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viernes, 25 de febrero de 2011

Miel (2010) de Semih Kaplanoglu



La última entrega de la trilogía de Yusuf se titula Miel (Bal, 2010) y cierra la serie que inició Semih Kaplanoglu con Huevo (Yumurta, 2007) y continuada por Leche (Süt, 2008). Esta trilogía cuenta con la peculiaridad de estar narrada en sentido temporal inverso, desde la madurez hasta la infancia, por lo que en esta última película encontramos a Yusuf en su niñez. Su vida en el campo es sencilla: asiste a una escuela rural, acompaña a su padre en sus salidas a las colmenas, ayuda a su madre cuando es necesario, etc. Yusuf mantiene una estrecha e íntima relación con su padre que, sin duda, es el espejo en el que el niño se mira para crecer. Sin embargo, en el colegio no lo pasa tan bien. El pequeño no puede leer en clase y esto le entristece e incluso podemos decir que le traumatiza, pues se siente diferente a sus compañeros. En cambio, lee perfectamente cuando se encuentra acompañado de su padre. La vida del pequeño Yusuf se verá afectada por la desaparición del padre, que emprende un largo viaje en busca de miel, del que nunca regresará.

El director turco comienza su película con un flash forward: somos testigos del instante anterior al accidente del padre. A partir de los créditos iniciales asistimos a la representación de la vida cotidiana de Yusuf, siempre desde el punto de vista del niño, que nunca será abandonado. La puesta en escena está cuidada al detalle, concentrando su preocupación en la composición de los planos, algunos de los cuales parecen verdaderas obras pictóricas (me vienen a la mente Rembrandt y Caravaggio). Esos magníficos planos, tanto interiores como exteriores son fruto de una dirección de fotografía esplendida, que juega con la luz para producir una paleta cromática amplia y muy naturalista. De hecho, el naturalismo es la dominante del film. Yusuf podría ser uno de los niños de Abbas Kiarostami, pues recibe un tratamiento parecido, aunque sin los toques documentales del director iraní. También puede emparentarse esta película con El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), por los ambientes y ese halo misterioso que desprende la naturaleza y su relación con los niños.

Gran parte de la belleza de Miel se debe a la interpretación de Bora Atlas en el papel de Yusuf. De su mirada se desprende una expresividad excepcional. Su interpretación desprende emociones verdaderas, cada vez que dirige sus ojos negros hacia alguien o algo. Los tiempos muertos del film nunca resultan pesados debido a los actores que, sin duda, están muy bien dirigidos por Kaplanoglu.

Miel se alzó con el máximo galardón, el Oso de Oro, en el Festival de Berlín 2010 con todo merecimiento. A diferencia de otras películas recientes que bucean en el universo de la infancia resaltando los problemas, Miel pretende ser fiel al realismo, huyendo del tono forzado de muchas producciones contemporáneas. El film resulta muy recomendable para todos aquellos espectadores que gusten de historias sencillas y conmovedoras. Semih Kaplanoglu ha creado una obra modesta y grandiosa al mismo tiempo. Miel es una película dulcemente bella.



9/10

Daniel Muñoz Ruiz

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