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jueves, 29 de diciembre de 2011

Restless (2011) de Gus Van Sant


¿Es posible hacer una película romántica, dulce, emotiva, melancólica, etc., sin caer en la sensiblería y en el exceso melodramático? La respuesta la puede dar Gus Van Sant en su último film. Restless es la historia de amor de dos adolescentes marcados por el dolor. Enoch (Henry Hopper, hijo del genial Dennis Hopper) es un joven introvertido, taciturno, traumatizado por la muerte repentina muerte de sus padres, a cuyo entierro no pudo asistir por encontrarse en estado de coma. Por eso, pasa el tiempo asistiendo a funerales sin tener ninguna relación con los difuntos. En uno de ellos conoce a Annabel (Mia Wasikowska), una chica de belleza andrógina y etérea que padece un tumor cerebral en fase terminal. Ambos inician una relación sentimental sabiendo en todo momento que durará poco. Enoch encuentra en Annabel la posibilidad de redimirse de la culpabilidad que siente por no haberse podido despedir de sus padres, acompañándola en el tránsito de su irremediable camino hacia la muerte. En parte, nos viene a la cabeza Love Story (Arthur Hiller, 1970), pero mientra aquélla se decantaba por la tragedia total que suponía la prematura muerte de la amada, en Restless encontramos una variedad tonal, desde lo cómico a lo trágico, pasando por la ciencia ficción, que la hace bastante diferente. Y es que en el film del director residente en Portland, destaca el componente fantástico, con la presencia del fantasma que se le aparece a Enoch desde la muerte de sus padres. Este personaje que representa a un joven kamikaze japonés de la Segunda Guerra Mundial, recorre el relato desdramatizando el significado de la muerte, que es junto al amor, la esencia del film.
Van Sant vuelve se mueve entre las fronteras más notorias de su cine, la comercialidad (El indomable Will Hunting, Todo por un sueño, Mi nombre es Harvey Milk), y la experimentación (Elephant, Gerry, Last Days, Paranoid Park). Pero este film también constituye una novedad. Es la primera vez que Van Sant se atreve con una historia de amor adolescente heterosexual. Su mirada sobre los adolescentes nunca había contenido un componente romántico, o si lo había hecho, como en Mala noche (1986) o Mi Idaho Privado (1991), siempre se trataban de relaciones homosexuales.
Otra faceta a destacar es la dirección de fotografía, para la que Van Sant vuelve a contar con Harry Savides, su operador favorito. Savides consigue unos matices cromáticos ideales para el tono con el que está contada la película. Los marrones otoñales y los interiores cálidos persiguen crear imágenes íntimas, acercándonos al inevitable desenlace. Los encuadres también tienen su peso en Restless. Sobresale el plano cenital que encuadra a la pareja protagonista tendidos sobre sus siluetas dibujadas con tiza blanca, a modo de señalización de cadáveres. Coincide con el momento en que Enoch le cuenta a Annabel el origen de su dolor y termina con un romántico beso.
Restless fue maltratada por la crítica en su presentación en el pasado Festival de Cannes. Quizás se esperaba de Van Sant algo más radical. Puede que a muchos les resulte demasiado sensiblera y convencional, pero, en mi opinión, estamos ante uno de los films más bellos, delicados y refinados del año. Desde luego, a mí logró emocionarme, y eso que, en general, detesto el romanticismo en el cine.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 26 de diciembre de 2011

El futuro (2011) de Miranda July


El segundo largometraje de la joven directora norteamericana Miranda July nos introduce en un tema tan tratado por el cine como son las crisis de parejas. En este caso, una pareja de treintañeros que, ante lo rutinaria que se ha vuelto su relación y lo insulso de sus vidas, adoptan a un gato herido para intentar darle sentido a su unión. En su primer largometraje, Tú, yo y todos los demás (2005), July imprimía su visión particular sobre la vida desde varios puntos de vista, pues se trataba de una comedia coral. Sin embargo, El futuro gira en torno a la pareja protagonista Sophie (la propia Miranda July) y Jason (Hamish Linklater) cuyo universo comienza y termina en su relación. Los personajes son asépticos, sin interés, vacuos. Resulta muy complicado identificarse con ellos y mucho más entender sus actitudes ante la crisis de pareja por la que están transitando. El drama está sobredimensionado por el afán de la directora en convertir la historia en una metáfora de las relaciones amorosas y los sentimientos que se desprenden de ellas. En este aspecto, el tema del film es universal, existencial, como en su primer largometraje, pero a diferencia de éste, que sí llegaba al espectador, El futuro causa distancia, e incluso, rechazo, al bordear los límites del ridículo en muchas ocasiones.

En mi opinión, el recurso a la ciencia ficción más rudimentaria, como es el detener el tiempo, no consigue el efecto poético deseado. Más bien, resulta otro obstáculo más en el camino que nos acerca a las emociones de los personajes. Digno de alabar es la actitud de la mujer, que toma las riendas para acabar con la relación por medio de una infidelidad, pero después July lo convierte en algo naïf que le quita todo el peso a la arriesgada situación. Puede decirse que estamos ante una visión femenina del amor, pero en esta ocasión, cae en el estereotipo más machista posible, tanto en la actitud de ella como en la de él.

Pero bueno, no todo me parece negativo en esta película. Su narración es original y arriesgada, aunque la voz narradora del gato no me parezca muy acertada. En momentos puntuales, July consigue imágenes poderosas llenas de fantasía. Hay una secuencia (no diré cuál para no fastidiar a los que no hayan visto la peli) que sobresale y resulta muy cómica, además del tratamiento temporal que consigue.

En definitiva, vistas las expectativas que me provocaba su primer film, que es altamente recomendable, este nuevo trabajo de Miranda July me ha decepcionado. El futuro es un ejemplo del peor cine indie y de que un exceso de excentricidad egocéntrica puede dar al traste con unas intenciones en principio válidas. La sucesión ininterrumpida de performances por parte de July convierten su película en un trabajo fallido, prescindible y olvidable. Otra vez será.


4/10


Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 15 de diciembre de 2011

Melancolía (2011) de Lars von Trier




Uno de los directores más polémicos de las últimas décadas vuelve al ruedo cinematográfico con una obra que cumple las expectativas, tanto las de sus seguidores como las de sus detractores. Lars von Trier continúa la senda de su discurso apocalíptico iniciado con Anticristo (2009), aunque esta vez de forma no tan explícita. De hecho, Melancolía puede contemplarse como la otra cara de un díptico sobre el dolor, el sufrimiento, el fin y la nada. Tras un prólogo de unos ocho minutos, con unas imágenes que suponen un ejercicio formal y estético digno de los mejores artistas plásticos, complementado con un contrapunto operístico, Von Trier estructura su obra en dos historias casi independientes, si no fuera porque intervienen las mismas protagonistas. Así, el film está dividido en dos relatos, cada uno de los cuales toma el punto de vista de una de las hermanas protagonistas.

Justine (Kristen Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg) son dos hermanas en principio, muy diferentes. Justine lo tiene todo en apariencia: asombrosa belleza, éxito laboral y un novio ideal (Michael, interpretado por Alexander Skarsgard). Sin embargo, no puede ser feliz. La depresión se apodera de su ser y en el supuesto día más feliz de su vida, su boda, termina de hundirse en la más profunda tristeza. Esta primera parte, la de la boda, recuerda muy sospechosamente al film Celebración (Festen, 1998) de otro socio fundador del Dogma 95, Thomas Vinterberg. Una celebración familiar que saca a la luz los más oscuros sentimientos entre los parientes. Es la parte más interesante de la película y en la que Kristen Dunst demuestra sus grandes dotes interpretativas, que le valieron el reconocimiento en forma de Premio a la Mejor Actriz en el pasado Festival de Cannes. El director danés no explica de dónde proviene la angustia vital de Justine, pero a través del conocimiento de los personajes que forman su familia, podemos llegar a la conclusión de que la disfuncionalidad mental de Justine es una cuestión de genética. La segunda parte del film, la que gira en torno al posible choque del ficticio planeta Melancolía con La Tierra, está narrado desde el punto de vista de la otra hermana, Claire, que nos había sido presentada como una mujer equilibrada, fría y controladora, pero que, ante tal potencial cataclismo, pierde igualmente la cabeza, como su hermana Justine.

Fiel a su estilo de realización, Von Trier recurre a la cámara en mano, los continuos zooms y desenfoques, que en ocasiones resultan demasiado gratuitos y dificultan la narración. Pero hay que aceptar esta huida del academicismo como parte esencial de la estética del director danés. En otro sentido, es digno de admirar su labor en la dirección de actores, concretamente en las actrices, de las que consigue sacar lo mejor, no solo en este film, sino en todas sus películas. Mención especial merece su manera de filmar a Kristen Dunst con su vestido de novia, desprendiendo voluptuosidad y sexualidad como nunca antes la habíamos visto en la gran pantalla.

En definitiva, Melancolía es un paso más en su controvertida filmografía. Un peldaño más en su teoría pesimista sobre la vida y la condición humana, aunque algo más irregular que en anteriores trabajos. Eso sí, dejando a un lado la historia, que puede resultar algo exagerada, visualmente nos encontramos ante una obra sobresaliente.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 12 de diciembre de 2011

Habemus Papam (2011) de Nanni Moretti


Otra vuelta de tuerca del director italiano en el discurso crítico-político sobre el que gira su cine. Aunque, más bien, en este caso yo diría que sólo media vuelta de tuerca, pues Habemus Papam se queda a medio camino de lo que podemos considerar un film político. A medio camino, pues si bien es verdad que podemos apreciar la sutileza satírica del Moretti más inspirado, la segunda parte del film diluye su intención a favor de la comedia facilona y su lucimiento personal. A pesar de esto, el film de Nanni Moretti resulta entretenido y, por momentos, hasta brillante.

El Cardenal Melville (sensacional Michel Piccoli) ha sido elegido Papa aunque nunca estuvo en las quinielas. El cónclave representado por Moretti resulta bastante gracioso, pues los cardenales actúan como si ser elegido Papa sea un gran “marrón”, y ninguno de ellos lo desea, por lo que eligen al anónimo Melville. Sin embargo, el tiro les sale por la culata y el recién elegido Sumo Pontífice cae en una profunda depresión al no soportar la responsabilidad que se le viene encima. Para intentar arreglar el desavío, los responsables del Vaticano echan mano de un reputado psicoanalista que, como no iba a ser de otro modo, interpreta el propio Moretti, profesión que también desarrolló en Caro Diario (1993) y La habitación del hijo (2001). Uno de los momentos más cómicos y conseguidos del film es la llegada del doctor a la sede vaticana y sus infructuosos intentos por tratar al paciente como es debido. En este tramo inicial del film, los diálogos son ingeniosos y las situaciones que provocan se vuelven desternillantes. La secuencia del saludo del nuevo Papa a su Guardia Suiza en el jardín, sin diálogos, da muestra de la capacidad del director italiano para hacernos reír con lo más mínimo.

Moretti no pretende ser irreverente en ningún momento, pero, a veces, banaliza en demasía algunos aspectos protocolarios con la intención de criticarlos, aunque no lo consigue. Pasado el ecuador del film, la historia se convierte en un drama sobre la crisis de identidad del ser humano, a la que no escapa nadie, ni siquiera el representante de Dios en La Tierra. Así, Moretti quiere humanizar a los máximos dirigentes de la Iglesia Católica, aunque sea denunciando el “teatro” que supone la institución vaticana, analogía que introduce con la representación de una obra teatral de Chéjov a la que asiste el nuevo Papa de incógnito. También, una surrealista competición de voleibol entre los cardenales y orquestada por el psicoanalista Moretti, servirá para humanizarlos, aunque, en mi opinión, bordea los límites de lo sainetesco. Prefiero quedarme con la melancolía del Papa Melville, que como ser humano antes que divino, no puede con la responsabilidad que le ha sido asignada.

Habemus Papam puede leerse como una película que desprende cierto cariño por la Iglesia Católica, pues los personajes creados por Moretti son entrañables. Sin embargo, subyace una floreciente crítica que apenas ha sido explorada. El film, a pesar de su calidad, deja la sensación de ser muy conservador. Pero, como todo autor, debemos considerarlo como El Vaticano según Moretti, y su visión no está nada mal.


7/10

Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 10 de noviembre de 2011

The Artist (2011) de Michel Hazanavicius


Una verdadera delicia, una gran obra maestra. Este podría ser el resumen para describir mi opinión sobre el film del director francés Michel Hazanavicius. Hollywood, finales de los años veinte. George Valentin (extraordinariamente interpretado por el actor galo Jean Dujardin) es un galán de cine, una gran estrella del Hollywood mudo que goza de fama y fortuna. Sus películas atraen a multitud de espectadores y su físico resulta muy atractivo para sus fans. Se puede decir que lo tiene todo. Pero en ese tiempo el cine experimenta un cambio transcendental, la introducción del sonido, y con ella el declive de las grandes estrellas del cine mudo. Como algunos casos reales de actores que opusieron resistencia al sonoro, como Chaplin o Keaton, George Valentin no cree en las maravillas de la innovación y pretende continuar la tradición muda, produciendo, dirigiendo y actuando. El resultado es previsible: cae en la absoluta bancarrota. Pero alguien saldrá en su ayuda, la actriz a la que él mismo introdujo en la industria, Peppy Miller (Bérénice Bejo), quien intentará rescatarlo del profundo agujero en el que se ha convertido su existencia. Sin embargo, el orgullo de Valentin jugará en su contra.

The Artist nos recuerda a El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950), por la analogía que se establece entre George Valentin y Norma Desmond (Gloria Swanson). No obstante, estamos lejos del Film Noir y la película de Hazanavicius transita entre el drama y la comedia, tirando más hacia este último. Además, el film está repleto de guiños cinéfilos cuya suma constituye el mejor homenaje reciente al cine del Hollywood mudo, o mejor dicho, el Hollywood silencioso (Silent Hollywood) pues como sabemos, el cine nunca fue mudo. La dirección artística es sobresaliente. La escenografía y el vestuario nos transporta a ese tiempo, que seguramente, ninguno de los lectores y yo vivimos, pero del que tememos una sustanciosa referencia gráfica, en películas, revistas y fotografías de la época. Igualmente, la dirección me parece magistral. The Artist contiene media docena de planos memorables, de los mejores que he visto en los últimos diez años. Hazanavicius demuestra un gusto estético impresionante al lograr representar dicho tiempo con una elegancia y, por qué no decirlo, con el glamour que se supone a la edad dorada de Hollywood.

Otra faceta muy destacable del film es la interpretación. Los actores consiguen parecerse a los intérpretes del cine mudo gracias a un trabajo impecable de gestos, miradas y movimientos. Durante 100 minutos, The Artist sumerge al espectador en una historia propia de las primeras décadas del cine, que no debemos olvidar nunca, pues son los cimientos del arte cinematográfico.

La trama del film podrá gustar más o menos. Efectiva es. Sin embargo, desde el punto de vista artístico, la película es una verdadera obra maestra. La historia puede ser simple, la narración, muy clásica, pero el resultado final es un gran objeto artístico. Películas como esta me hacen reafirmar mi pasión por el séptimo arte, y espero que también al resto de espectadores. Gracias, artista.

10/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 26 de octubre de 2011

Another Year (2010) de Mike Leigh


El cine del director británico Mike Leigh nunca da la espalda a las relaciones sociales de los seres humanos y en este nuevo trabajo lo vuelve a demostrar. Después de Happy, una historia sobre la felicidad (2008), que resultaba desprender más optimismo del que a simple vista podíamos percibir, Another Year podría haber contenido el subtítulo “una historia sobre la infelicidad”, pues a fin de cuentas, Leigh no escatima en mostrarnos lo cruel que es la soledad. El tono de su película es más bien pesimista, pero no podemos dejarnos imbuir por prejuicios y pensemos que estamos ante un drama al estilo Bergman. Es eso y mucho más.

Tom (Jim Broadbent) y Gerri (Ruth Sheen) son un matrimonio en torno a los sesenta años, cuya vida parece estar instalada en la más plácida rutina, que los hace felices. Viven en una casa con jardín y, durante sus ratos libres, cultivan sus propios vegetales en un huerto. Sin embargo, su idílica vida contrasta con la crisis en la que viven algunos de sus amigos y familiares, que encuentran en ellos un apoyo reconfortante. Entre ellos destaca sin duda alguna Mary (Lesley Manville), compañera de trabajo de Gerri, mujer madura que ha malgastado su vida sentimental entre un divorcio y un hombre casado que la abandonó hace mucho y a la que parece habérsele “pasado el arroz”. Su enorme soledad no se verá mitigada con una posible relación amorosa, pues el que le gusta resulta ser un amor imposible, y a ella no le gusta su único pretendiente, el otro solitario de la historia, Kent. Estructurada en cuatro actos, que se corresponden con las estaciones del año, Another Year goza de una riqueza narrativa especial, pues cada parte va introduciendo personajes nuevos que aportan nuevas dimensiones al relato. El guión del film trabaja los diálogos con gran dinamismo, haciendo uso de los dobles sentidos en muchas ocasiones. Y no solo en los diálogos, pues las miradas también dicen mucho más de lo que aparentan. En resumen, los actores están sensacionales, lo cual no es de extrañar, pues Leigh siempre ha sido un gran director de actores.

El director de Secretos y Mentiras vuelve a realizar un film que invita a la reflexión. Desde el prólogo, en el que asistimos a una cruda escena con la genial Imelda Stauton (protagonista de El secreto de Vera Drake), sobrevuela en el espectador la sensación de estar ante un film sobre seres heridos, cuyas vidas están lejos de cualquier definición que se le quiera dar al término felicidad. Mike Leigh constituye un ejemplo de autor-cineasta honesto, comprometido, sin pretenciosidad, que sabe llegar al espectador para tocar esa fibra sensible que todos tenemos pero sin ser muy descarado. Another Year desprende un halo de nostalgia por el pasado e inspira una reflexión sobre el paso del tiempo, pues, al fin y al cabo, todos envejecemos, incluso mientras escribo y ustedes leen estas líneas, el tiempo nunca se detiene. El plano final resume ese profundo sentimiento y abre la posibilidad de distintas interpretaciones sobre el discurso que la película plantea. Con cuál quedarse es ya tarea del espectador.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 13 de octubre de 2011

No habrá paz para los malvados (2011) de Enrique Urbizu


Regreso a la gran pantalla del director vasco Enrique Urbizu, que cuenta de nuevo en esta ocasión con su actor fetiche, José Coronado, como ya ocurriera en sus anteriores trabajos La caja 507 (2002) y La vida mancha (2003). El presente film, que fue presentado en el pasado Festival de San Sebastián, constituye un ejemplo perfecto de lo que falta en el cine español, buenas películas de género. No habrá paz para los malvados es un thriller enérgico, oscuro, acción pura sin renunciar a la crítica y la reflexión sobre temas espinosos. Urbizu y su co-guionista habitual, Michel Gaztambide, construyen un guión de tiralíneas, calculado al milímetro para despertar la intriga en el espectador y sacudirle como un puñetazo en el estómago. El comienzo del film es impactante, de esos que se recordarán mucho tiempo. Pero después de dejar el listón tan alto, el resto del relato se desarrolla abriendo una trama ramificada sin recurrir a flashbacks u otro tipo de recursos narrativos que faciliten la tarea. El film de Urbizu es pura narración visual, con mucha maestría y mucho temple a la hora de dosificar la información. Esta cualidad puede poner nerviosos a algunos espectadores por momentos, pero es la base sobre la que la película crece.

Como en La caja 507, José Coronado interpreta a un policía corrupto, pero en este film, Santos Trinidad no es tan “malvado” como su rol de Rafael Mazas. Aquí, Coronado da vida a un fracasado, a un anti-héroe alcohólico y asesino, que sin embargo, no duda en enfrentarse él solito a una célula terrorista, que descubre sin proponérselo. Su punto de vista dirige la narración del relato, pero alterna con el punto de vista de la juez Chacón (Helena Miquel), que investiga el triple homicidio con el que se inicia el film. De ahí, la complejidad narrativa que señalábamos antes. Coronado despliega una galería de registros muy variada y convincente, bien secundado por Helena Miquel y Juan José Artero, entre otros.

Pero No habrá paz para los malvados no es un simple film de acción, con buenos y malos, tiros y explosiones. Al igual que en La caja 507, en la que la corrupción política e inmobiliaria subyacía como detonante de la trama, aquí es el terrorismo islámico, el narcotráfico y sobre todo, la incapacidad de las fuerzas de seguridad del Estado para combatirlos eficazmente. Y no por falta de medios, sino por falta de coordinación y desinterés de los mandos, situaciones que critica el film sin concesiones. Sin duda, una vez más Urbizu demuestra que es un cineasta comprometido en la denuncia del sistema corrupto y podrido en el que se han convertido algunos estamentos de la sociedad española. Y lo hace con películas altamente entretenidas y que proporcionan al espectador emociones encontradas, desafiando su sentido de la moralidad y sin nada que envidiar a maestros del género como Robert Aldrich, Don Siegel o Samuel Fuller. Que los malvados descansen en paz, mientras veamos películas como la de Urbizu.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Le quattro volte (2010) de Michelangelo Frammartino


Nuevamente el cine actual nos muestra que las fronteras entre la ficción y la no ficción son difusas e incluso, inseparables. Le quattro volte se mueve entre ese límite de arenas movedizas que supone el documental etnográfico y la ficción de tradición neorrealista. Su director, el italiano Michelangelo Frammartino, se sirve de la cámara para dar testimonio de la vida (y la muerte) en una remota aldea de Calabria, región del sur de Italia, y una de las menos desarrolladas de la república. Frammartino comienza su relato con humo, queriendo dejar una puerta abierta a la interpretación simbólica. Las imágenes de las hogueras de los carboneros, que serán fugaces al principio y retomadas en el tramo final del film, traen a la memoria inevitablemente la película Tasio (1978) dirigida por Montxo Arméndariz. Pero, rápidamente, la cámara centra su atención en un viejo pastor de cabras, que será el conductor del film, aunque no estemos ante una verdadera narración, pues toda la película gira en torno a la mostración más que al relato. Sin embargo, cuando parece que la película ha definido un protagonista claro, el anciano pastor, apenas transcurrida media hora, éste fallece, dejando huérfano el relato, que pivotará desde entonces entre la filmación del rebaño de cabras y los tradicionales carboneros.

Una muerte que da paso a un nacimiento, pero no de un ser humano, sino de un pequeño cabritillo, que protagonizará durante un buen rato la película de Frammartino. Durante esta etapa, Le quattro volte torna hacia el documental de la naturaleza, aunque hay que decirlo, bastante alejado de los documentales de la BBC, National Geographic o Discovery Channel. El film también da cabida a la mostración de las fiestas populares de la aldea, como la celebración de la Semana Santa, o al trabajo de los carboneros, demostrando así las influencias del documental etnográfico. Otro componente importante del film lo constituye el uso de las vistas panorámicas, aunque en varias ocasiones caiga en la tentación de enseñarnos postales preciosistas de indudable valor estético pero vacías de contenido.

Otro film que me viene a la memoria y del que podemos encontrar sus huellas, es Liverpool (2008) de director argentino Lisandro Alonso. El ritmo lento, contemplativo, el uso del fuera de campo, tanto en la imagen como en el sonido, la madera de los árboles, etc…, son varios los motivos similares que podemos percibir en Le quattro volte. Frammartino y Alonso coinciden también en sacrificar a su protagonista en beneficio de la dispersión de sus relatos.

A pesar de las virtudes, que las tiene, el film de Frammartino parece divagar sin brújula por terrenos ya transitados por muchos documentales sin conseguir llegar a la contundencia de trabajos como El cielo gira (Mercedes Álvarez, 2004) o Aita (José Mª de Orbe, 2010). Por momentos recuerda igualmente al mejor Víctor Erice, pero nos deja con la sensación de que aún le queda bastante para llegar a su nivel. Le quattro volte es el segundo largometraje de Frammartino. Va por buen camino.

7/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 31 de agosto de 2011

Las horas del verano (2008) de Olivier Assayas



La familia. Esa estructura formada por seres humanos a los que les une fuertes lazos afectivos y un origen común. O al menos, ésa es la representación tradicional de la familia. Las horas del verano, es el título del último film de Olivier Assayas. El antiguo crítico de Cahiers du Cinéma recupera una historia sentimental de hondas resonancias, como hiciera en Finales de agosto, principios de septiembre (1998). El director francés retrata magistralmente las tensiones que surgen en una familia que se enfrenta al espinoso tema de repartir una herencia. La primera media hora le sirve a Assayas para avisarnos de la inminencia del problema que acontecerá. Una familia de clase alta se reúne en la casa familiar por el 75 aniversario de la madre. Los tres hermanos (sobresalientes actuaciones de Charles Berling, Juliette Binoche y Jérémie Renier) llevan vidas complejas y sobre todo, distanciadas. Uno vive en Asia, la hermana en EEUU y sólo el mayor, en Paris. Hélène, la madre (una soberbia Edith Scob) sufre por el desarraigo familiar de sus vástagos y así se lo hace saber a ellos. Ante el presentimiento de que no le queda mucho tiempo de vida, empieza a plantear el problema de la herencia. Así comienza Las horas del verano, en una gran mansión campestre en plena estación veraniega.

Ningún problema hubiera habido si la familia fuera pobre y no tuvieran mucho que repartir. Pero no es el caso. La familia es poseedora de una gran colección de arte. Aquí surge el gran quiz de la cuestión y es cuando Assayas consigue crear la tensión a través de la puesta en escena de la decisión que tienen que tomar los hermanos. Finalmente, el mayor, el más cercano a la casa, termina cediendo y la cuantiosa herencia es vendida. En ese momento sale a la luz el tema del pasado. Ese pasado nostálgico que recuerda a la infancia. Ese sentimiento afecta a los tres hermanos, pero en especial al mayor, Fréderic, que es el encargado de tomar las decisiones.

Después de dar palos de ciego en productos de género como Demolover (2002) o Boarding Gate (2007), Assayas recupera el pulso de su cine. Y lo hace de una forma delicada y poética, apelando a las emociones humanas más universales. La historia de esa familia francesa es la representación de cualquier familia contemporánea que se enfrenta a las vicisitudes del reparto de bienes materiales. Los tres hermanos conforman las distintas visiones ante la vida, la nostálgica, la materialista y la más realista (la hermana).

El conflicto generacional está servido. La madre que vive en el pasado, los hijos, el presente, y los nietos, a los que parece no importarles el futuro y no valoran tanto el legado familiar, aunque como vemos en la secuencia final del film, no sea de todo así. Como buen discípulo de Cahiers y de la Nouvelle Vague, Oliver Assayas concentra su trabajo en una poderosa puesta en escena, ayudado por las magníficas actuaciones de sus protagonistas y secundarios. Las horas del verano es una película equilibrada, triste en ocasiones, esperanzadora, en otras. Es lo que podríamos llamar y no me gusta la expresión, una película muy “humana”. En ningún momento se intenta adentrar en el barroquismo estético, prefiriendo la sencillez y el minimalismo naturalista. Sin duda, esta película de Olivier Assayas es un ejemplo de la buena salud del cine francés actual, que junto a títulos como La cuestión humana (Nicolas Klotz, 2007) o La clase (Laurent Cantet,2008) representan visiones esclarecedoras de la sociedad posmoderna en la que nos ha tocado vivir.

9/10



Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 24 de julio de 2011

La noche que no acaba (2010) de Isaki Lacuesta




Documental sobre la figura de la mítica actriz Ava Gardner, La noche que no acaba, supone una nueva incursión en la vida de una de las grandes estrellas de Hollywood, que pasó mucho tiempo en España. De hecho, la película parte del primer rodaje de la actriz en nuestro país, Pandora y el holandés errante (Albert Lewin, 1951) en Tossa de Mar, situada en plena Costa Brava, y llega al último, Harem (William Hale, 1986), telefilm que supuso unos de sus últimos trabajos y su última visita a España.

Isaki Lacuesta, uno de los jóvenes directores españoles más interesantes y estimulantes en la actualidad, se desenvuelve con mucha habilidad en el terreno documental y hace evidente la influencia del gran Chris Marker. Sin embargo, el director de la estupenda La leyenda del tiempo (2006), se enfrenta aquí a un trabajo de encargo (producido por el canal temático TCM), al que no termina de imprimir su propio estilo. El guión, escrito con su colaboradora habitual, Isa Campo, resulta interesante al principio, pero su desarrollo se torna convencional, retomando el interés justo al final, cuando se acaba la película. Una pena la limitación temporal del metraje (¿decisión del director o de TCM?). La elección de dos voces narradoras (las actrices Charo López y Ariadna Gil) supone el mayor acierto del film, pues le otorga la posibilidad de creación del diálogo que pretende con las imágenes, es decir, el diálogo entre la joven Ava Gardner y la más mayor, en el ocaso de su carrera (y de su vida). Es lo más destacable, pues lo demás, las intervenciones de personas que conocieron a la actriz, son, en su mayor parte, discursos más que conocidos, redundantes, que no aportan nada nuevo sobre el mito. Supongo que el espectador que desconozca la biografía de Ava Gardner, apreciará mejor el esfuerzo de este documental que, al ser producido por TCM (especializado en cine), funciona más como una introducción a su vida en España (sus romances, su vida nocturna, sus problemas con el alcohol) que como una pieza artística dedicada a la gran actriz que fue Ava Gardner.

Por otra parte, es elogiable el mérito del director a la hora de bucear por la gran cantidad de imágenes de archivo documental y por las imágenes de la filmografía de la actriz, una tarea cuyo resultado es notablemente satisfactorio.


El gran defecto de La noche que no acaba puede ser que acaba pronto. Te deja con la miel en los labios. Como espectador, hubiera deseado más Ava en pantalla y un toque biográfico más profundo, pues, a pesar de estar basada en el libro Beberse la vida: Ava Gardner en España de Marcos Ordóñez, los temas y anécdotas tratadas son las más conocidas por todos. El lado oscuro de la actriz sólo es tratado superficialmente, mientras que a su lado más luminoso, se le da en muchos momentos un tratamiento anodino. No sabemos que hubiera hecho otro director con este encargo, pero, a priori, Lacuesta es uno de los que mejor lo haría. El resultado final no está mal, pero, en mi opinión, La noche que no acaba supone un trabajo menor dentro de la filmografía del director gerundense que, sin duda, tiene un futuro más que prometedor en esto del arte cinematográfico.


6/10


Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 18 de julio de 2011

Inland Empire (2006) de David Lynch





Inland Empire es una zona de Los Ángeles, al igual que Mulholland Drive, título de la anterior película de David Lynch. Ambas se desarrollan en el mundo del cine, pues sus protagonistas dan vida a actores. Y, las dos carecen de estructura narrativa convencional. El director de Montana vuelve a sorprender y a convencer a su público con este enorme film. Inland Empire es una película inclasificable. Es difícil encontrar nada parecido, a no ser que pongamos como ejemplos referentes de la propia cinematografía de Lynch, como la ya mencionada Mulholland Drive (2001), Carretera Perdida (1997) o la serie Twin Peaks (1990-91).

La película narra la historia de Nikki (Laura Dern), una actriz en horas bajas que consigue un papel importante junto a la estrella del momento, Devon (Justin Theroux). Antes de comenzar el rodaje, el director (Jeremy Irons) le cuenta a los actores la verdad sobre la película en la que van a trabajar. Se trata de un remake de una película maldita, pues los actores que la hicieron fueron asesinados. Hasta ese punto, Inland Empire resulta fácil de seguir pero entonces comienza el espectáculo Lynch. Como en Mulholland o Carretera Perdida, la protagonista se desdobla, dando lugar a varias historias paralelas e inconexas. Y ahí vuelve a sacar su gran ingenio David Lynch al construir una historia desconcertante y onírica. Nunca somos conscientes de si lo que estamos viendo es la realidad representada, un sueño, o el propio rodaje de la película en la que está trabajando Nikki. El personaje que representa Nikki, Susan, pierde la cabeza por Billy y su vida se convierte en un infierno hasta el trágico desenlace de la película. Entre tanto, Lynch siembra una serie de escenas sin sentido aparente, como la familia de conejos, o las prostitutas, que producen una profunda confusión en la trama central. También, la historia del marido de Nikki, totalmente hermético que aparece como un personaje en la película que se está rodando y que resulta ser otro punto de conexión, cuando al final lo descubrimos con la chica perdida del principio de la película. Lynch se sirve de este metalenguaje, del cine dentro del cine, como en Mulholland, para estructurar su narración temporalmente ininteligible. Pero a pesar de ser tan criptica, Inland Empire supone la quintaesencia del universo Lynch: personajes desdoblados y castigados, elementos simbólicos en enormes dosis, saltos temporales constantes, ambientes misteriosos y escalofriantes, sexualidad obsesiva…, etc.

Lynch cuenta con un equipo artístico de primera, en el que destaca su musa Laura Dern, con la que ya trabajó en Terciopelo Azul (1986) o Corazón Salvaje (1990). Se entienden perfectamente. De hecho, como reconoció el propio Lynch, la película surgió sin guión, improvisando con una cámara sobre las acciones de la actriz. En el resto del reparto encontramos actores fieles a Lynch, como Justin Theroux, Harry Dean Staton o Grace Zabrieskie, así como pesos pesados, Jeremy Irons y Julia Ormond.


El hecho de rodar con video digital transmite al resultado final de la película un carácter experimental que juega a favor de la intencionalidad desconcertadora pretendida por Lynch. Además, al rodar la mayoría del film en Polonia, e incluso algunos diálogos en polaco, aporta más confusión a la trama si cabe. Genialmente metafórica resulta la aportación de esos seres con cabeza de conejo y cuerpos humanos. La música es otro elemento fundamental en cualquier película de David Lynch y en esta ocasión, a pesar de no contar con el compositor colaborador habitual, Angelo Badalamenti, el ambiente misterioso y angustiante en ciertos momentos está plenamente conseguido.

Para terminar, el final de la película es abierto. Después de casi tres horas, Lynch necesita que el espectador le dé sentido al desenlace. Inland Empire no es una obra sencilla, no es cine comercial apto para ser consumido por todos los públicos. Es, un experimento genial y sorprendente a partes iguales. Un relato desconcertante y apabullante. Un ejercicio de imaginación e improvisación tremendo. Una obra maestra dentro del universo lynchiano, que probablemente gustará a sus seguidores y aburrirá a sus detractores. Yo, con películas como esta, me sitúo en el primer grupo.




10/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 8 de junio de 2011

Le père de mes enfants (2009) de Mia Hansen-Love




Segundo largometraje de la joven directora francesa Mia Hansen-Love, que como en su primer trabajo Tout est pardonné (2007), vuelve a situar la acción dramática en el contexto de la familia y en la particularidad que supone la ausencia de la figura paternal. Si en su ópera prima esa ausencia quedaba finiquitada con el regreso del padre después de once años si ver a su hija, en Le père de mes enfants nos enfrentamos a una situación sin solución de continuidad provocada por la muerte del padre. Grégorie Canvel (Louis-Do de Lencquesaing) es un productor cinematográfico persuasivo y seductor que vive felizmente junto a su esposa y sus tres hijas. Sin embargo, su idílica vida no es lo que parece, pues su empresa productora está al borde de la bancarrota acuciada por las millonarias deudas. Grégorie no soporta la situación y opta por escapar de la vida mediante el suicido dejando tras él una sensación de vacío entre sus seres queridos que cada uno intentará ocupar de distinta forma. Su mujer Sylvia (Chiara Caselli) se ocupará de la productora sumida en plena crisis para lograr terminar los proyectos que su marido había emprendido. Su hija mayor Clémence (Alice de Lencquesaing) se refugiará en el visionado de las películas de su padre para mantener así viva su memoria. Y su mejor amigo y socio, Serge (Eric Elmosnino) ayudará a Sylvia en su propósito de liquidar la productora de la manera menos traumática posible.

Mia Hansen-Love construye su historia inspirándose en el productor francés Humbert Balsan, que produjo películas de Claire Dennis, Youssef Chahine, Béla Tarr o Lars Von Trier, y que terminó con su vida en 2005, justo antes de comenzar a trabajar en el que sería el debut de Hansen-Love. El suicidio de Balsan resultó ser un duro golpe para la joven directora que con esta película pretende reflejar en parte el carácter arriesgado y dinámico del productor pero sin decantarse por la fiel biografía. La primera parte del film adquiere un ritmo vertiginoso en sintonía con la vitalidad y el ímpetu de Grégorie fruto de un montaje acelerado que hace que los acontecimientos se desarrollen muy deprisa. Y, de repente, chocamos con un punto de inflexión (el suicidio de Grégorie), que provoca un cambio radical en el punto de vista, que pasa ahora a la familia del malogrado productor. Esta cesura en el relato es síntoma del deseo de la directora de dar más importancia a la ausencia del padre que a las motivaciones del suicidio. La película se centra en las devastadoras consecuencias de la tragedia que supone un suicidio, pero no se regodea en el dolor, al contrario, la actitud vital de la familia de Grégorie ante su ausencia resulta fortalecida y no le reprochan el hecho de haberlos abandonado, de haberse dado por vencido, sino que pretenden conservar de él los mejores recuerdos posibles. Debido a esto, el ritmo del film aminora su velocidad y nos introduce entonces en un relato íntimo e introspectivo que dominará la película hasta su conclusión.

Le père de mes enfants es un ejemplo de cine sencillo y sin pretensiones que toca la fibra sensible del espectador de manera no forzada. Mia Hansen-Love consigue impregnar su historia de esperanza a pesar de lo trágico de los hechos que se relatan. La medida puesta en escena, muy de tradición francesa, que nos remite al cine de Assayas o Desplechin, hace el resto en un film que augura interesantes presagios para la carrera de la joven directora.

8/10


Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 1 de junio de 2011

Tournée (2010) de Mathieu Almaric



El gran actor francés Mathieu Almaric, aclamado por sus interpretaciones en films como La cuestión humana (Nicholas Klotz, 2007), La escafandra y la mariposa (Julian Schnabel, 2008) o Un cuento de navidad (Arnaud Desplechin, 2008), vuelve a ponerse detrás de la cámara (aunque en este caso, también delante) en su tercer largometraje cinematográfico, Tournée. La película es la historia de Joachim Zand (el propio Almaric), un ex productor de televisión que en su día tuvo mucho éxito pero que en la actualidad sobrevive como manager de una compañía especial de variedades, lo que se conoce como el “nuevo burlesque”. De hecho las actrices se interpretan a sí mismas, son strippers del burlesque que interpretan sus propios números en la pantalla. Vamos conociendo a Zand poco a poco, por medio de pinceladas e informaciones confusas: primero dice que no tiene hijos, después nos enteramos que tiene dos; se intuye su ambigüedad sexual, pero más adelante se niega; parece que tiene contratados shows en ciudades importantes, pero como reconocerá él mismo, no puede aparecer por París porque le debe dinero a muchas personas.

La historia de Tournée es la de los sueños rotos, la dura realidad de darte cuenta que la vida no es como la habías pensado. Esto le ocurre a las bailarinas que, cansadas de las pocas oportunidades en Estados Unidos, se aventuran a embarcarse en una gira por Francia, con París en la mente de todas. Sin embargo, la realidad las enfrenta con actuaciones en ciudades de provincias. La película se convierte así en un viaje por lo menos “turístico” de Francia, si exceptuamos La Rochelle, escena en la que una de las chicas comenta que por fin ven algo del país, pues hasta entonces no han hecho más que viajar en trenes y dormir en hoteles de segunda clase. La troupe de artistas (en la que también encontramos un stripper masculino) se convierte progresivamente en la “familia” de Zand, quién además vivirá una aventura amorosa con Mimi (Miranda Colclasure), una de las chicas, que provocará en él una especie de catarsis al final del film, que lo libera del angustioso peso que le suponen las circunstancias de su vida.

Almaric recibió por Tournée el premio al mejor director en el Festival de Cannes de 2010. Supongo que el jurado valoró su estilo, en el que se nota la influencia de Cassavetes, aunque no tanto como en otros imitadores del director norteamericano. Almaric filma los números musicales desde bambalinas, pocas veces desde el punto de vista del espectador sentado en el patio de butacas. Además se preocupa de los ensayos y le otorga mucha importancia a una afirmación repetida por las bailarinas al productor: “es nuestro espectáculo, no el tuyo”. Sin embargo, el esfuerzo en la dirección no se ve acompañado de un guión a su medida. Parece que falte algo. Se echa de menos una mirada más íntima al productor e incluso a Mimi, cuyo tratamiento del personaje no logra la profundidad que sugiere la película. Gran parte del interés se pierde entonces en la superficialidad de las relaciones humanas. Aunque dicho esto, el film de Almaric es muy digno y presagia grandes obras como director, si su carrera como actor le permite prodigarse más detrás de la cámara. Eso sí, que no deje la interpretación, porque como actor es de los más brillantes y talentosos de su generación.


7/10


Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 29 de mayo de 2011

Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos (2009) de Zhang Yimou



El máximo representante de la denominada Quinta Generación del cine chino, Zhang Yimou, parece que no pasa por su mejor momento creativo. No lo digo porque esta película sea un remake de la ópera prima de los hermanos Coen, Sangre Fácil (Blood Simple, 1984), pues difiere enormemente de aquella, aunque su argumento sea muy parecido. La principal diferencia entre el presente film y el de los hermanos de Minnesota reside en el tono y el género al que se acercan. Mientras Sángre Fácil tiraba hacia el cine negro, Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos prefiere la comedia para contar la historia. La profundidad y el impacto del debut de los Coen no se observa, ni siquiera esbozado, en la película de Zhang. El planteamiento del director chino convierte a su film en una comedia liviana, a ratos entretenida y poco más. Ni rastro del Zhang Yimou que deslumbró con Sorgo Rojo (1987), La linterna roja (1991), la moderna Keep Cool (1997) o la poética El camino a casa (1999). Tampoco encontramos el estilo de Hero (2002) que se fue diluyendo hasta la flojísima La maldición de la flor dorada (2006). Esa estética de los movimientos, esas coreografías sólo están presentes al principio del film, y menos mal pues si no, hubieran convertido a la película en un trabajo plano y frívolo, preocupado más en la forma (insustancial) que en el contenido.

El humor en Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos termina resultando pueril, basándose en unos pintorescos personajes que si se hubieran acercado directamente a la slapstick, seguramente hubieran obtenido sonoras carcajadas. Por el contrario, la constante repetición de las “gracias” hace que precisamente pierdan su “gracia”. Los arrebatos del marido celosos y la patosidad de los personajes secundarios pierden fuerza cómica a medida que avanza la película. Las peripecias del “investigador privado” (entrecomillado porque no es verdaderamente lo que entendemos por un detective) son las únicas que se salvan de la quema y nos otorgan las situaciones más brillantes y divertidas del film. El histriónico personaje de la esposa de Wang (interpretado por la actriz Yan Ni) salva también los muebles a su manera y sobre todo en el tramo final de la película.

Zhang Yimou recupera el pulso de su trabajo en el tercer acto del film, en el cual prescinde de los diálogos y construye las secuencias de modo que crean una especial tensión en el espectador. Esa demostración de poderío visual, muy propio del estilo de sus últimas películas, hace que Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos no se convierta en un despropósito mayor. De hecho, ese último tramo final contrasta con el desarrollo del film, que desde un primer momento lastra la posible calidad, la trasgresión de la norma y de las formas que habían convertido a Zhang Yimou en un director especial. Con esta película que podríamos catalogar de transición, de búsqueda de un nuevo estilo, el director chino parece intentar rebelarse ante su anclaje en el cine oficial chino, del que es su máximo representante en la actualidad, pero fracasa. Tendrá que esforzarse más en conseguir que sus películas vuelvan a emocionar en lugar de ser productos de consumo y entretenimiento muy fácil de olvidar.


5/10

Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 22 de mayo de 2011

Carlos (2010) de Olivier Assayas



Ilich Ramírez Sánchez, actualmente cumpliendo cadena perpetua en una cárcel francesa, es la persona que pretende retratar este biopic en forma de miniserie televisiva de cinco horas y media de duración. Más conocido por el pseudónimo de Carlos, el terrorista formó parte de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y se hizo famoso por su capacidad para escabullirse de los servicios secretos de varios países que intentaron acabar con él. Desde el principio Olivier Assayas advierte que su trabajo es fruto de una investigación y que las relaciones de Carlos con los demás personajes pertenecen al terreno de la ficción. La miniserie está concebida en tres partes que cuentan los inicios de Carlos en la organización terrorista árabe, una segunda, centrada fundamentalmente en el asalto a la sede de la OPEP en Viena en diciembre de 1975 y la última parte que muestra el declive y la caída del terrorista convertido en mercenario, cuyas acciones se mueven por el afán de lucro más que por sus ideales políticos. El director francés maneja a la perfección el tempo narrativo de una historia que se acelera cuando tiene que hacerlo y se toma su tiempo en las cuestiones que requieren más reflexión, como son los diálogos casi siempre explicativos mediante los cuales se relacionan los personajes.

Carlos es un proyecto muy ambicioso. Representar veinte años en la vida del terrorista. Rodar en multitud de países diferentes (Alemania, Francia, Hungría, Yemen, Sudán, etc.). Hablada en varias lenguas (francés, inglés, árabe, alemán, ruso, etc.), ensamblando un casting brillante aunque poco conocido en la que luce por encima de todos el actor que da vida a Carlos, el venezolano Edgar Ramírez, que pone todo su cuerpo a disposición del personaje, consiguiendo una de esas interpretaciones de carácter por la que se recuerda siempre a un actor o actriz. Lograr el resultado que ha conseguido Assayas con un presupuesto de 15 millones de euros para toda la serie es digno de alabanza.

Lo más interesante de Carlos es el retrato que hace de su tiempo. La lucha armada de los países árabes, la Guerra Fría con sus tejemanejes, el desgaste de la ideología revolucionaria ante el empuje del capitalismo y la globalización. Incluso tenemos la presencia de ETA, representada por un terrorista preocupado por la compra de armas pero sin intención alguna de unirse a la lucha internacionalista que le plantea Carlos como la única postura válida para luchar contra el imperialismo. Assayas se acerca al personaje desde la neutralidad. Nunca pretende ensalzarlo, como hacen algunas películas con otras figuras históricas. Además del símbolo revolucionario, el director se preocupa por indagar en su personalidad, en el hombre que está detrás del personaje y que muestra sus ansias de fama y su enorme narcisismo. Carlos, con el paso del tiempo y la desaparición del bloque comunista, se convierte en mercenario desprovisto de ideales. El anacronismo de su papel en el juego político internacional está muy bien reflejado en el hecho de ser abandonado por sus aliados, en último lugar Siria, que les dan la espalda hasta ser entregado en Sudán donde finalmente es capturado por la DST (agencia de contraespionaje francesa) que lo conduce a Francia donde es juzgado y condenado por el asesinato de dos agentes de la DST y un informante (acontecimiento visto en la serie).

Con Carlos, Assayas parece querer decirnos que para cerrar las heridas hay que mirar al pasado. También puede verse como una crítica a la sin razón que supone utilizar el asesinato para luchar contra el capitalismo, poniéndose en una posición similar a la de los dictadores que echan mano de ellos para conservar el poder. La violencia nunca es legítima y las armas nunca resolverán los problemas. El film de Assayas no pretende ser moralista ni mucho menos. Su intención es ser lo más fiel posible a los hechos históricos y, en este sentido, ha creado una obra sobresaliente.


9/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 4 de mayo de 2011

No tengas miedo (2011) de Montxo Armendáriz



Después de seis años de silencio, los transcurridos desde que filmó su anterior película Obaba (2005), vuelve a ponerse tras la cámara el director navarro Montxo Armendáriz con el que, quizás, sea su trabajo más arriesgado hasta la fecha. Y digo esto no sólo por el espinoso tema que trata su film No tengas miedo, sino por la apuesta estilística de la obra cinematográfica. Exceptuando a Pedro Almodóvar con La mala educación (2004) en la que trata los abusos sexuales a niños en el ámbito de la Iglesia Católica, no recuerdo a ningún otro director español de renombre que se haya atrevido a narrar una historia sobre abusos sexuales a menores tal y como lo ha hecho Armendáriz. El director ha sido muy valiente al enfrentarse a la realidad de una niña, luego adolescente y más tarde joven que sufre abusos sexuales de la persona más cercana, su propio padre.

No tengas miedo es la historia de Silvia (Michelle Jenner), una joven triste e introvertida que lleva casi toda su vida siendo forzada sexualmente por su padre (Lluís Homar), ante la pasividad de su madre (Belén Rueda) que prefiere mirar hacia otro lado. A Silvia su padre le ha destrozado la vida, pero ese dolor, ese sufrimiento, esa angustia, no la comparte con nadie. Calla como muchas víctimas reales porque el sentimiento de culpabilidad ahoga cualquier intención de relatar lo que están ocultando. La cámara manejada por el director de fotografía y operador Álex Catalán no se separa en ningún momento de la protagonista, acompañándola en su itinerario físico y psicológico por la ciudad gris y lluviosa. La película está articulada en planos-secuencia, casi todos con cámara al hombro, algo que recuerda al cine de los hermanos Dardenne. Los fuera de campo hacen que en ningún momento los abusos sean explícitos, restando el dramatismo que hubiera convertido la película en sensacionalista. Los interludios a modo de documental, con algunos testimonios ficcionados y otros reales aportan profundidad al tema y permiten la reflexión por parte del espectador.

El estilo y el tono de No tengas miedo son acertados en general. Sin embargo, la película se centra tanto en el personaje que, en ocasiones, cae en la redundancia. Se hecha en falta algún matiz en los personajes secundarios, como los de Lluís Homar y Belén Rueda, pero Armendáriz se mantiene fiel a su postura de focalizar toda la historia en Silvia, el personaje interpretado espléndidamente por Michelle Jenner cuya mirada transmite el profundo dolor de las víctimas de abusos sexuales y a la vez, la fortaleza para enfrentarse día a día con ese sufrimiento interior.

Montxo Armendáriz abre una ventana al debate sobre los abusos sexuales y otorga voz a las numerosas víctimas cuyas vidas han sido destrozadas. Lo hace con una película poética y serena, que sin embargo, transmite al espectador el sentimiento de angustia de la protagonista. Por mi parte, me hubiera gustado conocer el punto de vista del abusador, como ocurría en una de las historias de Happiness (Todd Solondz, 1998), pero aun así, No tengas miedo constituye una propuesta bastante interesante, comprometida y reflexiva dentro del panorama del cine español actual.


7/10

Daniel Muñoz Ruiz

martes, 12 de abril de 2011

Guest (2010) de José Luis Guerín


La última creación del director José Luis Guerín se nos presenta como un “diario de registros” llevado a cabo durante el transcurso de un año (desde septiembre de 2007 a septiembre de 2008) por los distintos festivales internacionales en los que estuvo presente con su anterior largometraje En la ciudad de Sylvia (2007). Grabando con una pequeña cámara de video digital, Guerín recorre el mundo de punta a punta, encontrándose con personas e historias de lo más variopintas. Comenzando por la Mostra de Venecia 2007 en la que participó en la sección oficial y concluyendo en el mismo lugar, al año siguiente cuando formó parte del jurado del festival, el itinerario de Guerín se adentra en los grupos humanos más deprimidos de aquellos lugares por donde pasa: Cuba, Colombia, Brasil, Macao, Lima, Jerusalén, etc. En Cuba encontramos a ciudadanos de La Habana que discrepan del Régimen Castrista y otros que lo apoyan. Sin embargo, ambos grupos tiene en común una circunstancia: la precariedad económica. Pero, en todos los testimonios que recoge la cámara de Guerín, se intuye un halo de esperanza. A este respecto es significativa la familia de Lima, que ha sufrido las consecuencias del terrorismo de Sendero Luminoso y se haya en la pobreza, pero piensan que no se pueden quejar porque conocen la existencia de personas que mueren de hambre en África y ellos, por lo menos, tienen un plato de comida que echarse a la boca. Otro ejemplo del mundo globalizado o, podemos concluir, pobreza globalizada.


En Brasil, Guerín centra su mirada en las calles de Sao Paulo donde conviven vagabundos, borrachos y músicos callejeros con predicadores y fervientes religiosos. De hecho, es curioso observar como la religión, en concreto el cristianismo, está presente en todas las paradas del viaje del director, personalizada en las figuras del predicador y sus seguidores. Como un Guest, un invitado a observar la realidad sin intervenir, Guerín se introduce en distintos escenarios para mostrar su mirada frente a lo observado, recurriendo al cine directo. Su preocupación por captar rostros y expresiones humanas, muy presente en su filmografía, es más notoria si cabe en este trabajo. El capítulo dedicado a la comunidad desplazada en la selva colombiana por culpa de la guerra entre las FARC, los paramilitares y el ejército colombiano, incluye una reflexión sobre el mismo cine, cuando la chica le dice si está haciendo una película o un documental y su papel en ella. Guerín le responde que en su película ella será ella misma y de sus vecinas harán sus propias vecinas. Ficción o no ficción, las fronteras siempre difusas. Incluso en el tramo final, de vuelta a Venecia, vemos a la directora Chantal Akerman proclamar que tal diferencia no existe. El director de En construcción (2000) parece conforme con la máxima que dice que toda buena película de ficción tiene que tener algo de documental y que todo buen documental tiene que contener algo de ficción.


Además de compartir festival con Chantal Akerman, descubrimos en Guest a otro cineasta fundamental para comprender el cine moderno. No es otro que Jonas Mekas, con el que el director catalán trabaja actualmente en una correspondencia fílmica. Como él, Guerín rentabiliza al máximo la sencillez y limitaciones técnicas inherentes al rodaje y nos brinda una película que resulta novedosa, interesante y, si se me permite, diría yo que entretenida, pues las historias de las personas que aparecen en ellas pueden resultar más divertidas, tristes, conmovedoras, disparatadas, aleccionadores, etc., que muchas ficciones cinematográficas. La elegante fotografía en blanco y negro y los pasajes musicales jazzísticos componen un conjunto con las imágenes verdaderamente bello.


En mi opinión, estamos ante el film español más importante del año a pesar de quedar mucho año por delante. Pienso que José Luis Guerín es uno de los directores más importantes del cine español contemporáneo y me entristece que la distribución comercial margine esta joya cinematográfica. Así que, si tenéis la oportunidad de verla, no debéis desaprovecharla, y estoy convencido que os gustará.


9/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 29 de marzo de 2011

Primos (2011) de Daniel Sánchez Arévalo


Aunque han pasado casi dos meses desde su estreno, todavía se podía ver en algún cine de Madrid, así que me acerque a ver Primos pensando que me iba a reír, pero nunca podría imaginar que fuera tan divertida, superando con creces mis mejores expectativas.


El tercer largometraje de Daniel Sánchez Arévalo tras su más que notable debut, Azuloscurocasinegro (2006) y la irregular Gordos (2009), es comedia en estado puro. Los personajes, las situaciones, los diálogos, el tempo narrativo, los enredos y desenredos, todo cuadra a la perfección para conseguir que el espectador pase un buen rato. Porque en la película de Sánchez Arévalo la comedia surge de la vida real, de situaciones que hemos vivido o podemos vivir, o quizás conozcamos a alguna persona a la que le haya sucedido. Los personajes son, en definitiva, muy reales y humanos.


Tras ser plantado en el altar, Diego (Quim Gutiérrez) viaja con sus primos Julián (Raúl Arévalo) y José Miguel (Adrián Lastra), a Comillas, el pueblo dónde pasaban sus vacaciones de verano cuando eran niños y adolescentes. Allí, se reencontrará con su primer amor, Martina (Inma Cuesta), que hará renacer en él los sentimientos de antaño. Sin embargo, Diego se sentirá confuso y tendrá que decidir entre Martina y su novia que, arrepentida, viaja al pueblo en su busca. Mientras, tendrán lugar historias paralelas que enriquecerán la comicidad del film sin restar importancia ni eclipsar la trama principal. Gracias a un guión bastante consistente, Sánchez Arévalo consigue dosificar los mejores “puntos” de la película. Sus actores están fenomenales. Quim Gutiérrez domina los registros más cómicos pasando de la tristeza a la euforia en un abrir y cerrar de ojos, gracias a una expresividad facial digna de elogio. Raúl Arévalo continúa con sus grandes y cómicos papeles secundarios. Adrián Lastra es el gran descubrimiento de Primos pues su hipocondríaco y tuerto personaje es protagonista de algunas de las escenas más graciosas de la película. Antonio de la Torre consigue interpretar notablemente a un alcohólico de buen corazón peleado con su hija, Clara Lago, en un rol menor pero que la joven actriz borda, dándole más dimensión del que tiene a priori. Inma Cuesta también está muy bien y el niño Marcos Ruiz se compenetra perfectamente en las escenas con el primo José Miguel, formando el tándem más entrañable del film.


Primos no pretende dramatizar la vida ni dar lecciones morales, aunque algunos de los temas tratados sean espinosos, el tono de la película evita caer en el pantanoso terreno del melodrama. Lo mejor de Primos son los diálogos. Son ágiles, originales, frescos. Se nota que Daniel Sánchez Arévalo debe ser una persona que conoce el pueblo y las distintas clases sociales y que afina el oído para tomar prestadas conversaciones y expresiones que, seguramente, han tenido lugar en el mundo real. Creo que su película no solo gustará a los jóvenes rondando la treintena (edad que tienen los protagonistas) sino que hará reír también al público más adulto, que se sentirá identificado con los personajes al rememorar su propio tiempo pretérito. El cine español necesita este tipo de comedias que no intenten parecerse a las americanas ni basen su impacto en recursos vulgares, en lo casposo y soez, como algún éxito de taquilla que todos conocemos, pero que ya cansan. Primos no sólo es una peli divertida. Es igualmente emotiva e incluso, si se me permite, diría yo que resulta reflexiva, pues saca al descubierto sentimientos comunes en los seres humanos. Muy recomendable.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 22 de marzo de 2011

En el centro de la tormenta (2009) de Bertrand Tavernier


La primera incursión en Hollywood del veterano director francés Bertrand Tavernier es la adaptación de la novela de James Lee Burke In the electric mist with confederate dead, historia protagonizada por el detective Dave Robicheaux, al que da vida el popular actor Tommy Lee Jones, en un registro muy parecido a otros personajes que ha interpretado en la gran pantalla. En el centro de la tormenta es thriller con toques fantásticos que narra las investigaciones del detective Robicheaux en pos de atrapar a un asesino en serie que mata jovencitas por la región de Nueva Iberia, en Lousiana, una de las zonas más devastadas por el huracán Katrina, desastre que es mencionado repetidas veces a lo largo del film. Por medio, una serie de subtramas deslavazadas que provocan pérdida de interés en la trama principal, la investigación.

La película de Tavernier resulta un ejemplo de cómo Hollywood diluye la faceta autoral de un director de cine. La verdad es que En el centro de la tormenta podría haberla dirigido cualquiera de los artesanos del cine americano sin que se notara una diferencia sustancial, y probablemente, los resultados hubieran sido más interesantes. Pues al director francés se le nota un poco fuera de su elemento natural. Cierto es que Tavernier es un gran conocedor del cine americano, como así lo atestiguan sus numerosos libros y artículos sobre el tema, pero en esta incursión en la industria americana, el resultado de su trabajo resulta insulso y sin emoción. El personaje de tipo duro que representa Robicheaux se asemeja a un Harry el sucio rural, que no duda en saltarse la ley para hacer cumplir la ley. Esta metodología da como resultado situaciones bastante vistas en el cine negro americano. Estamos ante una sucesión de clichés argumentales que no aportan nada nuevo al género y que incluso algunos resultan tediosos. Finalmente, la resolución de la trama principal, esto es, la captura del serial killer, constituye un anticlímax para el espectador, pero del que no quiero hablar para no fastidiar el posible visionado por parte del lector de esta humilde crítica.

Pero no todo son defectos en este film. La dirección de fotografía es más que aceptable, reproduciendo los ambientes húmedos de la zona pantanosa de Lousiana y dándonos una visión poco corriente de la ciudad de Nueva Orleáns, que siempre (o casi) hemos visto representada tópicamente en la ficción (hasta que llegó la serie Treme de David Simon). También el cast resulta acertado, con actores solventes y experimentados como John Goodman, Mary Steenburgen, Ned Beatty o Pruitt Taylor Vince, además del propio Jones, y otros más jóvenes como Meter Sarsgaard y Kelly Macdonald. Todo el elenco artístico consigue imprimir algo de solidez a un guión difuso y mediocre.

En fin, no creo que sea una película para recomendar fervientemente, pero algunos amantes del género negro podrán entretenerse con ella, aunque no sé cómo encajarán las rupturas argumentales de apariciones de espíritus del ejército de la Confederación, que para mí supusieron una patada en el culo que me sacó totalmente de la historia policíaca que pensaba estar viendo. Otros, verán en ello un síntoma de originalidad que enriquece la película. Vosotros, ¿qué pensáis?

5/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 9 de marzo de 2011

Winter’s Bone (2010) de Debra Granik



La sorpresa de la pasada edición de los Oscars (nada menos que 4 nominaciones incluyendo mejor película) fue, sin duda, Winter’s Bone, segundo largometraje de la directora norteamericana Debra Granik. Y fue una sorpresa porque este film no tiene nada que ver con la comercialidad que impera en las elecciones de los académicos americanos.

En la región de las montañas Ozarks, en el estado de Missouri, donde casi el 95% de la población es de raza blanca, en lo profundo del Midwestern americano, vive (o, más bien, sobrevive) Ree Dolly (Jennifer Lawrence) junto a sus hermanos pequeños, un niño de 12 años y una niña de 6, y su madre, que padece trastornos mentales que la incapacitan para atender a sus hijos. Tras el encarcelamiento de su padre por fabricar estupefacientes y la enfermedad provocada en la madre por tal circunstancia, la joven de 17 años, asumirá el cuidado de su familia. Tal carga de responsabilidad la hará madurar precozmente y adquirir la fortaleza necesaria para ejercer el rol de cabeza de familia. Además, surge otro problema: su padre no se ha presentado a una vista de libertad condicional y po eso, van a embargar la casa y todo el terreno de su propiedad. Ree inicia entonces una intensa investigación para resolver el enigma del paradero de su padre que la llevará a poner en peligro su integridad física debido a la hostilidad de sus “familiares”. Y digo esto, porque el pequeño núcleo social que describe Winter’s Bone está compuesto por familias unidas por lazos de sangre, algunos parientes próximos, otros lejanos. Ree solo contará con la ayuda y protección de su tío, Teardrop (John Hawkes) que también necesita saber qué ha sido de su hermano pequeño.

La película está basada en la novela homónima de Daniel Woodrell, conocido por radiografiar los ambientes rurales de la América profunda imprimiéndoles elementos del género negro. Winter’s Bone retrata lo que no suele interesar al cine americano, los White trash que viven alejados de las grandes ciudades, normalmente incultos y pobres, con problemas con alcohol y drogas que, en muchos casos, los conducen al delito, como ocurre con los hermanos Dolly, Jessup y Teardrop. El guión escrito por Debra Granik y Anne Rosellini dosifica la intriga manteniendo en todo momento la atención del espectador y se centra en la narración, sin fisuras o digresiones narrativas. Hacía tiempo que no veía una película americana tan bien contada. Los ambientes de la película son lúgubres, sucios, opresivos y la fotografía con tonos fríos acrecienta la sensación de encontrarnos en un lugar inhóspito y hostil. Las interpretaciones del elenco artístico es sobresaliente, destacando la protagonista, Jennifer Lawrence, que seguro que dará que hablar en el futuro, y John Hawks, que interpreta a Teardrop construyendo un personaje consumido por las drogas pero con fuerzas todavía para defender la poca familia que le queda. Este actor, al que conocía por su papel en Tu, yo y todos los demás (Miranda July, 2005), en un registro totalmente diferente, me parece lo mejor de la película.

Debra Granik ha sabido mostrar lo más oscuro de la sociedad americana, la pobreza y los sueños rotos. Estamos más acostumbrados a ver representada en el cine la marginación de personas de raza negra o hispanos, pero pocas veces nos encontramos con un retrato de la pobreza de los americanos de raza blanca. Por eso y porque estamos ante una historia muy bien narrada y dirigida sin manierismos superficiales, Winter’s Bone, me parece una de los films americanos más interesantes de la última década.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 25 de febrero de 2011

Miel (2010) de Semih Kaplanoglu



La última entrega de la trilogía de Yusuf se titula Miel (Bal, 2010) y cierra la serie que inició Semih Kaplanoglu con Huevo (Yumurta, 2007) y continuada por Leche (Süt, 2008). Esta trilogía cuenta con la peculiaridad de estar narrada en sentido temporal inverso, desde la madurez hasta la infancia, por lo que en esta última película encontramos a Yusuf en su niñez. Su vida en el campo es sencilla: asiste a una escuela rural, acompaña a su padre en sus salidas a las colmenas, ayuda a su madre cuando es necesario, etc. Yusuf mantiene una estrecha e íntima relación con su padre que, sin duda, es el espejo en el que el niño se mira para crecer. Sin embargo, en el colegio no lo pasa tan bien. El pequeño no puede leer en clase y esto le entristece e incluso podemos decir que le traumatiza, pues se siente diferente a sus compañeros. En cambio, lee perfectamente cuando se encuentra acompañado de su padre. La vida del pequeño Yusuf se verá afectada por la desaparición del padre, que emprende un largo viaje en busca de miel, del que nunca regresará.

El director turco comienza su película con un flash forward: somos testigos del instante anterior al accidente del padre. A partir de los créditos iniciales asistimos a la representación de la vida cotidiana de Yusuf, siempre desde el punto de vista del niño, que nunca será abandonado. La puesta en escena está cuidada al detalle, concentrando su preocupación en la composición de los planos, algunos de los cuales parecen verdaderas obras pictóricas (me vienen a la mente Rembrandt y Caravaggio). Esos magníficos planos, tanto interiores como exteriores son fruto de una dirección de fotografía esplendida, que juega con la luz para producir una paleta cromática amplia y muy naturalista. De hecho, el naturalismo es la dominante del film. Yusuf podría ser uno de los niños de Abbas Kiarostami, pues recibe un tratamiento parecido, aunque sin los toques documentales del director iraní. También puede emparentarse esta película con El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), por los ambientes y ese halo misterioso que desprende la naturaleza y su relación con los niños.

Gran parte de la belleza de Miel se debe a la interpretación de Bora Atlas en el papel de Yusuf. De su mirada se desprende una expresividad excepcional. Su interpretación desprende emociones verdaderas, cada vez que dirige sus ojos negros hacia alguien o algo. Los tiempos muertos del film nunca resultan pesados debido a los actores que, sin duda, están muy bien dirigidos por Kaplanoglu.

Miel se alzó con el máximo galardón, el Oso de Oro, en el Festival de Berlín 2010 con todo merecimiento. A diferencia de otras películas recientes que bucean en el universo de la infancia resaltando los problemas, Miel pretende ser fiel al realismo, huyendo del tono forzado de muchas producciones contemporáneas. El film resulta muy recomendable para todos aquellos espectadores que gusten de historias sencillas y conmovedoras. Semih Kaplanoglu ha creado una obra modesta y grandiosa al mismo tiempo. Miel es una película dulcemente bella.



9/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 16 de febrero de 2011

Valor de ley (2010) de Joel y Ethan Coen


Adaptación de la novela escrita por Charles Portis True Grit, editada en 1968, llevada al cine por primera vez por Henry Hathaway y protagonizada por el icono del género, John Wayne, traducida en España como Valor de ley, la nueva película de los hermanos Coen es un western que se mueve entre los límites del western clásico y el posmoderno. La historia de una adolescente, Mattie Ross (Hailee Steinfeld) cuyo objetivo es perseguir y dar caza al asesino de su padre, el malvado y cobarde Tom Chaney (Josh Brolin). Para ello contrata al alguacil más implacable de la región, Rooster Cogburn (Jeff Bridges), que resulta ser más bien un justiciero trasnochado y alcohólico que, si bien, al principio no acepta llevar con él a la niña, termina aceptándolo y encariñándose de ella. En la búsqueda del asesino, contarán con la ayuda del ranger tejano LeBoeuf (Matt Damon), cuyo carácter será la antítesis del de Rooster. Juntos se enfrentarán a otros forajidos de la ley hasta dar con el cobarde Chaney.

Valor de ley resulta ser un ejemplo de relato clásico como los de antes, donde el carácter de los personajes está muy definido. No hay medias tintas, el malo es muy malo y el bueno, aunque se le puedan recriminar defectos morales, es un héroe, como demuestra Rooster Cogburn al final de la película. Los guiños al clasicismo también son patentes en otros apartados, como esos fundidos encadenados típicos del Hollywood clásico. El guión, con una estructura sencilla y sin estridencias, eficaz en cuanto a enganchar al espectador, peca en ocasiones, por otra parte, de ingenuidad, algo impropio de los Coen, que nos han dado tantos y tan buenos guiones en varios películas muy heterogéneas. La persecución del asesino se resuelve con pasmosa facilidad y deja una leve sensación de vacío en el espectador, ansiado de más conflicto dramático.

Sin embargo, los hermanos de Minnesota introducen elementos propios del western crepuscular y fantasmagórico, que tanto puede recordar a Dead Man (1995, Jim Jarmusch) como a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2003, Andrew Dominik), pero siempre más cerca de los western de Ford o Hawks que de los de Leone, Peckinpah o Hellman. Joel y Ethan no renuncian a su conocido humor negro en Valor de ley pero no resulta tan ácido y corrosivo como en otras de sus obras. Puede que esta sea la más clásica de cuantas han realizado. El carácter de fábula de la venganza (o justicia, dirán algunos) dota a este film de interés. La novela ya lo hacía, pero, en mi opinión, enfrentar a una adolescente al duro mundo de los adultos del salvaje oeste es lo que despierta mi mayor interés. Mención especial merece la fotografía creada por Roger Deakins, cuyo abanico de texturas abarca de lo más cálido (la luz del fuego) hasta lo más frío (el gélido ambiente invernal de toda la película).

El epílogo de la narradora, Mattie, nos devuelve a una realidad distinta a la que hemos vivido en pantalla, dónde los héroes y villanos han pasado al olvido, sólo recordados por quienes les han conocido. La sombra del mito de John Wayne es muy alargada en este notable film.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 9 de febrero de 2011

De dioses y hombres (2010) de Xavier Beauvois



Basada en los hechos reales que acontecieron en Argelia en 1996, el último largometraje del director y actor francés Xavier Beauvois retrata los últimos días de unos monjes franceses antes de su secuestro y asesinato a manos de integristas islámicos, aunque últimas revelaciones apuntan a que pudo deberse a un error del propio ejército oficial argelino. De dioses y hombres es una historia sobre el amor. Amor al prójimo y amor entre los miembros de la comunidad religiosa de la que forman parte los monjes. Y es ese fuerte amor el que les insufla la fuerza suficiente para continuar con la misión encomendada por Dios, sin dar su brazo a torcer ni ante las autoridades argelinas (que les invitan a abandonar el país por no poderles asegurar protección) ni ante los propios terroristas. La película muestra a los monjes en sus tareas cotidianas y, sobre todo, su plena integración en la pequeña comunidad islámica que representa la aldea próxima en plenas montañas del Atlas. Es cierto que la religión está muy presente en el film (oraciones, eucaristía, cánticos, etc.), pero De dioses y hombres, no puede ser considerada una película estrictamente religiosa. Es, más bien, una película sobre la tolerancia y el respeto a las creencias y una alabanza a la posibilidad de convivencia entre distintas posturas religiosas. Sin embargo, en la historia real, no fue así, pero el film no condena radicalmente a los terroristas (se echa en falta su punto de vista en determinados momentos), dejando una puerta abierta al perdón y excluyendo de culpa a la mayoría del Islam.

Beauvois demuestra ser un gran planificador en las secuencias que integran a varios actores (que son la mayoría), y resultan especialmente significativas las secuencias en las que aparecen todos los monjes, como las reuniones para tomar la decisión de quedarse o marcharse y la secuencia de la “última” cena (la más emotiva del film), con música de El lago de los cisnes de Tchaikovsky, sin palabras, sólo con las expresiones de los rostros de los monjes en un montaje que va cerrando la escala de los planos hasta llegar a los ojos. Sin duda, el aspecto que sobresale por encima de todos es la interpretación del conjunto de monjes. Aquí se nota que Beauvois es también actor, pero que, sobre todo, es un gran director de actores. El abad Christian (Lambert Wilson) y el hermano-doctor Luc (un sublime Michael Lonsdale) son los encargados de llevar adelanta la narración de un guión con estructura clásica y muy sólido, que hace que el espectador mantenga el interés a pesar de saber de antemano el trágico destino de los monjes, siempre parece que exista una mínima posibilidad de salvación.

De dioses y hombres es una nueva muestra de la vitalidad del cine francés actual que concilia comercialidad y autoría, como los casos de Jacques Audiard (Un profeta, 2009), Nicolas Klotz (La cuestión humana, 2007), Laurent Cantet (La clase, 2008), Olivier Assayas (Las horas del verano, 2008) o Arnaud Desplechin (Un cuento de Navidad, 2008). Xavier Beauvois compone una película muy humana, aleccionadora sin ser demagógica y emotiva sin llegar al melodrama, gracias a unos actores que están geniales y a una puesta en escena eficaz sin llegar a ser pretenciosa. Una película muy recomendable, aunque seas un poco ateo, como el que firma la presente.

8/10

Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 19 de enero de 2011

La danza (2009) de Frederick Wiseman



Debo declarar, antes de comenzar con esta crítica, que nunca he sido un aficionado al ballet, más por desconocimiento que por no gustarme. Nunca le había prestado atención, hasta que ahora, pues tras el visionado de La danza mi opinión sobre este arte ha cambiado totalmente. El documental de Frederick Wiseman, primera obra suya que conoce un estreno comercial en España, explora hasta el más mínimo detalle de la institución que representa el Ballet de la Ópera de París, una de las compañías de ballet más prestigiosas del mundo. La cámara de Wiseman recorre los salones de ensayo, los talleres de vestuario y escenografía, las oficinas, el propio escenario y patio de butacas del Palacio Garnier, una de las sedes de la compañía. El director nos muestra no solo a los bailarines ensayando una y otra vez, sino todo los que forma parte de su institución como las costureras, los diseñadores de iluminación de los espectáculos, hasta los encargados de la limpieza y los de mantenimiento. De ahí, que tengamos la impresión de que siempre hay alguien trabajando en la Ópera de París.

El grueso del documental lo componen los ensayos de los bailarines, siempre tomados en plano general para poder ver en toda su plenitud la ejecución de los movimientos y su plasticidad. El trabajo duro día a día nos da muestras de la seriedad y disciplina de la compañía, tanto de los bailarines, como de los coreógrafos y profesores. La filosofía del Ballet de la Ópera de París la sintetiza Brigitte Lefevre, su directora artística, a la que Wiseman mira de manera especial. Su encuentro con un coreógrafo de prestigio internacional pero que no pertenece a la compañía es significativo, pues ella expresa que no conoce su forma de trabajar, pero tiene muy clara la forma de trabajar de la compañía, bastante jerarquizada. Otras dos conversaciones de Lefevre nos descubren dos problemáticas habituales en este mundo de la danza: la bailarina veterana que ya no puede soportar tanta carga de trabajo y la bailarina joven y prometedora que tendrá que asumir nuevos retos para convertirse en estrella. También Wiseman se preocupa por los problemas laborales de la profesión, pues la temprana pérdida de facultades físicas incapacita a los profesionales para su trabajo. En este sentido se nos muestran conversaciones de la dirección con los bailarines sobre las negociaciones que mantienen con el gobierno para conseguir la jubilación a partir de los 40 años.

El trabajo del director está destinado a dotar al espectador de una posición privilegiada, no equiparlo al espectador sentado en el patio de butacas, sino brindarle la oportunidad de asistir a los ensayos y conocer la evolución del duro trabajo que dará como resultado final la representación. Es más, en ningún momento se nos enseña una representación con público, pero sí algunos ensayos generales con vestuario, luz y sonido. Wiseman no recurre a la voz over narrativa, a la entrevista o a la música añadida. Nada que pueda distraer la atención sobre los movimientos de los bailarines. La danza resulta una película hermosa, fascinante y no hace falta ser un admirador del Ballet para caer rendido ante la belleza de este documental. Wiseman compone sus documentales en montaje (para éste contó con más de 130 horas de película) y la obra terminada constituye un proceso de larga reflexión en la que se advierte el profundo amor que siente el director por el Ballet. Un sentido homenaje que ha conseguido en mí inspirar emociones que jamás pensé que me aportaría el ballet. Sin duda, La danza es una de esas películas imprescindibles para quién le guste este arte (tanto el cine como el ballet).


10/10

Daniel Muñoz Ruiz