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miércoles, 27 de enero de 2010

La cinta blanca (2009) de Michael Haneke


Una ficción que bien podría haber sido real. Como el mismo narrador dice al principio de la película: “Ignoro si la historia que os quiero contar es enteramente verídica, la conozco parcialmente, de oídas…()…, pero creo que debo contar los hechos extraños que se produjeron en nuestro pueblo, porque quizás podrían iluminar ciertos procesos acontecidos en este país…”. El narrador no es otro que el joven profesor del pueblecito del norte de Alemania donde se desarrolla la historia. Por tanto, toda la película es un gran flash-back, la reconstrucción de unos hechos pasados a través del testimonio rememorado de un testigo parcialmente ajeno a la comunidad. Los acontecimientos misteriosos que acontecen en la pequeña villa son actos de violencia contra los más débiles de la comunidad. Nadie sospecha quien puede ser capaz de semejantes actos salvajes e irracionales, pero el profesor irá atando cabos y se acercará a la verdad, que no será aceptada por los líderes de su comunidad y, por tanto, será apartado de ella. Es entonces cuando estalla la Primera Guerra Mundial y la vida de esta pequeña comunidad protestante alemana no volverá a ser igual.


Michael Haneke plantea en La cinta blanca (Das weisse Band) el posible origen del mal, la semilla plantada en esos niños, cuyo odio les convertirá en los nazis del mañana, capaces de exterminar a millones de seres humanos. En éste, su decimoprimer largometraje (sin contar sus trabajos para televisión), el director nacido en Munich, intenta exorcizar el mayor trauma que sigue viendo Alemania, la culpabilidad por engendrar un monstruo llamado nazismo, quizás el peor de la historia de la humanidad, pero seguro que el más terrible de la historia moderna. Lejos de intentar justificar nada, La cinta blanca explica las condiciones en las que vivía la sociedad rural alemana a comienzos del siglo XX, dominada por el feudalismo y el severo protestantismo que se cebaba en los niños, educándolos de una forma muy estricta y casi sin cariños paternales. Las situaciones que tiene lugar en el film, bien podrían catalogarse de verdaderos documentos históricos, de fiel representación de un pasado oscuro del que todavía no conocemos sus más horribles secretos.


Con una excelente fotografía en blanco y negro obra de Christian Berger, en su quinta colaboración con Haneke tras El video de Benny, 71 fragmentos de una cronología del azar, La pianista y Caché, y la cuidada planificación con sus ya habituales planos secuencia que dan bastante importancia al fuera de campo (los maltratos a los niños, por ejemplo) y un dominio total del espacio cinematográfico y la dirección de actores (magnífica como siempre Susan Lothar en un rol secundario), La cinta blanca es, hasta la fecha, la película más ambiciosa del director alemán y, sin embargo, la más fácil de ver de toda su filmografía, pues el espectador no es rechazado por el texto fílmico como sucede en Funny Games o El séptimo continente, más difíciles de asimilar por parte del espectador medio. Incluso Haneke se permite la concesión de introducir una subtrama agradable en su película, que es la historia de amor entre el profesor y la joven niñera, algo que, husmeando en sus películas anteriores, no he sido capaz de encontrar.


Así, La cinta blanca es una de las mejores películas de la última década. Dura, fría, sin ápice de condescendencia, amarga y honesta. Sin dura, Michael Haneke es unos de los directores de cine más dotados en la actualidad y no sólo visual o formalmente, sino intelectualmente, preocupado por la violencia del ser humano, a la que critica sin desaliento.

10/10

Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 18 de enero de 2010

Un tipo serio (2009) de Ethan y Joel Coen


El universo del judaísmo vuelve a ser la referencia de los oscarizados hermanos Coen para desarrollar una nueva comedia irreverente. Larry Gopnik (magníficamente interpretado por el actor Michael Stuhlbarg) es un profesor de física de una universidad de Minnesota en los revueltos años sesenta. Su apacible vida comienza a desmoronarse cuando un estudiante extranjero le ofrece un soborno para que le apruebe y al llegar a casa su mujer le suelta de buenas a primeras su intención de pedir el divorcio y comenzar una relación con un viudo adinerado. Mientras sus dos hijos adolescentes no paran de molestarle y su hermano, Arthur, un auténtico freak del universo Coen, se mete en problemas y Larry tendrá que hacerse cargo también. Rodeado de peculiares vecinos y su comunidad judía, no menos peculiar, tendrá que hacer frente a todos estos problemas y organizar el Bar Mitzvah de su hijo Danny.


De nuevo los Coen son capaces de crear personajes profundos con un par de pinceladas mientras que otros no lo consiguen por muchos brochazos que den. Y aquí reside lo mejor de sus comedias, los personajes, que por sí solos son los que provocan las disparatadas situaciones de sus películas, como ya ocurría en Fargo (1996) y El gran Lebowsky (1998) sin que se note la pluma del guionista ni resultar forzado. Genial es la escena de la celebración del Bar Mitzvah de Danny, que bajo los efectos de la marihuana (recordemos, estamos en los sesenta) contempla toda la acción desenfocada, al igual que nosotros a través de la cámara. Con menos tono sainetesco que su anterior comedia, Quemar después de leer (2008) y más crítica moral, los Coen consiguen reírse de su religión desde dentro, como lo hace Woddy Allen, pero más intensamente, al estilo de la literatura de Philip Roth y su obra El lamento de Portnoy (1969). El prólogo inicial, ambientado en Polonia y hablado en Yiddish, es una secuencia magistral y la síntesis del humor negro de los Coen.


Sin embargo, la resolución final parece algo forzada, si bien, las últimas imágenes del film nos recuerdan a los Coen más poéticos. El final puede considerarse abierto, aunque en la cabeza del espectador se cierre, en la inmensa mayoría de los casos, del mismo modo, es decir, lo peor. Pero a lo largo de todo el film hemos asistido a una comedia bastante divertida, surrealista (impagables los sueños de Larry) y por momentos, incluso emotiva y seria, no obstante, el título lo dice todo, Un tipo serio.


Después de alcanzar la gloria hollywoodiense con No es país para viejos (2007), Ethan y Joel Coen, consiguen una obra más que decente, con actores desconocidos para el público mayoritario y con una historia bastante crítica hacia las apariencias de la religión judía entendida desde el punto de vista más ortodoxo. Merece la pena pasar un buen rato y echarse unas risas con los hermanos de Minnesota.

7/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 10 de enero de 2010

Buscando a Eric (2009) de Ken Loach


Divertida, emocional y bastante atípica en la filmografía de su director, Ken Loach se aparta de su cine social más denso en Buscando a Eric, un film que se mueve entre los extremos de la comedia y el drama, para introducirnos en una historia fantástica sobre los valores de la amistad como herramienta para solucionar problemas. Eric Bishop es un cartero divorciado dos veces, que vive en Manchester con sus dos hijastros adolescentes. Su vida es triste y el inminente encuentro con su primera esposa, a la que abandonó hace más de veinte años, le provoca un ataque de pánico que lo lleva al hospital tras sufrir un accidente automovilístico. Sus amigos y compañeros de trabajo pretenden echarle una mano para subir su estado de ánimo y organizan un juego terapéutico que consiste en ver la vida a través de una persona admirada. A partir de entonces, se le aparece el ex jugador del Manchester United, Eric Cantona, que, a modo de fantasma que sólo él puede ver, le va dando consejos morales que ayudan al protagonista a afrontar los problemas de su vida. Entablan una relación de amistad durante sus encuentros y Eric (el cartero) conseguirá resolver sus dificultades emocionales, como por ejemplo, acercarse a Lilly, su primera esposa, de la que sigue enamorado. Tras el decorado futbolístico de la película, se desarrolla la historia de confrontación contra un mafioso que amenaza a su hijastro mayor y que sólo podrá ser resuelta con la ayuda de sus amigos, los supporters del United. La fuerza social como instrumento, como combustible para afrontar los conflictos.

Sin embargo, Buscando a Eric no pretende dar lecciones morales sobre la sociedad o la política, como suele ser habitual en el cine del director británico. El guión de Paul Laverty, colaborador de Loach desde La canción de Carla (1996), se refugia en el terreno emocional en lugar de en el realismo social, lo que hace de la película de Loach, probablemente la más accesible para el público general en toda su filmografía. Aunque está lejos de los mejores guiones de Laverty, en Buscando a Eric, vuelve a demostrar su oficio creando un guión sólido aunque con alguna trampa que otra, como el final made in Hollywood, que es un acontecimiento insólito en la carrera de ambos. Los actores cumplen con su trabajo eficazmente, destacando el protagonista Steve Evets y el actor que interpreta al personaje de “Meatballs” (Jonh Henshaw), que aporta los mejores momentos cómicos del film con su filosofía de vida, que consiste en encontrar todas las respuestas en los libros. También hay que mencionar el trabajo del ex futbolista francés, Eric Cantona, que ya ha hecho sus pinitos como actor y que en esta película se interpreta a sí mismo con un tono autoparódico en determinados momentos, que suponen lo mejor de su papel.

Sin duda, podemos hablar de la obra más entretenida y accesible de Ken Loach, que se acerca a los terrenos de lo más comercial sin poder su identidad y su compromiso con lo social. Una vuelta de tuerca a su cine, en el que introduce lo fantástico como justificación para el deseo del protagonista de su historia. Buscando a Eric es un film liviano y agradable que no debería pasar desapercibido para el espectador del buen cine.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz