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domingo, 21 de noviembre de 2010

Aita (2010) de José María de Orbe



Quizás muchos piensen que soy demasiado osado por considerar Aita como una obra maestra del cine español. Puede que ahora no se aprecie como tal, pero estoy seguro que dentro de unos años o décadas, cuando volvamos a verla, coincidiremos en señalar el trabajo de José María de Orbe como una de esas películas que crean escuela. El Palacio de Murguía en Astiagarraga (Guipúzcoa) es el verdadero protagonista de Aita. La casa que perteneció a los antepasados del director permanece abandonada y lejos del esplendor que tuviera en siglos pasados. Solo un viejo guarda intenta que la naturaleza no la engulla. En su interior, algunos siglos de cultura euskalduna y muchos espíritus de los antepasados que alguna vez la habitaron. Las paredes, las ventanas, las puertas, etc., son testigos mudos y ciegos del pasado al que mira con melancolía Luis, el viejo guarda. Sus paseos silenciosos nos traen a la memoria películas como Good Bye, Dragon Inn (2003, Tsai Ming-Liang) o Fantasma (2006, Lisandro Alonso) y descubren las hullas del tiempo en la anciana mansión, porque en ocasiones parece que por sí sola la casa tenga vida y que, por supuesto, esa vida se está agotando. También Aita se emparenta con el cine del argentino Lisandro Alonso en su visión antropológica sobre las personas que habitan el espacio físico convertido en espacio fílmico.


Orbe articula su película en planos secuencias, a veces cortos otras, más largos, en los que la cámara no realiza ni un solo movimiento en todo el metraje. Los planos fijos de Aita consiguen que la relación temporal se sincronice con el tiempo de las acciones. El director vasco lo hace genial, su dominio del tiempo de la imagen y el tiempo narrativo (o no narrativo, dirán algunos) crea un espacio perfecto para el deleite del espectador ante la plasticidad de las imágenes que se nos muestran. La magistral fotografía de Jimmy Gimferrer, premiada en el último Festival de San Sebastián, aporta al film la naturalidad requerida al no introducir ninguna fuente de luz artificial y contentarse con dirigir las naturales. Una fotografía sobria que imprime una belleza especial a toda la película. Pero no vayan a pensar que todo en Aita son imágenes. También hay diálogos entre el guarda y su amigo el cura, que en ocasiones resultan humorísticos y en otras reflexivos y melancólicos.


Además, José María de Orbe, como buen video artista, recupera imágenes de archivo del cine primitivo vasco y las introduce como proyecciones contra las paredes desnudas del interior de la casa resultando mágicas por su analogía con el paso del tiempo de la propia estancia. Imágenes pasadas, historia de los muertos que todavía habitan el hogar.


En varias entrevistas el director ha declarado que Aita es una película muy personal. Y tanto que lo es, pero también es un objeto artístico y cinematográfico como pocos se realizan en España. Una muestra de cine vanguardista y arriesgado que da frutos tan sabrosos y deliciosos como éste. Un ejemplo de buen gusto visual sin renunciar al compromiso expresivo del cine, pues aunque alguno se resista a verlo en Aita hay un relato muy personal y reflexivo.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 14 de noviembre de 2010

El extraño caso de Angélica (2010) de Manoel de Oliveira



Manoel de Oliveira es un caso único en la historia de la cinematografía. El director portugués filmó esta película con 101 años de edad y en diciembre cumplirá 102. El extraño caso de Angélica es una película que suena a despedida, como dijo Luis Miñarro (Eddie Saeta), productor español que participa en ella, cuando presentó la misma en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde tuve la oportunidad de verla antes de su estreno comercial en las pantallas españolas. Sin embargo, el longevo director ya está enfrascado en su próximo proyecto y, confiemos en que no sea el último.


Describir su cine, por si alguno lo desconoce (quizás muchos) es hablar de dominio del tiempo cinematográfico a través de largos y pausado planos secuencia que dotan a sus películas de una magia especial. No podía ser menos en este caso. Isaac (Ricardo Trêpa, nieto de Oliveira) es un fotógrafo judío que es contratado para retratar a una joven difunta (Pilar López de Ayala) de familia pudiente de provincias. En el momento del primer encuadre sobre el rostro de la bella joven, ésta abre los ojos y el fotógrafo se queda anonadado. Los demás no lo ven y desde entonces, Isaac no puede dejar de ver a Angélica en sus sueños y en sus fotos, en las que Angélica siempre parece sonreírle a él. Encontramos aquí una historia de amor imposible que sólo tendrá lugar espiritualmente.


El director de películas como El valle de Abraham (Vale Abraao, 1993) o Una película hablada (Um filme falado, 2003) vuelve a demostrar su maestría en la planificación de largas secuencias dialogadas que resultan tan naturales como la vida misma. Además vuelve a introducir la naturaleza en sus imágenes y recurre a planos de labradores trabajando la tierra en una secuencia musical que lo acerca al registro documental. Algunos detractores pueden achacarle al film demasiada teatralidad en las interpretaciones o incluso en los decorados interiores, pero en mi opinión, resultan positivos pues se trata de dotar de una esencia especial a la película, un rasgo de estilo del autor portugués. El vestuario de los personajes parece salido de finales del siglo XIX o principios del XX, pero la acción se sitúa en la actualidad. Esto supone un guiño en toda regla al espectador, que lo asume sin reticencias porque casa perfectamente con el tono y las intenciones del film.


La obsesión del fotógrafo por Angélica se convertirá en enfermedad, un mal de amores al haberse enamorado de alguien a quien ni siquiera podrá conocer. Este amor ya no tiene cabida en el mundo de los vivos, por lo que Isaac tendrá que olvidarse o entregarse a la desesperación. Oliveira construye una simpática metáfora con el pajarillo enjaulado, que los espectadores que vean la película identificarán con regocijo. El director portugués ha realizado una película enigmática, por momentos deliciosa, otros oscura en los que sobrevuela la muerte, pero siempre bella y serena, algo que lo sitúa entre los clásicos del cine moderno, a la altura de un Bergman o un Godard. Volveré a verla cuando la estrenen en las salas españolas.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 9 de noviembre de 2010

Copia certificada (2010) de Abbas Kiarostami


¿Qué diferencia el original de la copia? ¿Puede ser original una copia? ¿Por qué le damos tanto valor al original en el arte? Estas y otras preguntas son el pretexto del director iraní Abbas Kiarostami para construir la historia de una pareja de mediana edad que atraviesa una crisis sentimental provocada por el desgaste del matrimonio. El mundo del arte sobrevuela la trama al convertir las obras artísticas tradicionales (pintura, escultura, arquitectura) en el decorado perfecto para la trama. Ella, una magnífica Juliette Binoche, propietaria de una tienda de antigüedades en un pueblecito perdido en la Toscana italiana, conoce a un famoso crítico de arte inglés que ha llegado al país transalpino para presentar su último ensayo. Lo que parece una relación entre dos desconocidos se convierte en una crisis de pareja en la que ella asume el papel de mujer abandonada, ninguneada sentimentalmente por un marido que le da más importancia a su trabajo que a su esposa y que siempre está ausente. El viraje de la historia se produce sin estridencias, una ruptura que no supone un cambio de tono en el film. En esos momentos la frontera entre el original y la copia se diluye. ¿Qué historia es la original y cual la copia? ¿Cuál es la verdadera y cuál la falsa?

Abbas Kiarostami se aleja de su Irán natal para trabajar por primera vez en Europa y con actores profesionales, aunque cuenta con un cantante de ópera para el protagonista masculino, William Schimell. Su film tiene como referente obvio la película Te querré siempre (Viaggio In Italia, 1954, Roberto Rossellini) en la que Ingrid Bergman y George Sanders formaban un matrimonio apunto de separarse. Pero lejos de comparaciones, la narrativa de Kiarostami en Copia certificada resulta parecerse más a las películas de Alain Resnais en las que no sabemos muy bien qué es real y qué es imaginario dentro de la historia de ficción que estamos contemplando. Por tanto, que importancia tiene la diferencia entre un original y una copia, si es que de verdad hay alguna, como el protagonista, crítico de arte, se empeña en intentar demostrar.

Algunos elementos genuinos de Kiarostami están presentes en el film como son los largos paseos en coche, las carreteras serpenteantes y el naturalismo de las imágenes. Sin embargo, nos encontramos en esta película con algunos rasgos que ya ensayó en films anteriores como Ten (2002) o Shirin (2008). En las secuencias más sentimentales, en las que ella desnuda sus emociones ante su marido, el personaje interpela directamente al espectador y Kiarostami capta su mirada frontalmente convirtiendo tal planificación en la marca de estilo de la película. El experimento consigue excelentes resultados, pues nos hace entrar de lleno en los diferentes estados emocionales de la pareja protagonista. La actuación de Juliette Binoche es memorable, mucho más expresiva que en otros trabajos suyos, la actriz francesa construye un personaje inolvidable, lleno de melancolía por el desamor del que es víctima. William Schimell salva su personaje, pero en muchos momentos está por debajo de la Binoche. Creo que no ha sido una idea acertada confrontar a una gran actriz profesional con un actor principiante, pero sus razones habrá tenido el director iraní.

Sin duda, Copia certificada es una de las películas más estimulantes del año. La secuencia final es extraordinaria, de un gusto inimitable. Kiarostami sigue fiel a su estilo pero con este film ha dado un paso más en su cine reflexivo, elegante y sutil. Seguro que a sus detractores no les convencerá, pero puede que con este trabajo pueda ganar algún adepto más. Yo, desde mi humilde posición, recomiendo este film imprescindible para el que busca en el cine algo más que simple entretenimiento.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz