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viernes, 24 de julio de 2009

Los girasoles ciegos (2008) de José Luis Cuerda


La última película hasta la fecha del director manchego José Luis Cuerda adapta a la pantalla un capítulo de la novela homónima de Alberto Méndez. Ambientada en el año 1940, recién concluida la Guerra Civil Española, la sociedad comenzaba a adaptarse a las imposiciones de un nuevo y severo régimen. En la ciudad de Orense, Elena y Ricardo forman un matrimonio marcado por la disidencia que obliga al marido a permanecer oculto por ser un “rojo”. Tienen una hija mayor y un hijo pequeño. La hija huye a Portugal con su novio, otro comunista, pero más joven y por ello más valiente para huir del régimen. Pero esta historia constituye un relleno sin transcendencia en la película, pues fácilmente podría suprimirse sin que el conjunto pierda su integridad. La vida de Elena se ve turbada cuando conoce al diacono Salvador, antiguo soldado metido a seminarista que desde el principio se siente fuertemente atraído por la bella mujer e intenta acercarse a ella a través de su hijo pequeño, Lorenzo, al que da clases en el colegio. El fuerte deseo sexual hace perder la cabeza al joven seminarista que hará todo lo posible por acostarse con Elena, a la que cree viuda. Así se resumiría en líneas generales esta dramática historia que no prescinde de un final muy trágico.


Podríamos argumentar que el cine español ha explotado el tema de la Guerra Civil hasta la saciedad y que esta película se puede incluir en el mismo saco. Pero no es así. Los girasoles ciegos no trata de la lucha entre franquistas y republicanos. La preocupación de Cuerda es dibujar la personalidad del joven diácono como reflejo de la miseria moral de la todopoderosa entonces iglesia católica. La película resulta una profunda crítica a esa institución que gozaba de poderes ilimitados a comienzos de la dictadura. Sin embargo y a pesar de la sobresaliente actuación de Raúl Arévalo en la piel del seminarista, Los girasoles ciegos provoca una sensación de intento fallido de mostrar esa realidad. En muchos momentos la película se desinfla y resulta plana e incluso aburrida. Buena culpa de ello la tiene el guión, uno de los últimos trabajos del maravilloso Rafael Azcona en colaboración con Cuerda, pero que en este caso concreto no logra materializar las pretensiones de la novela en la pantalla.


En cuanto a otros elementos del film, hay que destacar la ambientación histórica de la época, que está muy conseguida. La iluminación de Hans Burmann y la partitura de Lucio Godoy son también reseñables. Pero algo va mal cuando estas facetas técnicas destacan sobre la historia en una película. La planificación clásica de Cuerda no ayuda mucho tampoco. El resultado: una película demasiado convencional, que si bien en algunos momentos parece que va a arrancar y convertirse en un producto interesante, al final se pierde sin conseguirlo y produce una sensación de apatía en el espectador. Los girasoles ciegos puede ser una película que guste a determinados sectores del cine español pero a otros seguramente les creará un sentimiento de indiferencia y pensarán que se trata de un film tan innecesario como olvidable. Muy, pero que muy lejos queda el José Luis Cuerda de El bosque animado (1987) o de la surrealista Amanece que no es poco (1989), o sin irnos tan atrás en el tiempo, La lengua de las mariposas (1999). Ese Cuerda sí que nos gustaba.


5/10

Daniel Muñoz Ruiz

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