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miércoles, 31 de agosto de 2011

Las horas del verano (2008) de Olivier Assayas



La familia. Esa estructura formada por seres humanos a los que les une fuertes lazos afectivos y un origen común. O al menos, ésa es la representación tradicional de la familia. Las horas del verano, es el título del último film de Olivier Assayas. El antiguo crítico de Cahiers du Cinéma recupera una historia sentimental de hondas resonancias, como hiciera en Finales de agosto, principios de septiembre (1998). El director francés retrata magistralmente las tensiones que surgen en una familia que se enfrenta al espinoso tema de repartir una herencia. La primera media hora le sirve a Assayas para avisarnos de la inminencia del problema que acontecerá. Una familia de clase alta se reúne en la casa familiar por el 75 aniversario de la madre. Los tres hermanos (sobresalientes actuaciones de Charles Berling, Juliette Binoche y Jérémie Renier) llevan vidas complejas y sobre todo, distanciadas. Uno vive en Asia, la hermana en EEUU y sólo el mayor, en Paris. Hélène, la madre (una soberbia Edith Scob) sufre por el desarraigo familiar de sus vástagos y así se lo hace saber a ellos. Ante el presentimiento de que no le queda mucho tiempo de vida, empieza a plantear el problema de la herencia. Así comienza Las horas del verano, en una gran mansión campestre en plena estación veraniega.

Ningún problema hubiera habido si la familia fuera pobre y no tuvieran mucho que repartir. Pero no es el caso. La familia es poseedora de una gran colección de arte. Aquí surge el gran quiz de la cuestión y es cuando Assayas consigue crear la tensión a través de la puesta en escena de la decisión que tienen que tomar los hermanos. Finalmente, el mayor, el más cercano a la casa, termina cediendo y la cuantiosa herencia es vendida. En ese momento sale a la luz el tema del pasado. Ese pasado nostálgico que recuerda a la infancia. Ese sentimiento afecta a los tres hermanos, pero en especial al mayor, Fréderic, que es el encargado de tomar las decisiones.

Después de dar palos de ciego en productos de género como Demolover (2002) o Boarding Gate (2007), Assayas recupera el pulso de su cine. Y lo hace de una forma delicada y poética, apelando a las emociones humanas más universales. La historia de esa familia francesa es la representación de cualquier familia contemporánea que se enfrenta a las vicisitudes del reparto de bienes materiales. Los tres hermanos conforman las distintas visiones ante la vida, la nostálgica, la materialista y la más realista (la hermana).

El conflicto generacional está servido. La madre que vive en el pasado, los hijos, el presente, y los nietos, a los que parece no importarles el futuro y no valoran tanto el legado familiar, aunque como vemos en la secuencia final del film, no sea de todo así. Como buen discípulo de Cahiers y de la Nouvelle Vague, Oliver Assayas concentra su trabajo en una poderosa puesta en escena, ayudado por las magníficas actuaciones de sus protagonistas y secundarios. Las horas del verano es una película equilibrada, triste en ocasiones, esperanzadora, en otras. Es lo que podríamos llamar y no me gusta la expresión, una película muy “humana”. En ningún momento se intenta adentrar en el barroquismo estético, prefiriendo la sencillez y el minimalismo naturalista. Sin duda, esta película de Olivier Assayas es un ejemplo de la buena salud del cine francés actual, que junto a títulos como La cuestión humana (Nicolas Klotz, 2007) o La clase (Laurent Cantet,2008) representan visiones esclarecedoras de la sociedad posmoderna en la que nos ha tocado vivir.

9/10



Daniel Muñoz Ruiz