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lunes, 13 de diciembre de 2010

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas (2010) de Apichatpong Weerasethakul


Comenzaré esta crítica señalando mi condición de espectador occidental no familiarizado en absoluto con la cultura tailandesa ni con su simbología ni sus creencias. Por tanto, mis interpretaciones pueden ser aventuradas pero son las que me ha provocado la visión de este largometraje escrito y dirigido por Apichatpong Weerasethakul, ganador de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. La película comienza con un oscuro prólogo en la que un buey atado a un árbol se libera de su yugo y corre salvaje por el bosque en mitad de la noche hasta que es finalmente atrapado por un hombre. Después, un coche recorre una carretera que atraviesa el campo, en planos que bien nos pueden recordar a los trayectos en automóvil de las películas de Kiarostami. El tío Boonmee, un hombre que vive en medio del campo, rodeado de la naturaleza salvaje, se está muriendo. Para sus cuidados cuenta con la ayuda de un inmigrante de Laos, Jaai, al que está muy unido. Su cuñada Jen y el hijo de ésta, Tong, viajan al campo para estar con el enfermo. Durante una cena, llegan las apariciones de Huay, la difunta mujer de Boonmee y Boonsong, su hijo desaparecido, convertido en una especie de hombre-mono peludo de ojos rojos, un ser fantástico que puede tener su origen en alguna mitología tailandesa. Este encuentro insólito no parece asustar en absoluto a los vivos, que dialogan con los espíritus como si estuvieran vivos.


Uncle Boonmee es una profunda reflexión sobre la vida y la muerte, sobre el trayecto que nos dirige en los últimos momentos de vida y en las posibles vidas que un mismo espíritu puede vivir. Pero lejos de querer ser grandilocuente en el teme de la reencarnación, Weerasethakul construye un relato que se mueve entre la desestructuración temporal y la linealidad convencional y en la que sus protagonistas discurren por la frontera entre la realidad y la ensoñación. La cueva, a la que llega Boonmee guiado por el fantasma de su esposa y acompañado por Jen y Tong, resulta ser el lugar simbólico donde el anciano nació, en una de sus vidas pasadas, sin saber si fue hombre, mujer o animal. El lugar mítico donde pasar los últimos instantes de su vida me recordó a la cima de la montaña donde los hijos llevan a sus padres y madres a morir en La balada de Narayama (Narayama-bushi kô, 1983, Shôhei Imamura), un emplazamiento donde cerrar el ciclo vital. En el instante de su muerte, Boonmee sueña con un futuro extraño en el que solo existen hombres-mono y soldados, lo que le permite a Weerasethakul volver a realizar un movimiento de ruptura en su film al introducir fotos fijas que representan esta ensoñación. Estas fotos, los comentarios de Boonmee sobre los comunistas que ha asesinado y las imágenes de militares en la televisión, son los elementos que de soslayo apelan a la situación política de su país.


El director tailandés ha creado un artefacto complejo y simple al mismo tiempo, misterioso, como el episodio de la princesa y el soldado, que en principio nada tiene que ver con la trama, y luminoso y esperanzador, como se percibe en el epílogo en el que Tong, se despoja de su hábito de monje, e incluso de su cuerpo, para transportar su alma y la de Jen a otro lugar. Weerasethakul consigue hipnotizar al espectador con este relato lleno de belleza visual y poética narrativa. Una obra cercana a la perfección.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

1 comentario:

  1. Me encantó la película. Una de las cosas más interesantes que yo vi en el film fue el tratamiento que se le daba a la vida. Bien has hablado de la idea de reencarnación asociada a la cultura budista, sin embargo, creo que también hay que destacar la manera en que Weerasethakul trata la fragilidad de la vida. Me refiero a cuando utiliza un elemento tan sencillo como la mosquitera. Así crea la ilusión óptica de que los cuerpos no son opacos, como tampoco lo es el del espíritu de la difunta esposa del protagonista cuando aparece en escena. Además, las mosquiteras juegan un papel esencial en la supervivencia de la población en países tropicales como Tailanda, en los que la mayoría de las enfermedades son transmitidas a través de mosquitos. Así, en muchas ocasiones, son la fina línea que separa la vida de la muerte.

    Has hablado también de la escena en la que visualiza una vida futura a través de fotografías. A mí parecer otra de las virtudes de la película son las referencias cinematográficas que utiliza. Aquí hay un claro guiño a La Jetée de Chris Marker. Luego está el episodio en que el hijo de Boonmee se queda fascinado por lo que encuentra al revelar una fotografía, lo que me recuerda mucho Blow Up de Antonioni. Por no hablar de los fantasmas de Rivette.

    No te doy más la murga. ¿Bajas a Sevilla? La próxima subes a Barna, que ya sabes que allí tienes casa.

    Un abrazo.

    Gonzalo.

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