que hacen del chiste y la grosería su leitmotiv narrativo, y en este punto no voy a mencionar ninguna en concreto, porque seguramente se nos vienen a la cabeza unas cuantas. Ese equilibrio narrativo hace de Adventureland un film diferente y simpático, aunque formalmente no aporte mucha novedad y no se decante por una estética personal. En este terreno, parece que Mottola se siente muy cómodo y su fórmula resulta efectiva, aunque en un futuro no muy lejano, debemos pedirle más, pues como todo, la repetición desgasta bastante.


Por último, hay que destacar el elenco de jóvenes actores, que bien dirigidos por Mottola, crean unos personajes con mucho carácter, a pesar de resultar clichés (el perdedor, el guaperas, el freak, la animadora, la incomprendida…etc.). Algo que resulta difícil de evitar y que no preocupa mucho a los guionistas especializados en comedias Teen.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

martes, 3 de noviembre de 2009

500 Días juntos (2009) de Marc Webb


Que la comedia romántica americana es un género que atrae a mucho público a las salas de cine es un hecho totalmente comprobado. La audiencia se identifica con el eterno mito de la “cenicienta”, que en los últimos años tiene el rostro de Julia Roberts, Meg Ryan, Sandra Bullock o Cameron Dyaz. Todos estos films resultan ser puro entretenimiento, historias que nada tienen que ver con la realidad y que por eso mismo son aceptadas por el público. En este contexto, 500 Días juntos, la ópera prima del norteamericano Marc Webb, fundamentalmente director de videoclips musicales, intenta desmarcarse del género romántico y ya desde el comienzo una voz narradora avisa que no vamos a ver una comedia romántica. Sin embargo, la película de Webb, sí es una comedia romántica, y de lo más estúpida. La historia chico conoce chica, chico se enamora de chica y chico no es correspondido, está muy trillada en la historia del cine y aunque la película intenta darle otro enfoque, cae irremediablemente en la gracia tonta, dirigida a un público poco exigente que se contenta con banalidades.


Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt que destacó en Brick, 2005, de Rian Johnson) es un joven arquitecto que trabaja escribiendo tarjetas de felicitación porque no ha encontrado nada mejor. Un buen día, conoce a la chica nueva de la oficina, Summer Finn (Zooey Deschanel, vista en El incidente, 2008 de M. Night Shyamalan), y se enamora de ella. Pero ella de él, no, y termina dejando la relación. Para explicarnos esto, Marc Webb alarga la película hasta la hora y media, cuando lo ideal hubiera sido un cortometraje de 10 o 15 minutos. Durante ese tiempo asistimos a los momentos significativos de la relación de los dos jóvenes, marcada por topicazos del género y un humor bastante infantil, que sorprendentemente, arrancó alguna carcajada a la audiencia de la sala en la que vi la película. Los defensores de la película podrán considerar la novedad del punto de vista como algo original, que no lo dudo, pero resulta patético, estúpido. Ni siquiera los actores están bien. En mi opinión no hay química ninguna entre ellos y verlos en pantalla se convierte en un auténtico suplicio. La narración en flashbacks, con continuos saltos temporales, está bien al principio, pero resulta extremadamente cargante a medida que avanza la película. Para intentar ganarse al público, Webb introduce algún guiño cinéfilo, al Séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) o algo que recuerda a la Nouvelle Vague, pero que no pasan de ser anécdotas intrascendentes, como toda la película en general. Lo único agradable del film es su selección musical. Algunos temas de la cantante canadiense Feist, The Smith, The Pixies, etc, pop británico al que se culpa de la tristeza del desamor.


Para terminar, me parece vergonzoso que esta tontería de película esté entre las 250 mejores del la lista del IMDB cuando escribo estas líneas. Concretamente recibe una puntuación media de 8,2 y ocupa el puesto 227. Esto hace confirmar mi desazón ante los gustos cinematográficos del público actual, que es muy poco exigente. Que películas tan estúpidas como ésta ocupen las salas españolas y que no se estrenen otras obras cinematográficas de calidad, debería ser un delito. Desde luego, habría que sancionar a los exhibidores por estrenar semejante memez y crear una audiencia que se traga todo lo que le echen sin pedir nada a cambio. Si hubiera justicia en este mundo, deberían de devolvernos el dinero a todos los espectadores de 500 Días juntos y prohibir a Marc Webb hacer otra película. Que se dedique a los videoclips y a la televisión, que allí la mediocridad se recompensa.

2/10

Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 29 de octubre de 2009

After (2009) de Alberto Rodríguez


Propuesta arriesgada la del director Sevillano, Alberto Rodríguez, en su tercer largometraje en solitario, cuarta película si tenemos en cuenta su debut junto a Santi Amodeo en el Factor Piglim (2000). After es una película que destila un profundo pesimismo con respecto a las consecuencias de la madurez. Los personajes principales, más cercanos a la cuarentena que a la treintena, transitan por la vida envueltos en la confusión y la insatisfacción que le producen sus propias realidades. Tres amigos se reúnen para vivir una noche de juerga, en la que el alcohol y las drogas, deforman sus caracteres sacando a relucir lo peor de ellos mismos. Manuel, Julio y Ana, tres almas a la deriva cuyas vidas se encuentran en terreno de nadie, pasada ya la juventud salvaje, no pertenecen a ese supuesto mundo adulto lleno de responsabilidades. Manuel (Tristán Ulloa) lleva una vida burguesa, sumido en un matrimonio que parece insatisfecho, presenta una tendencia a la violencia que se manifiesta incluso con su propio hijo, cuya relación es de rechazo. Julio (Guillermo Toledo) es un ejecutivo, aparentemente de éxito, que oculta una tremenda soledad que intenta suplir con los chat de internet y que estalla ruidosamente la noche en que sale con sus dos amigos. Y Ana (Blanca Romero), una mujer guapa y decidida, que esconde un miedo terrible a esa pérdida de la belleza que conlleva la madurez y que intenta combatir a base de devorar hombres, pero que no evita que se trate de otra alma solitaria.


Alberto Rodríguez y Rafael Cobos firman un guión que demuestra la eficacia de la narración a través de tres puntos de vista, en un ejercicio de maestría en la escritura cinematográfica, algo que en el panorama actual del cine patrio, echamos bastante de menos. A parte de por su guión, After destaca por las descarnadas interpretaciones de los tres protagonistas, destacando un poco sobre las meritorias actuaciones, la de Guillermo Toledo, que cambia de registros de manera impresionante, pasando de su lado cómico a interpretar las consecuencias del consumo excesivo de alcohol y drogas. Los distintos puntos de vista (Ladrones de cuerpos, Laura 230 y Niebla) constituyen tres variantes sobre la misma noche de desfase, aportando en cada caso la representación de la rutina diaria de los tres personajes, en las cuales vamos descubriendo sus miserias, sus miedos y sus ansiedades. Rodríguez, que pertenece, por edad, a la misma generación, parece saber de lo que habla, puede que esos personajes tengan algo de él mismo, o de amigos suyos. Y su visión sobre los mismos destila nostalgia sobre la pérdida de la juventud y la inadaptación a la madurez, como si de una feroz lucha se tratara entre el mundo adulto y el mundo juvenil. Sin duda, After es una gran película de actores y de dirección de actores, porque Alberto Rodríguez se mueve como pez en el agua en ese terreno y no duda en llevar a sus actores a momentos extremos y tensos en el terreno sexual, si no al sexo explícito pero rodado con bastante buen gusto y no eludiendo mostrar la realidad.


Con 7 Vírgenes (2005), Alberto Rodríguez retrató la marginalidad juvenil en un relato realista y pesimista al mismo tiempo. En After, los personajes tienen 20 años más pero el pesimismo y la desazón siguen presentes. Habrá que estar atento a los próximos trabajos de Rodríguez, que con esta película ha dejado el listón bien alto y consolida una nueva forma de cine español que huye de tópicos, como también ocurre en las películas de su amigo Santi Amodeo.

8/10
Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 25 de octubre de 2009

Let´s Get Lost (1988) de Bruce Weber


Documental dirigido por el aclamado fotógrafo americano, Bruce Weber, hace ya más de dos décadas, sobre el mítico trompetista de jazz, Chet Baker. Let´s Get Lost constituye un profundo viaje al interior del artista, cuya vida personal es un auténtico caos después de tres divorcios y una terrible adicción a las drogas que acabará con su vida a la temprana edad de 59 años.


Se nota que Weber es fotógrafo, pues el film, rodado en un imponente blanco y negro, destaca por la cuidada iluminación en las partes creadas ex profeso para el mismo. También la forma en la que filma las fotografías fijas del pasado del músico, en las que aparece joven y en su máximo esplendor, adquieren un nuevo sentido al pasar por la cámara de Weber. Pero no sólo la música de Baker le interesa. En Let´s Get Lost pesa su biografía tanto como su faceta artística pues weber acude a sus ex parejas, a sus hijos y a la madre del músico, que van desgranando aspectos de su personalidad que nos dibujan a un genio débil, esclavo de las drogas, una estrella consumida por su adicción. Los momentos más emotivos los proporcionan sus hijos, que ya mayores apenas saben de su padre y su última esposa, Carol, de la que nunca llegó a divorciarse y que guarda un profundo rencor al músico y a Ruth Young, otras de las mujeres de Baker. También el testimonio de Vera Baker, la madre de Chet, constituye otro momento álgido en el desarrollo de esa biografía contada por los demás. Pero, trascendiendo a estas entrevistas, lo más destacable del film, es la comunión entre las imágenes rodadas por Weber y la música de Chet Baker. El recorrido nocturno, en coche descapotable, del músico acompañado de dos bellas jóvenes, o el paseo al atardecer por una playa californiana del comienzo del film, resultan imágenes bellas, poéticas, evocadoras de un pasado glorioso que se echa de menos pero que es imposible recuperar.


En el documental encontramos también material de los años 50, sobre todo fotográfico, pero también alguna actuación en directo para la televisión, en las que Chet Baker todavía no era un adicto y tocaba junto a otras leyendas del jazz como Charlie Parker, Dizzy Gilespie o Gerry Mulligan. Pero esos tiempos pertenecen al pasado y en la coetaneidad del documental, el gran músico es un reflejo de lo que fue. En este sentido, la interpretación de “Almost Blue” que contiene el film, es el momento de suspensión de ese tiempo y en el que nos volvemos a reencontrar con el mito, con la estrella, con el artista que interpreta la canción con su voz delicada, hermosa en su fragilidad, muy emotiva. Chet Baker murió en Amsterdam el 13 de mayo de 1988, aparentemente como consecuencia de una caía por la ventana de la habitación del hotel en la que se hospedaba. Algunas personas piensan que fue asesinado por sus deudas de drogas. Nunca se ha sabido la verdad sobre su muerte.


Si por algo destaca el trabajo de Weber, es por su aproximación al mito desde un punto de vista lejano al fan, al admirador, un punto de vista que quiere huir del subjetivismo y de la adulación. Y por esta razón, además por el excelente tratamiento de la fotografía en elegante blanco y negro, este documental biográfico sobre un músico, puede ser considerado como uno de los mejores documentales musicales de la historia del cine universal.

8/10
Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 14 de octubre de 2009

Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino


Vuelve Tarantino, uno de los directores americanos más valorados por la crítica y el público actual. Y lo hace por la puerta grande, después de esa broma llamada Death Proof (2007), película que él mismo confesó que fue hecha para su divertimento, pero que resulto un producto estúpido e innecesario. Pero podemos estar tranquilos, Tarantino ha vuelto a recuperar el pulso de una buena historia, aunque sea una interpretación muy libre de algunos hechos históricos de la Segunda Guerra Mundial. Y es que Malditos bastardos es el cine de Tarantino en estado puro, con personajes que se unirán a sus creaciones más logradas como es el caso del coronel Landa (interpretado sobresalientemente por Christoph Waltz), que es el verdadero descubrimiento del film y la joven judía Shosanna (Mélanie Laurent), que hará de la venganza lo más importante de su vida. En medio de ellos, los bastardos, ése grupo de chalados superviolentos capitaneados por Aldo Raine (Brad Pitt) cuya única misión en esta guerra es llevarse por delante al mayor número de nazis posible y si puede ser de una forma cruel y sangrienta, mucho mejor.


En Malditos bastardos, Quentin Tarantino demuestra que está en forma a la hora de reescribir los géneros, en este caso, el género bélico que tantas obras maestras ha proporcionado al séptimo arte. Y lo hace sin complejos, como demuestran las secuencias largas llenas de diálogos ingeniosos y momentos de tensión que modulan el discurrir narrativo de la película. Su estructura narrativa vuelve a recordarnos a sus anteriores trabajos, pues Malditos bastardos está compuesta de cinco secuencias largas, o mejor dicho, piezas independientes que confluyen en el final, en la secuencia del cine parisino que se convierte en una trampa mortal para los nazis (y creo que ya estoy contando demasiado). Y tiene justificación que el clímax del film tenga lugar en una sala cinematográfica, porque Tarantino, más que en cualquiera de sus anteriores largometrajes, demuestra su condición de cinéfilo con varias referencias al mundo del cine, sobre todo al cine europeo, así como el protagonismo que le concede al propio soporte cinematográfico, esto es, a la película cinematográfica de nitrato, que era la más utilizada en aquellos tiempos. Tampoco falta el humor en Malditos bastardos. De hecho el comienzo de la secuencia del cine de París, con los problemas derivados de los distintos leguajes que hablan los personajes, provoca un gag cómico entre Landa y Raine, que es de lo más divertido que se ha visto nunca en su cine, aunque a algunos puede parecerles una estupidez.


Algún defecto se le puede achacar a la película. El primero, que no pasará desapercibido para los espectadores, es la longitud excesiva del metraje, que a veces se pierde en diálogos que no conducen a nada y se convierten en inútil verborrea. También a algunos nos hubiera gustado un poco más de protagonismo de los bastardos, aunque según ha declarado el propio director, puede que nos sorprenda con una precuela sobre el origen del comando. La polémica que pudiera conllevar el tratamiento de hechos históricos en el film, queda superada desde el instante en el que somos conscientes de que nos hallamos ante una ficción tarantiniana y que impone toda su fantasía a la hora de inventar tales acontecimientos. Malditos bastardos puede considerase una película de cine bélico en la que el género ha pasado por la batidora del director para convertirse en un producto único.


Sin duda, Tarantino puede gustar o no, pero con esta película consigue mantener al espectador en tensión constante y consigue uno de los propósitos del cine, entretener y contar una historia mediante su particular visión y sus gustos estéticos, en los que sí podríamos entrar en distintas valoraciones. El creador de Pulp Fiction (1994) ha conseguido una película que, aunque no es una obra maestra, si se acerca a esas cotas de calidad que le hicieron ser respetado y apreciado en todo el mundo.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 27 de septiembre de 2009

Anticristo (2009) de Lars Von Trier


La última obra del director danés más internacional ha provocado una profunda división en la crítica y en los espectadores. Presentada en el último Festival de Cannes, la película fue galardonada con el premio a la mejor interpretación femenina, pero recibió muchas descalificaciones debido a la violencia explícita que tiene lugar en el film. Y sí, Anticristo es un film bastante violento, excesivo, provocador, pero su violencia está más cercana a la que muestran algunas obras de Michael Haneke o, me estoy acordando de Pier Paolo Pasolini y su Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Una película tan violenta puede gustar o no gustar, pero, en mi opinión, esta película de Von Trier no contiene más violencia que algunas de Quentin Tarantino o los Hermanos Coen, por poner dos ejemplos en los que encuentran un lugar común la crítica y el público. Hace unos cuantos años hubo otra película que causó reacciones parecidas, Irreversible (Gaspar Noé, 2002), que fue denostada en parte por su extrema violencia. Sin entrar en valoraciones morales, lo que estas dos películas buscan es representar realistamente la violencia, como lo pretende Michael Haneke, uno de los directores más valorados por la crítica actualmente.


Todos sabemos que Lars Von Trier resulta bastante pretencioso en ocasiones y que a veces le sale bien y otras no, pero en la película que comentamos ahora, el resultado ha sido positivo. Desde el prólogo, en blanco y negro y ralentizado, en el que el niño se arroja por la ventana mientras sus padres follan como locos ajenos a todo, Von Trier nos introduce en su universo lleno de pesadillas. Cómo él mismo ha declarado, su cine le sirve para exorcizar sus miedos y depresiones, y viendo Anticristo pensamos que debió de estar muy jodido. El dolor de la culpa es la motivación principal de la madre, una inmensa Charlotte Gainsbourg, que provocará su locura. Ese dolor, esa culpa, será reconvertida en venganza hacia su marida, un sufrido Willem Dafoe, que en su papel de psicoanalista, pretende tratar a su mujer para que desaparezcan esos sentimientos en ella y se encuentra sin querer en medio de un torbellino de violenta desesperación que acabará provocándole bastante dolor físico. Pero no vamos a destacar los momentos de violencia explícita, que por otra parte es con lo único que se quedan los detractores del film. Anticristo es una historia desgarradora, sin concesiones, sobre la destrucción de una pareja, dos seres humanos, ante el trágico suceso que supone la pérdida accidental de un hijo. La puesta en escena es muy poderosa, situados a los dos únicos personajes en una cabaña en un bosque fantasmal, que actúa de catalizador para los desvaríos de la esposa. Un bosque en el que habitan seres extraños, como ese Bambi monstruoso o un zorro profeta. Un espacio opresivo que favorece la creación de emociones como la angustia, omnipresente en la película. Otro tema recurrente en el cine de Von Trier es la misoginia y en Anticristo, resulta bastante patente, pues no en vano, el mensaje que nos transmite es que el diablo era mujer…


La arrogancia de Lars Von Trier cuando dice que es el mejor director de cine del mundo, puede alimentar el fuego de sus detractores con esta película. Sin embargo, su estilo autoral es sólido y en Anticristo encontramos secuencias y planos que son de lo mejor que el director danés ha hecho nunca. Sin duda, es una película desagradable, muy desagradable, pero quién ha dicho que el cine tenga que ser agradable. La historia del cine está llena de “agradables” películas que se olvidan fácilmente y Anticristo, no pertenece a esta categoría. El gran impostor talentoso vuelve por sus fueros y sin importarle lo más mínimo lo que piensen los demás.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Man on Wire (2008) de James Marsh


Documental ganador del Oscar de la Academia, dirigido por el inglés James Marsh, narra las peripecias del funambulista francés Philippe Petit, que se propuso andar sobre su cable entre las dos Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. Viendo las torres es inevitable pensar en lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, cuando el World Trade Center fue destruido en el mayor ataque terrorista hasta la fecha y que tanto ha cambiado la historia del mundo. Sin embargo, el documental no hace referencia alguna a este hecho, lo ignora en un acto de censura, de cobardía, ante un tema que puede ser tabú y restar adeptos al film. Pero, aún así, se trata de un interesante documental sobre un personaje peculiar que hizo algo inalcanzable para la mayoría de los mortales.

Man on Wire está construido a partir del libro autobiográfico de Petit, Alcanzar las nubes y utiliza los testimonios sobre el pasado de los amigos y colaboradores del osado personaje. También nos informa sobre otras hazañas anteriores, como su recorrido sobre el alambre en la Catedral de Notre Dame de Paría o el puente colgante de la Bahía de Sídney, en los que en ambos casos fue detenido por la policía. Las imágenes de archivo mostradas sobre la construcción del World Trade Center evocan el recuerdo de su destrucción, pues el solar parece el mismo solar que resultó de su derribo. Las dramatizaciones, sin embargo, no están muy conseguidas, pero cumplen su funcionalidad en la estructura narrativa, que por lo demás es bastante convencional. Lo que importa en este documental es el acto en sí, su preparación, pero no sus consecuencias, pues sólo se alude de refilón al hecho de que Philippe dejó de lado a sus amigos nada más bajarse de las torres, influido por su carácter ególatra y por su repercusión masiva en los medios de comunicación. Aunque eso podría haber dado origen a otro documental. Y es que Philippe Petit es el protagonista absoluto de la historia y oyéndole relatarla con tanta pasión, uno se da cuenta de la importancia que tuvo en su vida el acto “ilegal, pero no malvado” como él mismo lo califica.

El desarrollo de la película responde a la tensión narrativa del thriller, pues mantiene la expectación aunque ya conozcamos el resultado. Las imágenes del hombre suspendido en el cable que une las dos torres, resulta muy poderosa por sí misma y su visionado ya es una atracción para ver este documental. La historia del cómo consiguieron entrar en las torres y montar la infraestructura necesaria para el reto de Petit es muy ingeniosa, pero también muy improbable en los tiempos que corren, debido a las enormes medidas de seguridad que tiene todos estos edificios emblemáticos hoy en día por culpa del 11-S. El controvertido Petit llevó a cabo su desafío no sin antes prepararlo durante muchos meses y con la ayuda de varios colaboradores. Fue el día 7 de agosto de 1974 cuando lo consiguió finalmente. Un logro único en la historia de la humanidad, que ha dado pie a este documental más de 30 años después de la hazaña.

James Marsh firma este Man on Wire, que a pesar de no ser una obra maestra, resulta un trabajo sólido y entretenido para los espectadores, que conocen a través de él, un acontecimiento que para unos es una locura suicida y para otros contiene una impactante belleza. Lo que hubiera dado más entidad a la obra hubiera sido que profundizara más en el hombre y menos en el mito, en el héroe, pero a pesar de esto, Man on Wire es un documental notable, interesante, entretenido y recomendable.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mapa de los sonidos de Tokio (2009) de Isabel Coixet


Nuestra directora con más proyección internacional ha viajado hasta la capital japonesa para ambientar su última película. Sin lugar a dudas, la fascinación de Isabel Coixet por la metrópoli asiática está presente a lo largo del metraje del film, que incluye varios planos aéreos y generales de los edificios y lugares de Tokio. Al igual que ocurriera con Sofía Coppola en Lost in Translation (2003), la gran ciudad de las luces de neón y la alta tecnología se convierte en protagonista indirecta de la mirada del director, en este caso, directoras occidentales, que seducidas por lo que les ofrece Tokio, no dudan en dejarse llevar por esa atracción, que aporta una visión extranjera y turística de la ciudad, como también hizo Woody Allen con Barcelona, en Vicky Cristina Barcelona (2008), aunque aquél sí que resultaba un publirreportaje de la ciudad destinado a los turistas extranjeros que vieran la película.


Mapa de los sonidos de Tokio es la historia de dos personajes con severas heridas emocionales, como casi todos los que habitan en la filmografía de la directora catalana. En este caso, una historia de amor y atracción sexual entre un importador de vinos catalán (Sergi López) y una asesina a sueldo (Rinko Kikuchi) que alterna las ejecuciones con su trabajo de pescadera en el mercado central de Tokio. El drama está servido cuando la asesina es contratada por el padre de la novia del catalán, que se había suicidado por desamor, para que acabe con su vida. Sin embargo, cuando se conocen, la asesina se volverá vulnerable y se enamorará del empresario vinatero. Los encuentros sexuales se sucederán entre ambos, pero David seguirá recordando a su fallecida novia y por tanto, no será una relación, podríamos decir, feliz. Es curioso que Coixet realice en esta película sus secuencias con contenido erótico más explícito y no se atreviera a hacerlo en Elegy (2007), su anterior largometraje en el que adaptaba una novela de Philip Roth que contenía momentos de sexualidad bastante explícitos. Tal vez fuera por los rigores de la producción que le impidió hacerlo y ahora se toma su venganza, incluyendo escenas fuerte pero rodadas con sensibilidad y buen gusto. Pero el guión tiene varios defectos. El primero y que considero importante, es el personaje que aparece como narrador y que al principio parece que va a tener peso en la trama pero que va desapareciendo progresivamente hasta el punto de perder totalmente el sentido. El personaje, que parece inspirado en un rol creado por Hou Hsiao-Hsien en Café Lumière (2003), el amigo de la protagonista que iba grabando los sonidos de Tokio y especialmente sus trenes, resulta una impostura prescindible en la película y en ocasiones, su reiterativa voz over no aporta nada y entorpece el discurrir narrativo del film en lugar de favorecerlo. También hay que tener en cuenta que los referentes de Isabel Coixet están muy consolidados y por tanto, la película puede resultar algo extraña a los espectadores que no estén familiarizados con su cine. La influencia estética de Wong Kar-Wai, la temática del escritor japonés Murakami, algunos planos en los que se quiere acercar al cine de Yasujiro Ozu, componen un mosaico de elementos constituyentes de la esencia cinematográfica de Isabel Coixet.


Técnicamente, Mapa de los sonidos de Tokio, es una delicia visual y sonora. El proceso de producción y postproducción en 4K, la mayor calidad que se puede conseguir actualmente, demuestra la preocupación de Coixet por dotar a sus obras de una calidad técnica superior. Las imágenes creadas desprenden una belleza que pocos directores españoles consiguen. El trabajo de creación y edición de sonido es espléndido. El montaje está bastante trabajado, buscando la solidez de la propuesta estética. Sin embargo, parece que se ha olvidado un poco de la historia que quería contar. Lejos de la emotividad de Mi vida sin mí (2003) o de sus interesantes comienzos con Cosas que nunca te dije (1996), Isabel Coixet puede ser considerada una autora con mayúsculas, pero que no llega a superar el listón que puso con esas películas, por otro lado, un listón alto, dejándonos un poco fríos ante esta historia nostálgica y por momentos, desgarradora.

6/10

Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 31 de agosto de 2009

Enemigos públicos (2009) de Michael Mann


La última película del productor, guionista y director norteamericano Michael Mann, no deja indiferente a nadie. Su apuesta es arriesgada desde el primer momento, adaptar los últimos días en la vida del famoso atracador de bancos John Dillinger. Basada en un libro de Bryan Burroughs que investigó sobre la ola criminal que dio como resultado la creación del F.B.I. (Federal Bureau of Investigation) impulsado por J. Edgard Hoover, que aparece en el film, interpretado por Billy Crudup, pero sin gran relevancia en el desarrollo de la historia. Enemigos públicos comienza de forma trepidante, con una fuga de presos que plantea el estilo de realización al que se mantendrá fiel Mann durante las escenas de acción de toda la película. El director de Heat (1995) crea una trama parecida a la que ya vivimos en dicha película, con los personajes a los que daban vida Al Pacino y Robert DeNiro. En esta ocasión es John Dillinger (Johnny Depp) quien es perseguido sin descanso por jefe de policía Melvin Purvis (Christian Bale). Sin embargo, Mann centra su atención en el personaje de Dillinger en detrimento de Purvis, del que se esboza simplemente su psicología sin profundizar demasiado. Ahí puede estar la causa de la interpretación de Bale, que resulta más floja de lo que nos tiene acostumbrados. Johnny Depp está presente en más del 90% del film y logra una interpretación que humaniza al atracador, resaltando su carácter narcisista y su romanticismo. La relación de Dillinger y Billie es un amor condenado al naufragar, debido a la peligrosa profesión de él. Marion Cotillard aporta el toque de delicadeza y dulzura ante tanto personaje oscuro. Los actores secundarios son caras conocidas como Giovanni Ribisi, Billy Crudup, Stephen Dorff, Stephen Graham (magnifico psicópata Baby Face Nelson) Leelee Sobieski y Branka Katic, que fue protagonista de Gato Negro, Gato Blanco (Emir Kusturica, 1998), aportan calidad al resultado final.


En las facetas técnicas, Enemigos públicos es un derroche de virtuosismo continuo. Desde la fotografía (sirviéndose de la peculiaridad del HD) al montaje, pasando por una de las mejores ediciones de sonido que se pueden oír, todo ello refuerza la apuesta estética de un Michael Mann que no se conforma solamente con realizar cine de acción mainstream, sino que le gusta experimentar con las posibilidades que le da el arte cinematográfico en la era digital, como ya lo hizo en Collateral (2004), simplemente que aquí va un paso más. Se le ha acusado a Mann de priorizar la técnica sobre la historia que quiere narrar, pero creo que en Enemigos públicos, a pesar de tener un guión más o menos convencional, consigue realizar un film alejado de los cánones hollywoodienses. La imagen emborronada, la cámara al hombro, los planos muy cerrados y los colores apagados, logran que los espectadores se metan en la historia no ya como un observador lejano sino como alguien que está dentro de la acción. Y el sonido, qué decir del sonido. Los disparos de las armas están tan bien editados que parecen reales. Con respecto a la recreación de los años 30, los años de la Gran Depresión, no aporta muchas novedades a diferencia de otros film de la misma época, siendo destacable la relación de los famosos atracadores con los sindicatos mafiosos de Chicago, relación que se rompe como somos testigos en la película.


La relectura de Dillinger llevada a cabo por Mann da como resultado un film visualmente poderoso y bastante entretenido, confirmando que el director norteamericano hace cine comercial con muchos rasgos de autor. Enemigos públicos contiene algunas de las mejores secuencias en su filmografía y puede ser su film más importante, algo que sólo comprobaremos dentro de una década cuando echemos un vistazo a su solvente obra cinematográfica.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 26 de agosto de 2009

En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerin


José Luis Guerin vuelve por sus fueros a la primera división de directores de cine. Y esta vez con una película de ficción. El autor de En construcción (2001) tras su silencio de seis años ha alcanzado otro nivel en su particular obra cinematográfica con En la ciudad de Sylvia. Pues, aunque parezca un documental en algunos momentos, este film es ficción, es la representación de una búsqueda casi obsesiva personificada en un joven fascinado por la belleza, que cree reconocer a una antigua amiga y la sigue por toda la ciudad de Estrasburgo hasta que finalmente entabla conversación con ella para comprobar que estaba equivocado. Todo esto también es un pretexto para mostrar algunos rincones de la ciudad de Estrasburgo, que se convierte en un personaje más de la película del director español.


El cine de Guerin es un cine del espacio y del tiempo. En esta película la construcción del espacio fílmico se articula en planos generales y estáticos que transmiten la apariencia de realidad exigida por el autor, pero también en planos en movimiento que siguen a los personajes por su tránsito a lo largo de la ciudad. El tranvía que recorre el casco urbano de Estrasburgo también adquiere notoriedad al servir de vehículo material a los personajes y al director para crear un fértil juego de miradas y reflejos. El carácter mostrativo de la película gana la partida a la narración cinematográfica convencional y acerca a Guerin a propuestas posmodernas de cine no-narrativo como las creadas por Gus Van Sant, Lisandro Alonso, Jia Zhang-ke o el Zodiac (2007) de David Fincher, por poner unos cuantos ejemplos muy dispares entre sí.


Y es que parece que José Luis Guerin está buscando materializar la belleza estética en cada plano que filma de En la ciudad de Sylvia. El relato está estructurado en tres noches sin que podamos hallar un motivo conciso para tal división. Esas tres noches están acompañadas por sendos días que es donde verdaderamente se desarrolla la historia, a excepción del episodio en el bar “Les Avieteurs” y en los que podemos ser testigos de la luminosidad de la coqueta ciudad francesa. También, En la ciudad de Sylvia es una película de miradas. La mirada del protagonistas a las gentes que va encontrando por la ciudad y la mirada del director sobre el personaje y la ciudad por la que deambula. Esa mirada está llena de vida pero también de cierta melancolía ante la ausencia de la persona deseada, que mueve al protagonista a confundir al personaje interpretado por Pilar López de Ayala. La secuencia de la terraza del café merece un tratamiento especial. En ella Guerin se vale de su protagonista para lanzar una mirada profundamente antropológica sobre los hombres y mujeres que se encuentran allí. Constituye en mi opinión una de las mejores secuencias filmadas en los últimos tiempos, por su sencillez aparente y los resultados que consigue. En ella también encontramos ecos del Guerin de En construcción.


Esa película dio lugar a un documental, Fotos en la ciudad de Sylvia, que complementa a la historia de ficción creada por Guerin. Aunque no resulte una propuesta dirigida a todo tipo de público, En la ciudad de Sylvia es un desafío para el espectador, que seguro que habrá muchos que sepan valorar la melancolía, la nostalgia y la belleza de las poéticas imágenes construidas por un autor con letras mayúsculas, José Luis Guerin.


10/10
Daniel Muñoz Ruiz

sábado, 22 de agosto de 2009

Despedidas (2008) de Yojiro Takita



Okuribito (Despedidas) es una producción japonesa que fue galardonada con el Oscar 2009 a la mejor película de habla no inglesa. Dirigida por Yojiro Takita, cuenta la historia de Daigo Kobayashi, un violonchelista discreto que tras la disolución de la orquesta en la que trabajaba en Tokio, decide volver al campo a su pueblo de origen, junto a su mujer Mika. Allí, conseguirá un trabajo peculiar: ayudante en una empresa que realiza embalsamamientos rituales llamados Nokanshi. Esta nueva profesión le acarreará problemas en su entorno familiar, concretamente con su mujer, que no considera digno su nuevo empleo. El ritual del Nokanshi será el hilo conductor que cohesione la narración de la aventura vital de Daigo, marcado por ser abandonado por su padre siendo él un niño. La historia se sumerge entonces en un profundo océano melodramático en el que ese último momento, la despedida del difunto se convierte en la excusa temática para inferir una impostura sentimental a toda la película.

Y es que en Despedidas, la tradición del cine japonés, de maestros como Ozu, Kurosawa o Mizoguchi, no aparece por ninguna parte y el film se reviste del tradicional tono sensiblero del melodrama hollywoodiense más cursi. Por tanto, no es de extrañar, que el film de Takita, se alzara con la estatuilla dorada en detrimento de otras películas mucho más importantes y arriesgadas como La Clase (Laurent Cantet, 2008) o Vals con Bashir (Ari Folman, 2008). En Despedidas los actores caen en la sobreactuación más facilona, exagerando los gestos tanto en los momentos cómicos como en los más trágicos. La constante voz en off del protagonista resulta tediosa, demasiado explicativa y bastante prescindible en numerosas ocasiones. Y la música, es tema aparte. Hacía tiempo que no me encontraba con una obra que utilizara la partitura musical de forma tan ingenua y desmedida, pues la música remarca emocionalmente la situación dramática en la que aparece. Sólo la música diegética, la del chelo que interpreta el protagonista, tiene algo de interés. Pero la omnipresencia musical a lo largo del film resulta un verdadero (con perdón) coñazo.

Otro elemento que chirria en Despedidas es el personaje secundario de la esposa, Mika. Nadie puede entender su actitud ante la nueva profesión de su marido. Aquí, dicho trabajo es considerado indigno, cuando en la sociedad actual nadie le atribuiría tan condición. Tomemos como ejemplo la serie norteamericana A dos metros bajo tierra, en los que los protagonista tenían la misma profesión y aquí nadie se lo tomaba a la tremenda como la mujer de Daigo.

Creo que Despedidas hubiera podido funcionar mejor como comedia. Aplicando el humor negro a las situaciones planteadas en el film, hubiera resultado una película más interesante y no una obra cargada de sensiblería barata en el que la planificación, la música y el montaje están estudiados para gustar a los espectadores menos exigentes. A pesar de la buena salud que apreciamos en el cine japonés contemporáneo con directores como Hirokazu Kore-eda, Naomi Kawase, Kiyoshi Kurosawa o Hayao Miyazaki, entre otros, este film de Yojiro Takita no representa para nada al cine japonés, pues constituye una película autocomplaciente, desvirtuada y extremadamente convencional, que busca la lágrima fácil en su audiencia.

Para finalizar, quisiera recomendar el visionado de dos filmes japoneses que también tratan el tema de la muerte y la despedida, pero que a diferencia de éste, resultan verdaderas obras maestras. Se trata de las películas La balada de Narayama (Shohei Imamura, 1983) y El bosque de luto (Naomi Kawase, 2007).

4/10
Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 16 de agosto de 2009

Revolutionary Road (2008) de Sam Mendes


Cuarto film del director y dramaturgo británico Sam Mendes. Revolutionary Road (menos mal que no han traducido el título) vuelve a analizar la sociedad norteamericana, en esta ocasión personificada en un matrimonio joven de clase media, una pareja perfecta en los años 50, muy guapos y educados, con dos hijos pequeños y una casita en un barrio residencial lejos de la gran ciudad. Frank y April se conocen rápidamente, se casan pronto y los hijos llegan también muy pronto. Sus vidas se transforman en rutinarias, más aún cuando ella abandona sus pretensiones de actriz, al darse cuenta de su mediocridad. Frank odia su trabajo en una oficina en la ciudad y su desazón ante la vida le hace caer incluso en la infidelidad. Todo esto parece cambiar cuando April planifica una salida para esa situación, irse a vivir a París en busca de una nueva vida, una vida mejor, en la que Frank pueda desarrollar su potencial en otros campos y así poder alcanzar la felicidad, de la que carecen en su actual vida. Frank aceptará en un primer momento, pero a partir de ahí surgirán los problemas. Entonces Revolutionary Road que comienza poderosamente, va perdiendo fuelle para caer en el melodrama más convencional.


De hecho, la primera media hora de la película de Mendes resulta muy atractiva, sobre todo por su forma de narración, con el montaje paralelo sobre las acciones de Frank y April separadamente y por los flashbacks en los que April rememora su pasado con Frank que nos informa de cómo ha llegado el matrimonio a esa situación de desesperanza vital. La adaptación a la pantalla de la novela homónima de Richard Yates, es correcta, consigue caracterizar la sociedad norteamericana de la década de los años 50. Una sociedad muy conservadora hasta entonces, lejos todavía de los movimientos culturales que revolucionarían la sociedad en los años 60. De ahí que nadie esté de acuerdo con la decisión de April, excepto John, el hijo desequilibrado mental de sus caseros. Dicen que los niños y los borrachos son los únicos que siempre dicen la verdad. En el caso de ese film se puede decir que son los locos, porque John es el único que ve la verdad, la realidad del matrimonio y como la verdad duele, este personaje será esencial al provocar la secuencia de mayor tensión dramática en la película, cuyo contenido, por supuesto, no voy a desvelar.


Las películas de Sam Mendes, como ya ocurriera con American Beauty (1999) y Camino a la perdición (2002) trabajan muy bien la dirección artística para introducir al espectador en el ambiente social en el que se desarrolla la trama. La fotografía de Roger Deakins también contribuye a ello, pero la música de Thomas Newman crea una sensación de deja vù o más concretamente de “ya oído” que relega la historia a la convencionalidad hollywoodiense. El duelo interpretativo DiCaprio-Winslet está compensado a lo largo del film, en el que unas veces gana él y en otras sale victoriosa ella. Sin duda, la interpretación de los actores resulta el punto fuerte de Revolutionary Road.


Con historias como esta, Mendes se ha convirtiendo en uno de los directores más cotizados del Hollywood actual, pero ha perdido la frescura de American Beauty y no alcanza la épica de Camino a la perdición (enorme Paul Newman). Creo que se le puede pedir más y que todavía tiene que crear una obra maestra que permita su inclusión en el Olimpo de los directores de cine de Hollywood.

7/10

Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 31 de julio de 2009

The Visitor (2007) de Thomas McCarthy


El segundo largometraje dirigido por el actor, guionista y director norteamericano Thomas McCarthy resulta ser una bella historia sobre la amistad entre personas aparentemente muy diferentes entre sí, que difícilmente se hubieran conocido de no ser por una casualidad. Walter Vale es un profesor universitario al que su trabajo no le llena. Tras la muerte de su mujer, la soledad se ha apoderado de su vida. Su rutina diaria se ve interrumpida cuando es obligado a dar unas conferencias en Nueva York, para lo que vuelve a su antiguo piso. Tamaña sorpresa se lleva al descubrir que en el apartamento que no había pisado desde hacía muchos años, está instalado un a pareja de inmigrantes, Tarek y Zainab. Tras las pertinentes explicaciones, la pareja decide marcharse pero ante la imposibilidad de encontrar alojamiento, Walter decide invitarlos a continuar viviendo en su apartamento. Comienza entonces una convivencia singular en la que la amistad que se desarrolla entre Walter y Tarek provoca el rechazo inicial de su novia Zainab.

Como ocurriera en el primer film de McCarthy, Vías Cruzadas (2003), el protagonista es un solitario. El enano Finbar perdió a su mejor amigo; Walter perdió a su esposa. Ambos se han quedado solos. Pero esa soledad termina cuando aparecen en sus vidas Joe y Olivia en el caso de Finbar y Tarek y Zainab en la película que nos ocupa. De la soledad pasamos a la amistad. Una amistad que a priori es difícil de comprender pues los personajes no tienes casi nada en común. Sin embargo, a Walter y Tarek les unirá la música, que para el profesor es una evocación de su mujer, que era pianista. La música clásica es sustituida por la percusión, que es la materia que domina Tarek.

Las lecciones musicales darán lugar a momentos cómicos impagables, situaciones en las que encontramos al aburrido Walter haciendo cosas que no se esperan de él. Cuando el choque cultural entre los personajes está superado y la amistad empieza a consolidarse, Tarek es detenido injustamente y confinado en un centro de inmigración bajo amenaza de deportación. Es entonces cuando aparece en escena Mouna, la madre de Tarek, que se instala con Walter y con el que entabla una relación especial. A partir de la detención de Tarek la película cambia de tono y adquiere mucha carga política. McCarthy intenta mostrar el comportamiento de las autoridades estadounidenses ante el tema de la inmigración y cómo a partir del 11-S la actitud intransigente del gobierno americano se ha agravado. Tarek no es un delincuente, no hace daño a nadie, no pone en peligro la seguridad nacional. Su único delito es no tener permiso de residencia, aunque haya construido una vida en el país. McCarthy propone una reflexión política sobre el asunto de la inmigración ilegal de forma indirecta, narrada con sutileza a través de los ojos de Walter, profesor universitario, un pilar de la comunidad.

The Visitor es un ejemplo de cine independiente, cine de autor americano que no duda en criticar la política de su propio país. A este respecto es destacable las palabras que pronuncia Mouna, la madre de Tarek cuando dice “Este país es igual que Siria” refiriéndose al trato que reciben los disidentes y en este caso los inmigrantes. Las magníficas interpretaciones de Richard Jenkins (nominado al Oscar por este papel) y de la actriz palestina Hiam Abbass, en el papel de Mouna dan solidez a un guión ya de por sí bastante sólido y fluido.

Alejado de los cánones comerciales del cine americano actual, la solvente dirección de McCarthy apoyado en un sólido guión, convierte a The Visitor en una película altamente recomendable, muy bella, íntima y humana, continuando la senda que inició con Vías cruzadas. La carrera como director de Thomas McCarthy es muy prometedora. Habrá que estar atentos a sus próximos films.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 29 de julio de 2009

Mishima: Una vida en cuatro capítulos (1985) de Paul Schrader


Yukio Mishima es el seudónimo de Kimitake Hiraroka, escritor y dramaturgo japonés que escribió sus novelas más importantes en la década de los años 60. Su vida terminó trágicamente al suicidarse mediante el ritual del seppuku. Poco antes había irrumpido en un cuartel del ejército japonés para intentar inculcar sus ideas extremistas a los jóvenes soldados. Con la ayuda de los miembros de su Sociedad del Escudo (Tatenokai) redujeron al General Mashita y Mishima pronunció su discurso sin que los soldados le quisieran escuchar. Decepcionado por la reacción del ejército, que no tiene el mismo sentido del honor y el deber ante su país, Mishima y su compañero Morita se suicidaron mediante el hara-kiri.


El director y guionista Paul Schrader adapta en esta película la vida del famoso escritor japonés. El guión es una colaboración con su hermano Leonard y la mujer de éste, Chieko, que realizó la transcripción al japonés. El propio Schrader ha declarado que “Mishima es un personaje que podría haberme inventado de no existir.” Y es cierto, pues el guionista de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) crea un personaje con un carácter parecido al de Travis Bickle, un loco desengañado con la decadencia moral de la sociedad actual. Para intentar cambiar la situación, Bickle se convierte en justiciero y Mishima planea un golpe de estado. Pero ambos son dos desequilibrados cuyas mentes enfermas fabulan y distorsionan la realidad. El final de la vida de Mishima es consecuente con sus ideas: ante la imposibilidad de cambiar las cosas más vale quitarse de en medio y no vivir en esta sociedad. También son dos personajes con tintes fascistoides y delirios de grandeza que en el caso de Mishima resulta difícil de entender al tratarse de un escritor de prestigio y lo más duro de creer, su historia es real.


Mishima lleva por subtítulo Una vida en cuatro capítulos. Esta singularidad anticipa la estructura narrativa del film, que es un puzle que parte la mañana del 25 de noviembre de 1970, el día del sepukku de Mishima, y a través de flashbacks (en blanco y negro) cuenta episodios biográficos del escritor mezclados con evocaciones de pasajes de sus novelas más importantes “El pabellón de oro”, “La casa de Kyoko” y “Caballos desbocados”. En ellos se tratan temas frecuentes en la filmografía de Schrader como son la locura, los delirios de grandeza, la homosexualidad, el sadomasoquismo, el arte, la ambigüedad política y la decadencia moral. Sin duda, el último de los capítulos, Armonía de la pluma y la espada, con un estilo directo, realista y un montaje violento, rompe la armonía del relato visual que habíamos presenciado hasta entonces, que en ocasiones alcanzaba altas cotas de poesía.


Pero a pesar del buen guión y la ágil narración, si algo destaca por encima de todo en Mishima son sus facetas artísticas, esto es su fotografía, su música y su escenografía. Todo el conjunto le valió el premio a la Mejor Contribución Artística en el Festival de Cannes de 1985. La perfecta armonía de las escenografías oníricas y la cuidada fotografía de John Bailey unida a la memorable música de Philip Glass, constituyen una verdadera obra de arte audiovisual. El arte y la muerte unidos en dos horas de duración.


No quiero terminar este texto sin mencionar la excelente interpretación de Ken Ogata dando vida (y muerte) a Yokio Mishima. Un director de Hollywood como Schrader jamás hubiera hecho una película como esta dentro de las normas comerciales del mainstream. Por eso creo que es valiente y que Mishima puede considerarse su película más importante en lo que se refiere al arte cinematográfico.

8/10
Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 24 de julio de 2009

Los girasoles ciegos (2008) de José Luis Cuerda


La última película hasta la fecha del director manchego José Luis Cuerda adapta a la pantalla un capítulo de la novela homónima de Alberto Méndez. Ambientada en el año 1940, recién concluida la Guerra Civil Española, la sociedad comenzaba a adaptarse a las imposiciones de un nuevo y severo régimen. En la ciudad de Orense, Elena y Ricardo forman un matrimonio marcado por la disidencia que obliga al marido a permanecer oculto por ser un “rojo”. Tienen una hija mayor y un hijo pequeño. La hija huye a Portugal con su novio, otro comunista, pero más joven y por ello más valiente para huir del régimen. Pero esta historia constituye un relleno sin transcendencia en la película, pues fácilmente podría suprimirse sin que el conjunto pierda su integridad. La vida de Elena se ve turbada cuando conoce al diacono Salvador, antiguo soldado metido a seminarista que desde el principio se siente fuertemente atraído por la bella mujer e intenta acercarse a ella a través de su hijo pequeño, Lorenzo, al que da clases en el colegio. El fuerte deseo sexual hace perder la cabeza al joven seminarista que hará todo lo posible por acostarse con Elena, a la que cree viuda. Así se resumiría en líneas generales esta dramática historia que no prescinde de un final muy trágico.


Podríamos argumentar que el cine español ha explotado el tema de la Guerra Civil hasta la saciedad y que esta película se puede incluir en el mismo saco. Pero no es así. Los girasoles ciegos no trata de la lucha entre franquistas y republicanos. La preocupación de Cuerda es dibujar la personalidad del joven diácono como reflejo de la miseria moral de la todopoderosa entonces iglesia católica. La película resulta una profunda crítica a esa institución que gozaba de poderes ilimitados a comienzos de la dictadura. Sin embargo y a pesar de la sobresaliente actuación de Raúl Arévalo en la piel del seminarista, Los girasoles ciegos provoca una sensación de intento fallido de mostrar esa realidad. En muchos momentos la película se desinfla y resulta plana e incluso aburrida. Buena culpa de ello la tiene el guión, uno de los últimos trabajos del maravilloso Rafael Azcona en colaboración con Cuerda, pero que en este caso concreto no logra materializar las pretensiones de la novela en la pantalla.


En cuanto a otros elementos del film, hay que destacar la ambientación histórica de la época, que está muy conseguida. La iluminación de Hans Burmann y la partitura de Lucio Godoy son también reseñables. Pero algo va mal cuando estas facetas técnicas destacan sobre la historia en una película. La planificación clásica de Cuerda no ayuda mucho tampoco. El resultado: una película demasiado convencional, que si bien en algunos momentos parece que va a arrancar y convertirse en un producto interesante, al final se pierde sin conseguirlo y produce una sensación de apatía en el espectador. Los girasoles ciegos puede ser una película que guste a determinados sectores del cine español pero a otros seguramente les creará un sentimiento de indiferencia y pensarán que se trata de un film tan innecesario como olvidable. Muy, pero que muy lejos queda el José Luis Cuerda de El bosque animado (1987) o de la surrealista Amanece que no es poco (1989), o sin irnos tan atrás en el tiempo, La lengua de las mariposas (1999). Ese Cuerda sí que nos gustaba.


5/10

Daniel Muñoz Ruiz

martes, 21 de julio de 2009

Naturaleza muerta (2006) de Jia Zhang Ke


El otro día volvía a ver en la sala de verano de la Filmoteca Española, el último film estrenado por el momento en nuestro país del director chino Jia Zhang Ke. Ganadora del prestigioso León de Oro del Festival de Venecia, Naturaleza muerta (Sanxia haoren) cuenta la historia de dos personajes que acuden a la ciudad de Fengjie en busca de sus respectivos cónyuges. Samming es un minero de la región de Shanxi que busca a su ex mujer a la que no ve desde hace 16 años. Sheng Hong en una enfermera de la misma región que el minero, que busca a su marido que se fue de casa hace dos años por motivos de trabajo. Ambas historias de búsqueda derivarán en resoluciones muy diferentes. Samming obligado a esperar en Fengjie, encontrará trabajo como obrero demoliendo edificios. Están construyendo la gran presa de las Tres Gargantas y el trabajo de demolición abunda, aunque esté mal pagado. Samming se adaptará e incluso trabará una curiosa amistad con un joven imitador de Chow Yun-fat. En ese momento Jia Zhang Ke deja en suspenso la historia del minero para introducirnos al perosonaje interpretado por su actriz fetiche Zhao Tao, en su cuarta colaboración tras Platform (Zhantai, 2000), Placeres desconocidos (Ren xia yao, 2002) y The World (Shinjie, 2004). Y, durante la búsqueda de Sheng Hong seguimos asistiendo a la representación de un lugar que parece no existir, la ciudad que será sumergida en el agua por completo.


El director chino realizó este film en video digital de alta definición (HD), hecho que según sus palabras le permitió alargar el rodaje hasta seis meses y acumular un amplio material. Viendo el resultado nos damos cuenta del por qué. Naturaleza muerta desprende paz y tranquilidad en todos sus planos. El diseño del sonido, sobre todo en las demoliciones y los barcos, supone gran maestría en su utilización. La narración suspende el tiempo y el espacio para crear una puesta en escena más cercana al documental que la relato de ficción tradicional. En este aspecto la película se acerca a la tradición del cine oriental, que aquí en Europa, acostumbrados la mayoría de los espectadores al cine hollywoodiense, puede resultar “lento”, como sinónimo de “aburrido”. Sin embargo, cada película requiere características especiales y necesitan de un tempo que se adapta a lo que se pretende narrar y mostrar, y en este sentido, Jia Zhang Ke ha dado en el clavo. Las imágenes y los plano-secuencias del río, de la ciudad derruida, de la fábrica que va a cerrar, del contraste entre las dos orillas de la propia Fengjie, la que va a ser sepultada por litros y litros de agua y la moderna con sus edificios de nueva construcción, la niebla en los paisajes, los barcos surcando el río, etc.…, todo ello le sirve al director para crear una verdadera obra maestra.


En ocasiones es difícil separar la ficción de la realidad, es decir la película de ficción y la película documental. Este film se mueve en la fina frontera entre los dos. Jia Zhang Ke ya retrató un momento histórico de su China natal en Platform (Zhantai, 2000) y ahora vuelve a hacerlo con una crítica sutil al comunismo que ha derivado en capitalismo no declarado. Si uno lo piensa, en un país como China, con su régimen autoritario, es natural que un autor como Jia Zhang Ke sufra la temible censura, pues su cine es un cine valiente, un cine revestido de documental, que invita a la reflexión histórica y sobre todo a pensar en las consecuencias que trae el desarrollo a la sociedad china actual. En este sentido, Naturaleza muerta, aparte de contener dos historias melancólicas y poéticas, es fiel reflejo de esa realidad, con sus cosas buenas y otras malas, una película honesta. Dentro del panorama del cine actual, este film deberá ser recordado como una gran obra maestra.

10/10
Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 20 de julio de 2009

Appaloosa (2008) de Ed Harris



En los últimos años el cine de Hollywood está intentando revisar ciertos géneros cinematográficos que fueros el secreto de su éxito y la causa de su imperio en todo el mundo a partir del nacimiento del cine sonoro. Appaloosa, segundo film del actor Ed Harris es un ejemplo de intento de revisión del género americano por excelencia, el western, como han sido los recientes casos de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007) o El tren de las 3:10 (James Mangold, 2007). Sin embargo, Appaloosa juega en otra liga, en este caso de menor categoría. La película de Harris contiene todos los clichés del género pero no consigue sacarles partido y al final la película resulta demasiado previsible. La historia de dos justicieros que son contratados para luchar contra el malo malísimo que no le deja vivir en paz es bastante antigua. Pero en lugar de explorar la psicología de los personajes o los conflictos morales que se destilan de tal situación, Harris desvia la mirada hacia una relación amorosa protagonizada por el Sheriff Virgil Cole (interpretado por él mismo) y la recién llegada Allison French (una insoportable René Zellweger), que resulta ridícula por todos lados.

Los personajes de Appaloosa resultan extremadamente planos y te dejan una sensación de déjà vu. Las interpretaciones son bastante mediocres y si pudiera salvar a alguien me quedaría con Viggo Mortensen que resulta correcto en el personaje del fiel Sancho Panza que no da para más. Sin embargo, la decepción es Jeremy Irons que está realmente flojo en su papel de malo malísimo, algo extraño en este pedazo de actor pero que puede ser consecuencia de la nefasta dirección de actores de la que hace gala el señor Harris.

Uno de los grandes pecados de esta película es el guión, y más concretamente los diálogos. De verdad, hay diálogos en Appaloosa que llegan a sonrojar al espectador menos ávido y que resultan del todo obscenos como los pronunciados Virgil y su ayudante Everett en el que explican el tiroteo que acabamos de presenciar como espectadores. Parece que Ed Harris insulte a nuestra inteligencia y trate al espectador como a un paleto salido de un pueblo semejante al de su historia. También es altamente criticable esa inercia que demuestra hacia su autolucimento personal, cosa que va en contra del film en todo momento.

Pero no todo es malo en este western. Visualmente, la película es de bella factura, algunos encuadres y movimientos de cámara son interesantes, pero eso no es escusa para descuidar la historia que se nos cuenta. Ed Harris ha querido rendir homenaje a esos western clásicos a la manera del Clint Eastwood de Sin perdón (1992), pero el resultado no le llega ni a la suela de los zapatos y es que ese film del último gran clásico americano (Eastwood) sí supuso una relectura del género con bastante carga autoral y Appaloosa carece completamente de esos elementos y supone un mero producto de entretenimiento de centro comercial. En fin, una película olvidable.

4/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 19 de julio de 2009

Liverpool (2008) de Lisandro Alonso


Al salir de la sala del cine dónde se proyectaba Liverpool (Lisandro Alonso, 2008), una señora de mediana edad se expresó en estos términos literales: “Hoy en día cualquiera hace una película”. Esta expresión me dejó perplejo, pues según mi percepción, acabábamos de asistir a una película nada convencional y sobre todo, nada fácil de realizar.


Este cuarto film del joven director argentino Lisandro Alonso, que fue el triunfador en el pasado Festival Internacional de Cine de Gijón, narra (aunque a veces parezca que no narra) la historia de Farrel, un solitario marinero que aprovechando que su barco ha llegado a Ushuaia, de donde es originario, decide hacer una visita a su familia a la que no ve desde hace veinte años. Durante el primer tercio de la película asistimos a la rutinaria vida de Farrel en el carguero. Alonso huye de toda pretenciosidad y desdramatiza la presentación de su protagonista a través de la utilización contenida de los planos secuencia y la casi nula presencia del diálogo. Los silencios y el minimalismo compositivo constituyen sus armas principales para mostrarnos a su protagonista con el que nos familiarizamos sin darnos cuenta. La sutilidad de esta acción requiere un gran trabajo de contención impulsiva, algo extraño en un realizador de la edad de Alonso, que no ha sucumbido a los planteamientos del actual cine moderno. Y ahí está la clave de mi desacuerdo con las palabras de la espectadora que mencioné al principio. Lo que hace Lisandro Alonso no es nada fácil y lo más importante de todo, no lo puede hacer cualquiera.

Las imágenes de Liverpool nos transmiten adecuadamente los sentimientos de Farrel. Su soledad, su culpabilidad, su desesperanza. Todo ello sin diálogos. Sólo en el instante en que lo recogen después de pasar la noche a la intemperie, asistimos a unas pocas palabras del anciano que le recrimina su regreso y que nos proporciona toda la información que necesitamos saber. También el personaje de Analía es capital en la película. De hecho, en el último tramo del film ya no seguimos a Farrel, que ha emprendido el camino de regreso a su embarcación. Alonso concentra la acción (o no acción) en Analía, su hermana desconocida, totalmente extraña para Farrel porque nunca llegó a verla crecer. Esa ausencia es mostrada magistralmente por Alonso que consigue que la sombra del marinero esté presente hasta el final de la película.

Por tanto, mi conclusión es que las palabras de la mencionada espectadora son incorrectas. Más adecuado sería decir que este tipo de película no la hace cualquiera. Y más importante aún, no las entiende cualquier espectador. Cierto es que al espectador medio puede resultarle extraña, acostumbrado a un cine narrativo convencional. Pero en la diferencia reside el valor de Liverpool. Lisandro Alonso es hoy por hoy un más que digno representante del ultimísimo nuevo cine argentino y un autor que elogia la sencillez y cotidianidad de la vida sin grandes pretensiones. Y eso es lo que espectadores como esta señora no llegan a comprender. Liverpool es una pequeña gran obra maestra.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant


Por fin llegó a las pantallas de cine españolas Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant. Después incluso que Mi nombre es Harvey Milk (2008), que fue realizada más de un año después. Pero el tema (problema) de la distribución en España no es el objeto de este texto.


La película de Van Sant plantea varios desafíos al espectador. El primero y más significativo refiere al estilo narrativo del director americano. En Paranoid Park, los grandes acontecimientos brillan por su ausencia. De hecho el único suceso con gran peso dramático es el asesinato accidental de un guarda de seguridad en el que se ve implicado el protagonista, Alex. El joven skater vivirá desde entonces dominado por un profundo sentimiento de culpabilidad que incluso influirá en sus relaciones amorosas con su novia. Durante todo el film, Alex deambulará por su reducido universo: el instituto, el skate park, la casa de su amigo Jared, su propio hogar; sin encontrar redención alguna. El relato de esta experiencia no será lineal, circunstancia que necesita de un espectador atento, que tenga consciencia de la distribución de las piezas en ese puzzle temporal.


Paranoid Park es la adaptación de la homónima novela del escritor Blake Nelson, especializado en novelas para “jóvenes adultos” y nativo de Portland, la ciudad donde reside Van Sant y escenario donde se desarrolla la película. Lejos de la comercialidad que destilaba Mi nombre es Harvey Milk, en esta película Van Sant recupera el espíritu esperimental y estilístico de su trilogía de la muerte (Gerry, 2002; Elephant, 2003 y Last Days, 2005) e incluso algunos elementos narrativos y temáticos recuerdan a su primer film, Mala Noche (1985) y a Drugstore Cowboy (1989), a la que puede emparentarse por la mezcla de formatos de imagen, en este caso imágenes rodadas en Super 8 mm.


La magnífica fotografía creada por el refinamiento estético de Christopher Doyle aporta ese grado de calidad visual que supone la película. Si bien es cierto que Doyle nos ha acostumbrado a esa forma de crear imágenes, fundamentalmente en sus numerosas colaboraciones con Wong Kar-Wai, aquí las imágenes ralentizadas, el juego de luces cortantes y difusas, los desenfoques, consiguen transmitirnos las emociones de Alex, que a veces parece flotar suspendido entre la realidad y la ficción. Las secuencias de patinaje en Super 8 también suponen un alarde estético con esa cámara lenta que suspende de algún modo la espectacularidad de los skaters, pues Van Sant no pretende realizar un video de exhibición. De hecho el mundo de los skaters está apenas esbozado en Paranoid Park, pues no se trata de un tema principal en la película, sino simplemente supone la afición del protagonista. Aquí, el tema fundamental es la culpa, la reacción de un joven desencantado ante un acontecimiento traumático en su vida. Y es que esta película también supone una radiografía del adolescente contemporáneo que vive en familias desestructuradas y que están desencantados ante la vida en general y necesitan alguna vía de escape, en este caso, el monopatín.


El uso del sonido y la música en Paranoid Park es de capital importancia para crear ese universo de ensoñación entre lo real y lo imaginado. Gus Vant Sant no le hace ascos a nada: rap, country, techno, ópera, punk, rock, clásica y hasta composiciones del gran Nino Rota para las películas de Fellini. Todo ello se sintetiza a la perfección con las imágenes de Doyle creando lo que podemos considerar un auténtico poema audiovisual.


Sin duda, este film supone la cara más experimental, libre y artística de Gus Van Sant, a años luz de evidentes productos mainstream como Milk, un Van Sant mucho más interesante desde el punto de vista artístico, que toda película que se precie debería contener, aunque desgraciadamente, no conecte con un público mayoritario o tengamos que esperar dos años para verla en pantalla grande, como ha ocurrido en nuestro país.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz