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domingo, 19 de julio de 2009

Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant


Por fin llegó a las pantallas de cine españolas Paranoid Park (2007) de Gus Van Sant. Después incluso que Mi nombre es Harvey Milk (2008), que fue realizada más de un año después. Pero el tema (problema) de la distribución en España no es el objeto de este texto.


La película de Van Sant plantea varios desafíos al espectador. El primero y más significativo refiere al estilo narrativo del director americano. En Paranoid Park, los grandes acontecimientos brillan por su ausencia. De hecho el único suceso con gran peso dramático es el asesinato accidental de un guarda de seguridad en el que se ve implicado el protagonista, Alex. El joven skater vivirá desde entonces dominado por un profundo sentimiento de culpabilidad que incluso influirá en sus relaciones amorosas con su novia. Durante todo el film, Alex deambulará por su reducido universo: el instituto, el skate park, la casa de su amigo Jared, su propio hogar; sin encontrar redención alguna. El relato de esta experiencia no será lineal, circunstancia que necesita de un espectador atento, que tenga consciencia de la distribución de las piezas en ese puzzle temporal.


Paranoid Park es la adaptación de la homónima novela del escritor Blake Nelson, especializado en novelas para “jóvenes adultos” y nativo de Portland, la ciudad donde reside Van Sant y escenario donde se desarrolla la película. Lejos de la comercialidad que destilaba Mi nombre es Harvey Milk, en esta película Van Sant recupera el espíritu esperimental y estilístico de su trilogía de la muerte (Gerry, 2002; Elephant, 2003 y Last Days, 2005) e incluso algunos elementos narrativos y temáticos recuerdan a su primer film, Mala Noche (1985) y a Drugstore Cowboy (1989), a la que puede emparentarse por la mezcla de formatos de imagen, en este caso imágenes rodadas en Super 8 mm.


La magnífica fotografía creada por el refinamiento estético de Christopher Doyle aporta ese grado de calidad visual que supone la película. Si bien es cierto que Doyle nos ha acostumbrado a esa forma de crear imágenes, fundamentalmente en sus numerosas colaboraciones con Wong Kar-Wai, aquí las imágenes ralentizadas, el juego de luces cortantes y difusas, los desenfoques, consiguen transmitirnos las emociones de Alex, que a veces parece flotar suspendido entre la realidad y la ficción. Las secuencias de patinaje en Super 8 también suponen un alarde estético con esa cámara lenta que suspende de algún modo la espectacularidad de los skaters, pues Van Sant no pretende realizar un video de exhibición. De hecho el mundo de los skaters está apenas esbozado en Paranoid Park, pues no se trata de un tema principal en la película, sino simplemente supone la afición del protagonista. Aquí, el tema fundamental es la culpa, la reacción de un joven desencantado ante un acontecimiento traumático en su vida. Y es que esta película también supone una radiografía del adolescente contemporáneo que vive en familias desestructuradas y que están desencantados ante la vida en general y necesitan alguna vía de escape, en este caso, el monopatín.


El uso del sonido y la música en Paranoid Park es de capital importancia para crear ese universo de ensoñación entre lo real y lo imaginado. Gus Vant Sant no le hace ascos a nada: rap, country, techno, ópera, punk, rock, clásica y hasta composiciones del gran Nino Rota para las películas de Fellini. Todo ello se sintetiza a la perfección con las imágenes de Doyle creando lo que podemos considerar un auténtico poema audiovisual.


Sin duda, este film supone la cara más experimental, libre y artística de Gus Van Sant, a años luz de evidentes productos mainstream como Milk, un Van Sant mucho más interesante desde el punto de vista artístico, que toda película que se precie debería contener, aunque desgraciadamente, no conecte con un público mayoritario o tengamos que esperar dos años para verla en pantalla grande, como ha ocurrido en nuestro país.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

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