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jueves, 29 de diciembre de 2011

Restless (2011) de Gus Van Sant


¿Es posible hacer una película romántica, dulce, emotiva, melancólica, etc., sin caer en la sensiblería y en el exceso melodramático? La respuesta la puede dar Gus Van Sant en su último film. Restless es la historia de amor de dos adolescentes marcados por el dolor. Enoch (Henry Hopper, hijo del genial Dennis Hopper) es un joven introvertido, taciturno, traumatizado por la muerte repentina muerte de sus padres, a cuyo entierro no pudo asistir por encontrarse en estado de coma. Por eso, pasa el tiempo asistiendo a funerales sin tener ninguna relación con los difuntos. En uno de ellos conoce a Annabel (Mia Wasikowska), una chica de belleza andrógina y etérea que padece un tumor cerebral en fase terminal. Ambos inician una relación sentimental sabiendo en todo momento que durará poco. Enoch encuentra en Annabel la posibilidad de redimirse de la culpabilidad que siente por no haberse podido despedir de sus padres, acompañándola en el tránsito de su irremediable camino hacia la muerte. En parte, nos viene a la cabeza Love Story (Arthur Hiller, 1970), pero mientra aquélla se decantaba por la tragedia total que suponía la prematura muerte de la amada, en Restless encontramos una variedad tonal, desde lo cómico a lo trágico, pasando por la ciencia ficción, que la hace bastante diferente. Y es que en el film del director residente en Portland, destaca el componente fantástico, con la presencia del fantasma que se le aparece a Enoch desde la muerte de sus padres. Este personaje que representa a un joven kamikaze japonés de la Segunda Guerra Mundial, recorre el relato desdramatizando el significado de la muerte, que es junto al amor, la esencia del film.
Van Sant vuelve se mueve entre las fronteras más notorias de su cine, la comercialidad (El indomable Will Hunting, Todo por un sueño, Mi nombre es Harvey Milk), y la experimentación (Elephant, Gerry, Last Days, Paranoid Park). Pero este film también constituye una novedad. Es la primera vez que Van Sant se atreve con una historia de amor adolescente heterosexual. Su mirada sobre los adolescentes nunca había contenido un componente romántico, o si lo había hecho, como en Mala noche (1986) o Mi Idaho Privado (1991), siempre se trataban de relaciones homosexuales.
Otra faceta a destacar es la dirección de fotografía, para la que Van Sant vuelve a contar con Harry Savides, su operador favorito. Savides consigue unos matices cromáticos ideales para el tono con el que está contada la película. Los marrones otoñales y los interiores cálidos persiguen crear imágenes íntimas, acercándonos al inevitable desenlace. Los encuadres también tienen su peso en Restless. Sobresale el plano cenital que encuadra a la pareja protagonista tendidos sobre sus siluetas dibujadas con tiza blanca, a modo de señalización de cadáveres. Coincide con el momento en que Enoch le cuenta a Annabel el origen de su dolor y termina con un romántico beso.
Restless fue maltratada por la crítica en su presentación en el pasado Festival de Cannes. Quizás se esperaba de Van Sant algo más radical. Puede que a muchos les resulte demasiado sensiblera y convencional, pero, en mi opinión, estamos ante uno de los films más bellos, delicados y refinados del año. Desde luego, a mí logró emocionarme, y eso que, en general, detesto el romanticismo en el cine.

9/10

Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 26 de diciembre de 2011

El futuro (2011) de Miranda July


El segundo largometraje de la joven directora norteamericana Miranda July nos introduce en un tema tan tratado por el cine como son las crisis de parejas. En este caso, una pareja de treintañeros que, ante lo rutinaria que se ha vuelto su relación y lo insulso de sus vidas, adoptan a un gato herido para intentar darle sentido a su unión. En su primer largometraje, Tú, yo y todos los demás (2005), July imprimía su visión particular sobre la vida desde varios puntos de vista, pues se trataba de una comedia coral. Sin embargo, El futuro gira en torno a la pareja protagonista Sophie (la propia Miranda July) y Jason (Hamish Linklater) cuyo universo comienza y termina en su relación. Los personajes son asépticos, sin interés, vacuos. Resulta muy complicado identificarse con ellos y mucho más entender sus actitudes ante la crisis de pareja por la que están transitando. El drama está sobredimensionado por el afán de la directora en convertir la historia en una metáfora de las relaciones amorosas y los sentimientos que se desprenden de ellas. En este aspecto, el tema del film es universal, existencial, como en su primer largometraje, pero a diferencia de éste, que sí llegaba al espectador, El futuro causa distancia, e incluso, rechazo, al bordear los límites del ridículo en muchas ocasiones.

En mi opinión, el recurso a la ciencia ficción más rudimentaria, como es el detener el tiempo, no consigue el efecto poético deseado. Más bien, resulta otro obstáculo más en el camino que nos acerca a las emociones de los personajes. Digno de alabar es la actitud de la mujer, que toma las riendas para acabar con la relación por medio de una infidelidad, pero después July lo convierte en algo naïf que le quita todo el peso a la arriesgada situación. Puede decirse que estamos ante una visión femenina del amor, pero en esta ocasión, cae en el estereotipo más machista posible, tanto en la actitud de ella como en la de él.

Pero bueno, no todo me parece negativo en esta película. Su narración es original y arriesgada, aunque la voz narradora del gato no me parezca muy acertada. En momentos puntuales, July consigue imágenes poderosas llenas de fantasía. Hay una secuencia (no diré cuál para no fastidiar a los que no hayan visto la peli) que sobresale y resulta muy cómica, además del tratamiento temporal que consigue.

En definitiva, vistas las expectativas que me provocaba su primer film, que es altamente recomendable, este nuevo trabajo de Miranda July me ha decepcionado. El futuro es un ejemplo del peor cine indie y de que un exceso de excentricidad egocéntrica puede dar al traste con unas intenciones en principio válidas. La sucesión ininterrumpida de performances por parte de July convierten su película en un trabajo fallido, prescindible y olvidable. Otra vez será.


4/10


Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 15 de diciembre de 2011

Melancolía (2011) de Lars von Trier




Uno de los directores más polémicos de las últimas décadas vuelve al ruedo cinematográfico con una obra que cumple las expectativas, tanto las de sus seguidores como las de sus detractores. Lars von Trier continúa la senda de su discurso apocalíptico iniciado con Anticristo (2009), aunque esta vez de forma no tan explícita. De hecho, Melancolía puede contemplarse como la otra cara de un díptico sobre el dolor, el sufrimiento, el fin y la nada. Tras un prólogo de unos ocho minutos, con unas imágenes que suponen un ejercicio formal y estético digno de los mejores artistas plásticos, complementado con un contrapunto operístico, Von Trier estructura su obra en dos historias casi independientes, si no fuera porque intervienen las mismas protagonistas. Así, el film está dividido en dos relatos, cada uno de los cuales toma el punto de vista de una de las hermanas protagonistas.

Justine (Kristen Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg) son dos hermanas en principio, muy diferentes. Justine lo tiene todo en apariencia: asombrosa belleza, éxito laboral y un novio ideal (Michael, interpretado por Alexander Skarsgard). Sin embargo, no puede ser feliz. La depresión se apodera de su ser y en el supuesto día más feliz de su vida, su boda, termina de hundirse en la más profunda tristeza. Esta primera parte, la de la boda, recuerda muy sospechosamente al film Celebración (Festen, 1998) de otro socio fundador del Dogma 95, Thomas Vinterberg. Una celebración familiar que saca a la luz los más oscuros sentimientos entre los parientes. Es la parte más interesante de la película y en la que Kristen Dunst demuestra sus grandes dotes interpretativas, que le valieron el reconocimiento en forma de Premio a la Mejor Actriz en el pasado Festival de Cannes. El director danés no explica de dónde proviene la angustia vital de Justine, pero a través del conocimiento de los personajes que forman su familia, podemos llegar a la conclusión de que la disfuncionalidad mental de Justine es una cuestión de genética. La segunda parte del film, la que gira en torno al posible choque del ficticio planeta Melancolía con La Tierra, está narrado desde el punto de vista de la otra hermana, Claire, que nos había sido presentada como una mujer equilibrada, fría y controladora, pero que, ante tal potencial cataclismo, pierde igualmente la cabeza, como su hermana Justine.

Fiel a su estilo de realización, Von Trier recurre a la cámara en mano, los continuos zooms y desenfoques, que en ocasiones resultan demasiado gratuitos y dificultan la narración. Pero hay que aceptar esta huida del academicismo como parte esencial de la estética del director danés. En otro sentido, es digno de admirar su labor en la dirección de actores, concretamente en las actrices, de las que consigue sacar lo mejor, no solo en este film, sino en todas sus películas. Mención especial merece su manera de filmar a Kristen Dunst con su vestido de novia, desprendiendo voluptuosidad y sexualidad como nunca antes la habíamos visto en la gran pantalla.

En definitiva, Melancolía es un paso más en su controvertida filmografía. Un peldaño más en su teoría pesimista sobre la vida y la condición humana, aunque algo más irregular que en anteriores trabajos. Eso sí, dejando a un lado la historia, que puede resultar algo exagerada, visualmente nos encontramos ante una obra sobresaliente.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 12 de diciembre de 2011

Habemus Papam (2011) de Nanni Moretti


Otra vuelta de tuerca del director italiano en el discurso crítico-político sobre el que gira su cine. Aunque, más bien, en este caso yo diría que sólo media vuelta de tuerca, pues Habemus Papam se queda a medio camino de lo que podemos considerar un film político. A medio camino, pues si bien es verdad que podemos apreciar la sutileza satírica del Moretti más inspirado, la segunda parte del film diluye su intención a favor de la comedia facilona y su lucimiento personal. A pesar de esto, el film de Nanni Moretti resulta entretenido y, por momentos, hasta brillante.

El Cardenal Melville (sensacional Michel Piccoli) ha sido elegido Papa aunque nunca estuvo en las quinielas. El cónclave representado por Moretti resulta bastante gracioso, pues los cardenales actúan como si ser elegido Papa sea un gran “marrón”, y ninguno de ellos lo desea, por lo que eligen al anónimo Melville. Sin embargo, el tiro les sale por la culata y el recién elegido Sumo Pontífice cae en una profunda depresión al no soportar la responsabilidad que se le viene encima. Para intentar arreglar el desavío, los responsables del Vaticano echan mano de un reputado psicoanalista que, como no iba a ser de otro modo, interpreta el propio Moretti, profesión que también desarrolló en Caro Diario (1993) y La habitación del hijo (2001). Uno de los momentos más cómicos y conseguidos del film es la llegada del doctor a la sede vaticana y sus infructuosos intentos por tratar al paciente como es debido. En este tramo inicial del film, los diálogos son ingeniosos y las situaciones que provocan se vuelven desternillantes. La secuencia del saludo del nuevo Papa a su Guardia Suiza en el jardín, sin diálogos, da muestra de la capacidad del director italiano para hacernos reír con lo más mínimo.

Moretti no pretende ser irreverente en ningún momento, pero, a veces, banaliza en demasía algunos aspectos protocolarios con la intención de criticarlos, aunque no lo consigue. Pasado el ecuador del film, la historia se convierte en un drama sobre la crisis de identidad del ser humano, a la que no escapa nadie, ni siquiera el representante de Dios en La Tierra. Así, Moretti quiere humanizar a los máximos dirigentes de la Iglesia Católica, aunque sea denunciando el “teatro” que supone la institución vaticana, analogía que introduce con la representación de una obra teatral de Chéjov a la que asiste el nuevo Papa de incógnito. También, una surrealista competición de voleibol entre los cardenales y orquestada por el psicoanalista Moretti, servirá para humanizarlos, aunque, en mi opinión, bordea los límites de lo sainetesco. Prefiero quedarme con la melancolía del Papa Melville, que como ser humano antes que divino, no puede con la responsabilidad que le ha sido asignada.

Habemus Papam puede leerse como una película que desprende cierto cariño por la Iglesia Católica, pues los personajes creados por Moretti son entrañables. Sin embargo, subyace una floreciente crítica que apenas ha sido explorada. El film, a pesar de su calidad, deja la sensación de ser muy conservador. Pero, como todo autor, debemos considerarlo como El Vaticano según Moretti, y su visión no está nada mal.


7/10

Daniel Muñoz Ruiz