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viernes, 31 de julio de 2009

The Visitor (2007) de Thomas McCarthy


El segundo largometraje dirigido por el actor, guionista y director norteamericano Thomas McCarthy resulta ser una bella historia sobre la amistad entre personas aparentemente muy diferentes entre sí, que difícilmente se hubieran conocido de no ser por una casualidad. Walter Vale es un profesor universitario al que su trabajo no le llena. Tras la muerte de su mujer, la soledad se ha apoderado de su vida. Su rutina diaria se ve interrumpida cuando es obligado a dar unas conferencias en Nueva York, para lo que vuelve a su antiguo piso. Tamaña sorpresa se lleva al descubrir que en el apartamento que no había pisado desde hacía muchos años, está instalado un a pareja de inmigrantes, Tarek y Zainab. Tras las pertinentes explicaciones, la pareja decide marcharse pero ante la imposibilidad de encontrar alojamiento, Walter decide invitarlos a continuar viviendo en su apartamento. Comienza entonces una convivencia singular en la que la amistad que se desarrolla entre Walter y Tarek provoca el rechazo inicial de su novia Zainab.

Como ocurriera en el primer film de McCarthy, Vías Cruzadas (2003), el protagonista es un solitario. El enano Finbar perdió a su mejor amigo; Walter perdió a su esposa. Ambos se han quedado solos. Pero esa soledad termina cuando aparecen en sus vidas Joe y Olivia en el caso de Finbar y Tarek y Zainab en la película que nos ocupa. De la soledad pasamos a la amistad. Una amistad que a priori es difícil de comprender pues los personajes no tienes casi nada en común. Sin embargo, a Walter y Tarek les unirá la música, que para el profesor es una evocación de su mujer, que era pianista. La música clásica es sustituida por la percusión, que es la materia que domina Tarek.

Las lecciones musicales darán lugar a momentos cómicos impagables, situaciones en las que encontramos al aburrido Walter haciendo cosas que no se esperan de él. Cuando el choque cultural entre los personajes está superado y la amistad empieza a consolidarse, Tarek es detenido injustamente y confinado en un centro de inmigración bajo amenaza de deportación. Es entonces cuando aparece en escena Mouna, la madre de Tarek, que se instala con Walter y con el que entabla una relación especial. A partir de la detención de Tarek la película cambia de tono y adquiere mucha carga política. McCarthy intenta mostrar el comportamiento de las autoridades estadounidenses ante el tema de la inmigración y cómo a partir del 11-S la actitud intransigente del gobierno americano se ha agravado. Tarek no es un delincuente, no hace daño a nadie, no pone en peligro la seguridad nacional. Su único delito es no tener permiso de residencia, aunque haya construido una vida en el país. McCarthy propone una reflexión política sobre el asunto de la inmigración ilegal de forma indirecta, narrada con sutileza a través de los ojos de Walter, profesor universitario, un pilar de la comunidad.

The Visitor es un ejemplo de cine independiente, cine de autor americano que no duda en criticar la política de su propio país. A este respecto es destacable las palabras que pronuncia Mouna, la madre de Tarek cuando dice “Este país es igual que Siria” refiriéndose al trato que reciben los disidentes y en este caso los inmigrantes. Las magníficas interpretaciones de Richard Jenkins (nominado al Oscar por este papel) y de la actriz palestina Hiam Abbass, en el papel de Mouna dan solidez a un guión ya de por sí bastante sólido y fluido.

Alejado de los cánones comerciales del cine americano actual, la solvente dirección de McCarthy apoyado en un sólido guión, convierte a The Visitor en una película altamente recomendable, muy bella, íntima y humana, continuando la senda que inició con Vías cruzadas. La carrera como director de Thomas McCarthy es muy prometedora. Habrá que estar atentos a sus próximos films.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 29 de julio de 2009

Mishima: Una vida en cuatro capítulos (1985) de Paul Schrader


Yukio Mishima es el seudónimo de Kimitake Hiraroka, escritor y dramaturgo japonés que escribió sus novelas más importantes en la década de los años 60. Su vida terminó trágicamente al suicidarse mediante el ritual del seppuku. Poco antes había irrumpido en un cuartel del ejército japonés para intentar inculcar sus ideas extremistas a los jóvenes soldados. Con la ayuda de los miembros de su Sociedad del Escudo (Tatenokai) redujeron al General Mashita y Mishima pronunció su discurso sin que los soldados le quisieran escuchar. Decepcionado por la reacción del ejército, que no tiene el mismo sentido del honor y el deber ante su país, Mishima y su compañero Morita se suicidaron mediante el hara-kiri.


El director y guionista Paul Schrader adapta en esta película la vida del famoso escritor japonés. El guión es una colaboración con su hermano Leonard y la mujer de éste, Chieko, que realizó la transcripción al japonés. El propio Schrader ha declarado que “Mishima es un personaje que podría haberme inventado de no existir.” Y es cierto, pues el guionista de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) crea un personaje con un carácter parecido al de Travis Bickle, un loco desengañado con la decadencia moral de la sociedad actual. Para intentar cambiar la situación, Bickle se convierte en justiciero y Mishima planea un golpe de estado. Pero ambos son dos desequilibrados cuyas mentes enfermas fabulan y distorsionan la realidad. El final de la vida de Mishima es consecuente con sus ideas: ante la imposibilidad de cambiar las cosas más vale quitarse de en medio y no vivir en esta sociedad. También son dos personajes con tintes fascistoides y delirios de grandeza que en el caso de Mishima resulta difícil de entender al tratarse de un escritor de prestigio y lo más duro de creer, su historia es real.


Mishima lleva por subtítulo Una vida en cuatro capítulos. Esta singularidad anticipa la estructura narrativa del film, que es un puzle que parte la mañana del 25 de noviembre de 1970, el día del sepukku de Mishima, y a través de flashbacks (en blanco y negro) cuenta episodios biográficos del escritor mezclados con evocaciones de pasajes de sus novelas más importantes “El pabellón de oro”, “La casa de Kyoko” y “Caballos desbocados”. En ellos se tratan temas frecuentes en la filmografía de Schrader como son la locura, los delirios de grandeza, la homosexualidad, el sadomasoquismo, el arte, la ambigüedad política y la decadencia moral. Sin duda, el último de los capítulos, Armonía de la pluma y la espada, con un estilo directo, realista y un montaje violento, rompe la armonía del relato visual que habíamos presenciado hasta entonces, que en ocasiones alcanzaba altas cotas de poesía.


Pero a pesar del buen guión y la ágil narración, si algo destaca por encima de todo en Mishima son sus facetas artísticas, esto es su fotografía, su música y su escenografía. Todo el conjunto le valió el premio a la Mejor Contribución Artística en el Festival de Cannes de 1985. La perfecta armonía de las escenografías oníricas y la cuidada fotografía de John Bailey unida a la memorable música de Philip Glass, constituyen una verdadera obra de arte audiovisual. El arte y la muerte unidos en dos horas de duración.


No quiero terminar este texto sin mencionar la excelente interpretación de Ken Ogata dando vida (y muerte) a Yokio Mishima. Un director de Hollywood como Schrader jamás hubiera hecho una película como esta dentro de las normas comerciales del mainstream. Por eso creo que es valiente y que Mishima puede considerarse su película más importante en lo que se refiere al arte cinematográfico.

8/10
Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 24 de julio de 2009

Los girasoles ciegos (2008) de José Luis Cuerda


La última película hasta la fecha del director manchego José Luis Cuerda adapta a la pantalla un capítulo de la novela homónima de Alberto Méndez. Ambientada en el año 1940, recién concluida la Guerra Civil Española, la sociedad comenzaba a adaptarse a las imposiciones de un nuevo y severo régimen. En la ciudad de Orense, Elena y Ricardo forman un matrimonio marcado por la disidencia que obliga al marido a permanecer oculto por ser un “rojo”. Tienen una hija mayor y un hijo pequeño. La hija huye a Portugal con su novio, otro comunista, pero más joven y por ello más valiente para huir del régimen. Pero esta historia constituye un relleno sin transcendencia en la película, pues fácilmente podría suprimirse sin que el conjunto pierda su integridad. La vida de Elena se ve turbada cuando conoce al diacono Salvador, antiguo soldado metido a seminarista que desde el principio se siente fuertemente atraído por la bella mujer e intenta acercarse a ella a través de su hijo pequeño, Lorenzo, al que da clases en el colegio. El fuerte deseo sexual hace perder la cabeza al joven seminarista que hará todo lo posible por acostarse con Elena, a la que cree viuda. Así se resumiría en líneas generales esta dramática historia que no prescinde de un final muy trágico.


Podríamos argumentar que el cine español ha explotado el tema de la Guerra Civil hasta la saciedad y que esta película se puede incluir en el mismo saco. Pero no es así. Los girasoles ciegos no trata de la lucha entre franquistas y republicanos. La preocupación de Cuerda es dibujar la personalidad del joven diácono como reflejo de la miseria moral de la todopoderosa entonces iglesia católica. La película resulta una profunda crítica a esa institución que gozaba de poderes ilimitados a comienzos de la dictadura. Sin embargo y a pesar de la sobresaliente actuación de Raúl Arévalo en la piel del seminarista, Los girasoles ciegos provoca una sensación de intento fallido de mostrar esa realidad. En muchos momentos la película se desinfla y resulta plana e incluso aburrida. Buena culpa de ello la tiene el guión, uno de los últimos trabajos del maravilloso Rafael Azcona en colaboración con Cuerda, pero que en este caso concreto no logra materializar las pretensiones de la novela en la pantalla.


En cuanto a otros elementos del film, hay que destacar la ambientación histórica de la época, que está muy conseguida. La iluminación de Hans Burmann y la partitura de Lucio Godoy son también reseñables. Pero algo va mal cuando estas facetas técnicas destacan sobre la historia en una película. La planificación clásica de Cuerda no ayuda mucho tampoco. El resultado: una película demasiado convencional, que si bien en algunos momentos parece que va a arrancar y convertirse en un producto interesante, al final se pierde sin conseguirlo y produce una sensación de apatía en el espectador. Los girasoles ciegos puede ser una película que guste a determinados sectores del cine español pero a otros seguramente les creará un sentimiento de indiferencia y pensarán que se trata de un film tan innecesario como olvidable. Muy, pero que muy lejos queda el José Luis Cuerda de El bosque animado (1987) o de la surrealista Amanece que no es poco (1989), o sin irnos tan atrás en el tiempo, La lengua de las mariposas (1999). Ese Cuerda sí que nos gustaba.


5/10

Daniel Muñoz Ruiz

martes, 21 de julio de 2009

Naturaleza muerta (2006) de Jia Zhang Ke


El otro día volvía a ver en la sala de verano de la Filmoteca Española, el último film estrenado por el momento en nuestro país del director chino Jia Zhang Ke. Ganadora del prestigioso León de Oro del Festival de Venecia, Naturaleza muerta (Sanxia haoren) cuenta la historia de dos personajes que acuden a la ciudad de Fengjie en busca de sus respectivos cónyuges. Samming es un minero de la región de Shanxi que busca a su ex mujer a la que no ve desde hace 16 años. Sheng Hong en una enfermera de la misma región que el minero, que busca a su marido que se fue de casa hace dos años por motivos de trabajo. Ambas historias de búsqueda derivarán en resoluciones muy diferentes. Samming obligado a esperar en Fengjie, encontrará trabajo como obrero demoliendo edificios. Están construyendo la gran presa de las Tres Gargantas y el trabajo de demolición abunda, aunque esté mal pagado. Samming se adaptará e incluso trabará una curiosa amistad con un joven imitador de Chow Yun-fat. En ese momento Jia Zhang Ke deja en suspenso la historia del minero para introducirnos al perosonaje interpretado por su actriz fetiche Zhao Tao, en su cuarta colaboración tras Platform (Zhantai, 2000), Placeres desconocidos (Ren xia yao, 2002) y The World (Shinjie, 2004). Y, durante la búsqueda de Sheng Hong seguimos asistiendo a la representación de un lugar que parece no existir, la ciudad que será sumergida en el agua por completo.


El director chino realizó este film en video digital de alta definición (HD), hecho que según sus palabras le permitió alargar el rodaje hasta seis meses y acumular un amplio material. Viendo el resultado nos damos cuenta del por qué. Naturaleza muerta desprende paz y tranquilidad en todos sus planos. El diseño del sonido, sobre todo en las demoliciones y los barcos, supone gran maestría en su utilización. La narración suspende el tiempo y el espacio para crear una puesta en escena más cercana al documental que la relato de ficción tradicional. En este aspecto la película se acerca a la tradición del cine oriental, que aquí en Europa, acostumbrados la mayoría de los espectadores al cine hollywoodiense, puede resultar “lento”, como sinónimo de “aburrido”. Sin embargo, cada película requiere características especiales y necesitan de un tempo que se adapta a lo que se pretende narrar y mostrar, y en este sentido, Jia Zhang Ke ha dado en el clavo. Las imágenes y los plano-secuencias del río, de la ciudad derruida, de la fábrica que va a cerrar, del contraste entre las dos orillas de la propia Fengjie, la que va a ser sepultada por litros y litros de agua y la moderna con sus edificios de nueva construcción, la niebla en los paisajes, los barcos surcando el río, etc.…, todo ello le sirve al director para crear una verdadera obra maestra.


En ocasiones es difícil separar la ficción de la realidad, es decir la película de ficción y la película documental. Este film se mueve en la fina frontera entre los dos. Jia Zhang Ke ya retrató un momento histórico de su China natal en Platform (Zhantai, 2000) y ahora vuelve a hacerlo con una crítica sutil al comunismo que ha derivado en capitalismo no declarado. Si uno lo piensa, en un país como China, con su régimen autoritario, es natural que un autor como Jia Zhang Ke sufra la temible censura, pues su cine es un cine valiente, un cine revestido de documental, que invita a la reflexión histórica y sobre todo a pensar en las consecuencias que trae el desarrollo a la sociedad china actual. En este sentido, Naturaleza muerta, aparte de contener dos historias melancólicas y poéticas, es fiel reflejo de esa realidad, con sus cosas buenas y otras malas, una película honesta. Dentro del panorama del cine actual, este film deberá ser recordado como una gran obra maestra.

10/10
Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 20 de julio de 2009

Appaloosa (2008) de Ed Harris



En los últimos años el cine de Hollywood está intentando revisar ciertos géneros cinematográficos que fueros el secreto de su éxito y la causa de su imperio en todo el mundo a partir del nacimiento del cine sonoro. Appaloosa, segundo film del actor Ed Harris es un ejemplo de intento de revisión del género americano por excelencia, el western, como han sido los recientes casos de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007) o El tren de las 3:10 (James Mangold, 2007). Sin embargo, Appaloosa juega en otra liga, en este caso de menor categoría. La película de Harris contiene todos los clichés del género pero no consigue sacarles partido y al final la película resulta demasiado previsible. La historia de dos justicieros que son contratados para luchar contra el malo malísimo que no le deja vivir en paz es bastante antigua. Pero en lugar de explorar la psicología de los personajes o los conflictos morales que se destilan de tal situación, Harris desvia la mirada hacia una relación amorosa protagonizada por el Sheriff Virgil Cole (interpretado por él mismo) y la recién llegada Allison French (una insoportable René Zellweger), que resulta ridícula por todos lados.

Los personajes de Appaloosa resultan extremadamente planos y te dejan una sensación de déjà vu. Las interpretaciones son bastante mediocres y si pudiera salvar a alguien me quedaría con Viggo Mortensen que resulta correcto en el personaje del fiel Sancho Panza que no da para más. Sin embargo, la decepción es Jeremy Irons que está realmente flojo en su papel de malo malísimo, algo extraño en este pedazo de actor pero que puede ser consecuencia de la nefasta dirección de actores de la que hace gala el señor Harris.

Uno de los grandes pecados de esta película es el guión, y más concretamente los diálogos. De verdad, hay diálogos en Appaloosa que llegan a sonrojar al espectador menos ávido y que resultan del todo obscenos como los pronunciados Virgil y su ayudante Everett en el que explican el tiroteo que acabamos de presenciar como espectadores. Parece que Ed Harris insulte a nuestra inteligencia y trate al espectador como a un paleto salido de un pueblo semejante al de su historia. También es altamente criticable esa inercia que demuestra hacia su autolucimento personal, cosa que va en contra del film en todo momento.

Pero no todo es malo en este western. Visualmente, la película es de bella factura, algunos encuadres y movimientos de cámara son interesantes, pero eso no es escusa para descuidar la historia que se nos cuenta. Ed Harris ha querido rendir homenaje a esos western clásicos a la manera del Clint Eastwood de Sin perdón (1992), pero el resultado no le llega ni a la suela de los zapatos y es que ese film del último gran clásico americano (Eastwood) sí supuso una relectura del género con bastante carga autoral y Appaloosa carece completamente de esos elementos y supone un mero producto de entretenimiento de centro comercial. En fin, una película olvidable.

4/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 19 de julio de 2009

Liverpool (2008) de Lisandro Alonso


Al salir de la sala del cine dónde se proyectaba Liverpool (Lisandro Alonso, 2008), una señora de mediana edad se expresó en estos términos literales: “Hoy en día cualquiera hace una película”. Esta expresión me dejó perplejo, pues según mi percepción, acabábamos de asistir a una película nada convencional y sobre todo, nada fácil de realizar.


Este cuarto film del joven director argentino Lisandro Alonso, que fue el triunfador en el pasado Festival Internacional de Cine de Gijón, narra (aunque a veces parezca que no narra) la historia de Farrel, un solitario marinero que aprovechando que su barco ha llegado a Ushuaia, de donde es originario, decide hacer una visita a su familia a la que no ve desde hace veinte años. Durante el primer tercio de la película asistimos a la rutinaria vida de Farrel en el carguero. Alonso huye de toda pretenciosidad y desdramatiza la presentación de su protagonista a través de la utilización contenida de los planos secuencia y la casi nula presencia del diálogo. Los silencios y el minimalismo compositivo constituyen sus armas principales para mostrarnos a su protagonista con el que nos familiarizamos sin darnos cuenta. La sutilidad de esta acción requiere un gran trabajo de contención impulsiva, algo extraño en un realizador de la edad de Alonso, que no ha sucumbido a los planteamientos del actual cine moderno. Y ahí está la clave de mi desacuerdo con las palabras de la espectadora que mencioné al principio. Lo que hace Lisandro Alonso no es nada fácil y lo más importante de todo, no lo puede hacer cualquiera.

Las imágenes de Liverpool nos transmiten adecuadamente los sentimientos de Farrel. Su soledad, su culpabilidad, su desesperanza. Todo ello sin diálogos. Sólo en el instante en que lo recogen después de pasar la noche a la intemperie, asistimos a unas pocas palabras del anciano que le recrimina su regreso y que nos proporciona toda la información que necesitamos saber. También el personaje de Analía es capital en la película. De hecho, en el último tramo del film ya no seguimos a Farrel, que ha emprendido el camino de regreso a su embarcación. Alonso concentra la acción (o no acción) en Analía, su hermana desconocida, totalmente extraña para Farrel porque nunca llegó a verla crecer. Esa ausencia es mostrada magistralmente por Alonso que consigue que la sombra del marinero esté presente hasta el final de la película.

Por tanto, mi conclusión es que las palabras de la mencionada espectadora son incorrectas. Más adecuado sería decir que este tipo de película no la hace cualquiera. Y más importante aún, no las entiende cualquier espectador. Cierto es que al espectador medio puede resultarle extraña, acostumbrado a un cine narrativo convencional. Pero en la diferencia reside el valor de Liverpool. Lisandro Alonso es hoy por hoy un más que digno representante del ultimísimo nuevo cine argentino y un autor que elogia la sencillez y cotidianidad de la vida sin grandes pretensiones. Y eso es lo que espectadores como esta señora no llegan a comprender. Liverpool es una pequeña gran obra maestra.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant


Por fin llegó a las pantallas de cine españolas Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant. Después incluso que Mi nombre es Harvey Milk (2008), que fue realizada más de un año después. Pero el tema (problema) de la distribución en España no es el objeto de este texto.


La película de Van Sant plantea varios desafíos al espectador. El primero y más significativo refiere al estilo narrativo del director americano. En Paranoid Park, los grandes acontecimientos brillan por su ausencia. De hecho el único suceso con gran peso dramático es el asesinato accidental de un guarda de seguridad en el que se ve implicado el protagonista, Alex. El joven skater vivirá desde entonces dominado por un profundo sentimiento de culpabilidad que incluso influirá en sus relaciones amorosas con su novia. Durante todo el film, Alex deambulará por su reducido universo: el instituto, el skate park, la casa de su amigo Jared, su propio hogar; sin encontrar redención alguna. El relato de esta experiencia no será lineal, circunstancia que necesita de un espectador atento, que tenga consciencia de la distribución de las piezas en ese puzzle temporal.


Paranoid Park es la adaptación de la homónima novela del escritor Blake Nelson, especializado en novelas para “jóvenes adultos” y nativo de Portland, la ciudad donde reside Van Sant y escenario donde se desarrolla la película. Lejos de la comercialidad que destilaba Mi nombre es Harvey Milk, en esta película Van Sant recupera el espíritu esperimental y estilístico de su trilogía de la muerte (Gerry, 2002; Elephant, 2003 y Last Days, 2005) e incluso algunos elementos narrativos y temáticos recuerdan a su primer film, Mala Noche (1985) y a Drugstore Cowboy (1989), a la que puede emparentarse por la mezcla de formatos de imagen, en este caso imágenes rodadas en Super 8 mm.


La magnífica fotografía creada por el refinamiento estético de Christopher Doyle aporta ese grado de calidad visual que supone la película. Si bien es cierto que Doyle nos ha acostumbrado a esa forma de crear imágenes, fundamentalmente en sus numerosas colaboraciones con Wong Kar-Wai, aquí las imágenes ralentizadas, el juego de luces cortantes y difusas, los desenfoques, consiguen transmitirnos las emociones de Alex, que a veces parece flotar suspendido entre la realidad y la ficción. Las secuencias de patinaje en Super 8 también suponen un alarde estético con esa cámara lenta que suspende de algún modo la espectacularidad de los skaters, pues Van Sant no pretende realizar un video de exhibición. De hecho el mundo de los skaters está apenas esbozado en Paranoid Park, pues no se trata de un tema principal en la película, sino simplemente supone la afición del protagonista. Aquí, el tema fundamental es la culpa, la reacción de un joven desencantado ante un acontecimiento traumático en su vida. Y es que esta película también supone una radiografía del adolescente contemporáneo que vive en familias desestructuradas y que están desencantados ante la vida en general y necesitan alguna vía de escape, en este caso, el monopatín.


El uso del sonido y la música en Paranoid Park es de capital importancia para crear ese universo de ensoñación entre lo real y lo imaginado. Gus Vant Sant no le hace ascos a nada: rap, country, techno, ópera, punk, rock, clásica y hasta composiciones del gran Nino Rota para las películas de Fellini. Todo ello se sintetiza a la perfección con las imágenes de Doyle creando lo que podemos considerar un auténtico poema audiovisual.


Sin duda, este film supone la cara más experimental, libre y artística de Gus Van Sant, a años luz de evidentes productos mainstream como Milk, un Van Sant mucho más interesante desde el punto de vista artístico, que toda película que se precie debería contener, aunque desgraciadamente, no conecte con un público mayoritario o tengamos que esperar dos años para verla en pantalla grande, como ha ocurrido en nuestro país.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz