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lunes, 31 de agosto de 2009

Enemigos públicos (2009) de Michael Mann


La última película del productor, guionista y director norteamericano Michael Mann, no deja indiferente a nadie. Su apuesta es arriesgada desde el primer momento, adaptar los últimos días en la vida del famoso atracador de bancos John Dillinger. Basada en un libro de Bryan Burroughs que investigó sobre la ola criminal que dio como resultado la creación del F.B.I. (Federal Bureau of Investigation) impulsado por J. Edgard Hoover, que aparece en el film, interpretado por Billy Crudup, pero sin gran relevancia en el desarrollo de la historia. Enemigos públicos comienza de forma trepidante, con una fuga de presos que plantea el estilo de realización al que se mantendrá fiel Mann durante las escenas de acción de toda la película. El director de Heat (1995) crea una trama parecida a la que ya vivimos en dicha película, con los personajes a los que daban vida Al Pacino y Robert DeNiro. En esta ocasión es John Dillinger (Johnny Depp) quien es perseguido sin descanso por jefe de policía Melvin Purvis (Christian Bale). Sin embargo, Mann centra su atención en el personaje de Dillinger en detrimento de Purvis, del que se esboza simplemente su psicología sin profundizar demasiado. Ahí puede estar la causa de la interpretación de Bale, que resulta más floja de lo que nos tiene acostumbrados. Johnny Depp está presente en más del 90% del film y logra una interpretación que humaniza al atracador, resaltando su carácter narcisista y su romanticismo. La relación de Dillinger y Billie es un amor condenado al naufragar, debido a la peligrosa profesión de él. Marion Cotillard aporta el toque de delicadeza y dulzura ante tanto personaje oscuro. Los actores secundarios son caras conocidas como Giovanni Ribisi, Billy Crudup, Stephen Dorff, Stephen Graham (magnifico psicópata Baby Face Nelson) Leelee Sobieski y Branka Katic, que fue protagonista de Gato Negro, Gato Blanco (Emir Kusturica, 1998), aportan calidad al resultado final.


En las facetas técnicas, Enemigos públicos es un derroche de virtuosismo continuo. Desde la fotografía (sirviéndose de la peculiaridad del HD) al montaje, pasando por una de las mejores ediciones de sonido que se pueden oír, todo ello refuerza la apuesta estética de un Michael Mann que no se conforma solamente con realizar cine de acción mainstream, sino que le gusta experimentar con las posibilidades que le da el arte cinematográfico en la era digital, como ya lo hizo en Collateral (2004), simplemente que aquí va un paso más. Se le ha acusado a Mann de priorizar la técnica sobre la historia que quiere narrar, pero creo que en Enemigos públicos, a pesar de tener un guión más o menos convencional, consigue realizar un film alejado de los cánones hollywoodienses. La imagen emborronada, la cámara al hombro, los planos muy cerrados y los colores apagados, logran que los espectadores se metan en la historia no ya como un observador lejano sino como alguien que está dentro de la acción. Y el sonido, qué decir del sonido. Los disparos de las armas están tan bien editados que parecen reales. Con respecto a la recreación de los años 30, los años de la Gran Depresión, no aporta muchas novedades a diferencia de otros film de la misma época, siendo destacable la relación de los famosos atracadores con los sindicatos mafiosos de Chicago, relación que se rompe como somos testigos en la película.


La relectura de Dillinger llevada a cabo por Mann da como resultado un film visualmente poderoso y bastante entretenido, confirmando que el director norteamericano hace cine comercial con muchos rasgos de autor. Enemigos públicos contiene algunas de las mejores secuencias en su filmografía y puede ser su film más importante, algo que sólo comprobaremos dentro de una década cuando echemos un vistazo a su solvente obra cinematográfica.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 26 de agosto de 2009

En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerin


José Luis Guerin vuelve por sus fueros a la primera división de directores de cine. Y esta vez con una película de ficción. El autor de En construcción (2001) tras su silencio de seis años ha alcanzado otro nivel en su particular obra cinematográfica con En la ciudad de Sylvia. Pues, aunque parezca un documental en algunos momentos, este film es ficción, es la representación de una búsqueda casi obsesiva personificada en un joven fascinado por la belleza, que cree reconocer a una antigua amiga y la sigue por toda la ciudad de Estrasburgo hasta que finalmente entabla conversación con ella para comprobar que estaba equivocado. Todo esto también es un pretexto para mostrar algunos rincones de la ciudad de Estrasburgo, que se convierte en un personaje más de la película del director español.


El cine de Guerin es un cine del espacio y del tiempo. En esta película la construcción del espacio fílmico se articula en planos generales y estáticos que transmiten la apariencia de realidad exigida por el autor, pero también en planos en movimiento que siguen a los personajes por su tránsito a lo largo de la ciudad. El tranvía que recorre el casco urbano de Estrasburgo también adquiere notoriedad al servir de vehículo material a los personajes y al director para crear un fértil juego de miradas y reflejos. El carácter mostrativo de la película gana la partida a la narración cinematográfica convencional y acerca a Guerin a propuestas posmodernas de cine no-narrativo como las creadas por Gus Van Sant, Lisandro Alonso, Jia Zhang-ke o el Zodiac (2007) de David Fincher, por poner unos cuantos ejemplos muy dispares entre sí.


Y es que parece que José Luis Guerin está buscando materializar la belleza estética en cada plano que filma de En la ciudad de Sylvia. El relato está estructurado en tres noches sin que podamos hallar un motivo conciso para tal división. Esas tres noches están acompañadas por sendos días que es donde verdaderamente se desarrolla la historia, a excepción del episodio en el bar “Les Avieteurs” y en los que podemos ser testigos de la luminosidad de la coqueta ciudad francesa. También, En la ciudad de Sylvia es una película de miradas. La mirada del protagonistas a las gentes que va encontrando por la ciudad y la mirada del director sobre el personaje y la ciudad por la que deambula. Esa mirada está llena de vida pero también de cierta melancolía ante la ausencia de la persona deseada, que mueve al protagonista a confundir al personaje interpretado por Pilar López de Ayala. La secuencia de la terraza del café merece un tratamiento especial. En ella Guerin se vale de su protagonista para lanzar una mirada profundamente antropológica sobre los hombres y mujeres que se encuentran allí. Constituye en mi opinión una de las mejores secuencias filmadas en los últimos tiempos, por su sencillez aparente y los resultados que consigue. En ella también encontramos ecos del Guerin de En construcción.


Esa película dio lugar a un documental, Fotos en la ciudad de Sylvia, que complementa a la historia de ficción creada por Guerin. Aunque no resulte una propuesta dirigida a todo tipo de público, En la ciudad de Sylvia es un desafío para el espectador, que seguro que habrá muchos que sepan valorar la melancolía, la nostalgia y la belleza de las poéticas imágenes construidas por un autor con letras mayúsculas, José Luis Guerin.


10/10
Daniel Muñoz Ruiz

sábado, 22 de agosto de 2009

Despedidas (2008) de Yojiro Takita



Okuribito (Despedidas) es una producción japonesa que fue galardonada con el Oscar 2009 a la mejor película de habla no inglesa. Dirigida por Yojiro Takita, cuenta la historia de Daigo Kobayashi, un violonchelista discreto que tras la disolución de la orquesta en la que trabajaba en Tokio, decide volver al campo a su pueblo de origen, junto a su mujer Mika. Allí, conseguirá un trabajo peculiar: ayudante en una empresa que realiza embalsamamientos rituales llamados Nokanshi. Esta nueva profesión le acarreará problemas en su entorno familiar, concretamente con su mujer, que no considera digno su nuevo empleo. El ritual del Nokanshi será el hilo conductor que cohesione la narración de la aventura vital de Daigo, marcado por ser abandonado por su padre siendo él un niño. La historia se sumerge entonces en un profundo océano melodramático en el que ese último momento, la despedida del difunto se convierte en la excusa temática para inferir una impostura sentimental a toda la película.

Y es que en Despedidas, la tradición del cine japonés, de maestros como Ozu, Kurosawa o Mizoguchi, no aparece por ninguna parte y el film se reviste del tradicional tono sensiblero del melodrama hollywoodiense más cursi. Por tanto, no es de extrañar, que el film de Takita, se alzara con la estatuilla dorada en detrimento de otras películas mucho más importantes y arriesgadas como La Clase (Laurent Cantet, 2008) o Vals con Bashir (Ari Folman, 2008). En Despedidas los actores caen en la sobreactuación más facilona, exagerando los gestos tanto en los momentos cómicos como en los más trágicos. La constante voz en off del protagonista resulta tediosa, demasiado explicativa y bastante prescindible en numerosas ocasiones. Y la música, es tema aparte. Hacía tiempo que no me encontraba con una obra que utilizara la partitura musical de forma tan ingenua y desmedida, pues la música remarca emocionalmente la situación dramática en la que aparece. Sólo la música diegética, la del chelo que interpreta el protagonista, tiene algo de interés. Pero la omnipresencia musical a lo largo del film resulta un verdadero (con perdón) coñazo.

Otro elemento que chirria en Despedidas es el personaje secundario de la esposa, Mika. Nadie puede entender su actitud ante la nueva profesión de su marido. Aquí, dicho trabajo es considerado indigno, cuando en la sociedad actual nadie le atribuiría tan condición. Tomemos como ejemplo la serie norteamericana A dos metros bajo tierra, en los que los protagonista tenían la misma profesión y aquí nadie se lo tomaba a la tremenda como la mujer de Daigo.

Creo que Despedidas hubiera podido funcionar mejor como comedia. Aplicando el humor negro a las situaciones planteadas en el film, hubiera resultado una película más interesante y no una obra cargada de sensiblería barata en el que la planificación, la música y el montaje están estudiados para gustar a los espectadores menos exigentes. A pesar de la buena salud que apreciamos en el cine japonés contemporáneo con directores como Hirokazu Kore-eda, Naomi Kawase, Kiyoshi Kurosawa o Hayao Miyazaki, entre otros, este film de Yojiro Takita no representa para nada al cine japonés, pues constituye una película autocomplaciente, desvirtuada y extremadamente convencional, que busca la lágrima fácil en su audiencia.

Para finalizar, quisiera recomendar el visionado de dos filmes japoneses que también tratan el tema de la muerte y la despedida, pero que a diferencia de éste, resultan verdaderas obras maestras. Se trata de las películas La balada de Narayama (Shohei Imamura, 1983) y El bosque de luto (Naomi Kawase, 2007).

4/10
Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 16 de agosto de 2009

Revolutionary Road (2008) de Sam Mendes


Cuarto film del director y dramaturgo británico Sam Mendes. Revolutionary Road (menos mal que no han traducido el título) vuelve a analizar la sociedad norteamericana, en esta ocasión personificada en un matrimonio joven de clase media, una pareja perfecta en los años 50, muy guapos y educados, con dos hijos pequeños y una casita en un barrio residencial lejos de la gran ciudad. Frank y April se conocen rápidamente, se casan pronto y los hijos llegan también muy pronto. Sus vidas se transforman en rutinarias, más aún cuando ella abandona sus pretensiones de actriz, al darse cuenta de su mediocridad. Frank odia su trabajo en una oficina en la ciudad y su desazón ante la vida le hace caer incluso en la infidelidad. Todo esto parece cambiar cuando April planifica una salida para esa situación, irse a vivir a París en busca de una nueva vida, una vida mejor, en la que Frank pueda desarrollar su potencial en otros campos y así poder alcanzar la felicidad, de la que carecen en su actual vida. Frank aceptará en un primer momento, pero a partir de ahí surgirán los problemas. Entonces Revolutionary Road que comienza poderosamente, va perdiendo fuelle para caer en el melodrama más convencional.


De hecho, la primera media hora de la película de Mendes resulta muy atractiva, sobre todo por su forma de narración, con el montaje paralelo sobre las acciones de Frank y April separadamente y por los flashbacks en los que April rememora su pasado con Frank que nos informa de cómo ha llegado el matrimonio a esa situación de desesperanza vital. La adaptación a la pantalla de la novela homónima de Richard Yates, es correcta, consigue caracterizar la sociedad norteamericana de la década de los años 50. Una sociedad muy conservadora hasta entonces, lejos todavía de los movimientos culturales que revolucionarían la sociedad en los años 60. De ahí que nadie esté de acuerdo con la decisión de April, excepto John, el hijo desequilibrado mental de sus caseros. Dicen que los niños y los borrachos son los únicos que siempre dicen la verdad. En el caso de ese film se puede decir que son los locos, porque John es el único que ve la verdad, la realidad del matrimonio y como la verdad duele, este personaje será esencial al provocar la secuencia de mayor tensión dramática en la película, cuyo contenido, por supuesto, no voy a desvelar.


Las películas de Sam Mendes, como ya ocurriera con American Beauty (1999) y Camino a la perdición (2002) trabajan muy bien la dirección artística para introducir al espectador en el ambiente social en el que se desarrolla la trama. La fotografía de Roger Deakins también contribuye a ello, pero la música de Thomas Newman crea una sensación de deja vù o más concretamente de “ya oído” que relega la historia a la convencionalidad hollywoodiense. El duelo interpretativo DiCaprio-Winslet está compensado a lo largo del film, en el que unas veces gana él y en otras sale victoriosa ella. Sin duda, la interpretación de los actores resulta el punto fuerte de Revolutionary Road.


Con historias como esta, Mendes se ha convirtiendo en uno de los directores más cotizados del Hollywood actual, pero ha perdido la frescura de American Beauty y no alcanza la épica de Camino a la perdición (enorme Paul Newman). Creo que se le puede pedir más y que todavía tiene que crear una obra maestra que permita su inclusión en el Olimpo de los directores de cine de Hollywood.

7/10

Daniel Muñoz Ruiz