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lunes, 24 de diciembre de 2012

César debe morir (2012) de Paolo y Vittorio Taviani





Ganadora del Oso de Oro de la Berlinale, los hermanos Taviani se inspiran libremente en Shakespeare y su obra Julio César para construir un film polisémico, que puede ser leído desde diversos ángulos y que relaciona el cine y el teatro de una forma muy particular. Ambientada en una cárcel de máxima seguridad de Roma, César debe morir es tanto un documental sobre el montaje teatral que realizan algunos presos con largas condenas por asesinato, tráfico de drogas y crimen organizado, como un drama carcelario sobre unos seres humanos privados de libertad. Los veteranos cineastas italianos ponen en escena el relato de los ensayos y la representación del texto shakespeariano a través de unos actores no profesionales que privados de libertad, encuentran en dicha representación una vía de escape emocional, una redención temporal por medio del arte. Las intrigas y conspiraciones que dieron lugar al asesinato de Julio César debido a su desmedida sed de poder constituyen una analogía con la vida que llevan los reos entre los muros de la prisión. Comenzando por un prólogo fotografiado en color y que muestra el acto final de la obra dramatúrgica, el film torna al blanco y negro para narrar los seis meses de ensayos que precedieron a la representación pública. Una poderosa escena que interpretan los presos sometidos a un casting solventa rápidamente la presentación de los personajes reales, los convictos. Las celdas, los patios y los módulos carcelarios se convierten en improvisadas salas de ensayo en la que en ciertas ocasiones se mezcla la propia vida del actor con el drama que están ensayando. Sin embargo, en este aspecto es poca la información que se suministra al espectador. Si hubiéramos conocido más respecto a los dramas humanos de cada uno de los protagonistas, la identificación del espectador hubiera sido más eficaz y se hubiera despertado más poderosamente su conciencia crítica.

Los directores de Padre padrone (1977) quizás no logran ensamblar tan difícil pretensión teórica y el relato adolece en determinadas fases del deseado interés. Resulta muy elogiable el propósito de los Taviani, pero la fluidez narrativa se resiente y fracasa en su pulso ante el planteamiento teórico. Aún así, hay aspectos impecables en el film como son la magnífica dirección de actores, que a través de sus parlamentos y su expresividad corporal consiguen dejar muy alto el nivel dramático general de la obra. La fotografía en blanco y negro es de indudable valor estético y la música de saxofón aporta emoción a las imágenes que componen el relato. Sin restarle méritos a la obra, cabe concluir que la intención de diluir teatro y cine no funciona totalmente debido a la excesiva artificialidad de la puesta en escena.

Los hermanos Taviani siempre resultan honestos en sus películas y César debe morir no rompe esta cualidad de su obra cinematográfica. Sin embargo, queda la sensación de pequeño fracaso pues el film podría haber dado más de sí. Su pretendida profundidad emocional no llega a cuajar completamente y a duras penas consigue transcender la forma revirtiendo en la disminución dramática con respecto a la obra de William Shakespeare.



7/10



Daniel Muñoz Ruiz

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Salvajes (2012) de Oliver Stone




Oliver Stone es uno de los directores norteamericanos de las últimas décadas que más polémicas levanta con sus películas dentro del circuito comercial hollywoodiense. Odiado y reverenciado a partes iguales su carrera atravesaba un largo desierto creativo, anquilosada en la repetición de fórmulas propias y agotadas. Y digo atravesaba porque con Salvajes, su último trabajo para la gran pantalla, Stone vuelve a recuperar su mejor cine, quizás desde la excesiva y desquiciada Asesinos natos (Natural Born Killers, 1994). Dejando de lado sus inquietudes políticas, el director reaparece con un notable thriller bastante violento que engancha al espectador desde el primer momento. Ben (Aaron Johnson) y Chon (Taylor Kitsch) son dos amiguísimos que comparten un lucrativo negocio de producción y venta de marihuana. Dos personajes muy distintos entre sí: Ben es el experto en botánica, de buen corazón, que dedica su tiempo libre a recorrer los lugares más deprimidos del planeta para ayudar a través de su ong; mientras que Chon es un antiguo miembro de la Navy Seal cuya estancia en Afganistán le sirvió para importar de contrabando las semillas de cannabis que tan altos beneficios le reportan a los dos. Frío y calculador, la guerra le ha convertido en lo que es. Podemos decir que en esta organización, Ben es el cerebro y Chon, la fuerza bruta. Ambos comparten su vida física y sentimentalmente con O (Blake Lively), una joven rubia escultural que será la narradora del relato por medio de su voz en off. Desde el comienzo es ella quien nos presenta a los personajes y quien marca el punto de vista hasta el final. El idílico ménage à trois en las paradisiacas playas californianas es interrumpido abruptamente por la aparición de un cártel mexicano de la droga, encabezado por la “madrina” Elena Sánchez (Salma Hayek) y su sádico brazo ejecutor, Lado (Benicio Del Toro) que pretenden sacar tajada del negocio montado por los jóvenes protagonistas, algo así como ocurría en la serie televisiva Breaking Bad. A partir de entonces el film se convierte en una guerra abierta en la que los intereses económicos se mezclaran con los sentimentales y en la que jugará un papel importante el agente de la DEA Dennis (John Travolta), que nunca sabremos de parte de quién está realmente.

Una estética de colores vivos, saturados, audaces encuadres y un montaje caótico pero ágil son los elementos fundamentales de los que se sirve Stone para atrapar al espectador en esta historia en la que la violencia, el amor, la venganza y las luchas de poder son los temas principales. El joven trío protagonista desprenden mucha química entre ellos, pero son los papeles secundarios, los villanos interpretados por Hayek, Del Toro y Travolta, los que más transcendencia dan al relato y se echa de menos que no se haya indagado más en sus personalidades. Stone mantiene el pulso con su representación de la violencia, extensamente tratada en su filmografía, y no cae en el exceso que hubiera dado un resultado mediocre. Eso sí, en Salvajes vamos a encontrar escenas muy violentas, explosivas descargas de adrenalina muy en la línea del gusto del director.

Con Salvajes, Oliver Stone parece haber encontrado de nuevo la senda para conciliar su personal estilo narrativo con una obra de género solvente y de acabado lustroso. Un film que ofrece varias lecturas y en el que puede expresar sus obsesiones sin aburrir o molestar al espectador. Una película notable digna del autor de Platoon (1986) o Nacido el 4 de julio (1989). Así sí, señor Stone.




8/10



Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 6 de diciembre de 2012

Cosmópolis (2012) de David Cronenberg





A estas alturas del partido, el director canadiense David Cronenberg no necesita presentación. Autor de una filmografía muy personal y revolucionario del género de la ciencia ficción, en los últimos años, alcanzó la popularidad masiva gracias a títulos como Una historia de violencia (2005) y Promesas del este (2007), claramente más “accesibles” para el espectador que la mayoría de films que componen su obra cinematográfica. Los que busquen algo parecido no lo encontrarán en Cosmópolis, su último trabajo, adaptación de la novela homónima de Don DeLillo, pues el director aprovecha la ocasión para construir un relato abstracto y en el que la palabra es la principal protagonista. Eric Packer (Robert Pattinson, que no lo hace del todo mal) es un ejecutivo multimillonario, un joven bróker creído y prepotente que recorre las calles de Nueva York metido en su limusina, que parece su segunda casa. Maniático del control, sus excentricidades parecen no tener límites, como hacerse un chequeo médico todos los días o atravesar la ciudad sumida en caóticas manifestaciones para ir a una determinada barbería a cortarse el pelo. Asistimos a un día en la vida de Packer, pero no un día cualquiera. En las horas que transcurren en el relato seremos testigos de la caída del joven magnate debido a la volatilidad del capitalismo financiero pero también a su propio estado psicológico fruto de la situación. Sus reuniones con asesores y amantes, bien en la limusina o en otros lugares cerrados, darán pie a largos y densos diálogos que en muchas ocasiones son revestidos de pretenciosidad que hacen caer al espectador menos tolerante en un profundo tedio.

A pesar de la honestidad que demuestra Cronenberg con tan audaz proyecto, Cosmópolis resulta fallida en muchos aspectos. El guión intenta adaptar voluntariosamente el texto de DeLillo pero en su transferencia a imágenes y sonidos naufraga. Consciente de tal reto, pretende centrar su atención en los diálogos que, aunque algunos son brillantes, la mayoría resultan absurdos y algunos hasta sonrojantes de lo ridículos que son. La obsesión del protagonista por el sexo y la violencia, temas recurrentes en la obra de Cronenberg, no son tratados tan visualmente como en otros de sus films sino a través de la palabra, restándole intensidad dramática al asunto y reduciéndolo a una mera verborrea sin sentido. Acierta en otros aspectos como en mantener la tensión que provoca la distancia abrumadora entre el espacio seguro y plácido del interior de la limusina y el caos que reina en las calles provocado por la tensión social derivada de la crisis económica, situación a la orden del día en la vida real. Los planos del exterior vistos a través de los cristales de la limusina crean una sensación claustrofóbica en el espectador, favoreciendo su inmersión en el relato. La estructura narrativa usada por Cronenberg no es convencional. No esperen los tres actos clásicos porque no los van a encontrar. Simplemente hay que dejarse llevar sin cuestionarse la lógica narrativa, pero como he mencionado antes, en esta empresa no contribuyen en nada los diálogos.

Cosmópolis puede leerse como una ácida crítica del capitalismo financiero. Por medio de la abstracción, el autor de La mosca (1986) desafía al espectador para que reaccione a esta metáfora del mundo actual cuyo resultado, sin embargo, deja mucho que desear.



6/10



Daniel Muñoz Ruiz

martes, 4 de diciembre de 2012

Elena (2011) de Andrey Zvyagintsev




El último largometraje del cineasta ruso Andrey Zvyagintsev es un drama familiar con dosis de suspense que no dejará indiferente al espectador. Y es que el director de las geniales El regreso (2003) y The Banishment (2007) vuelve a combinar en su tercer film el drama humano de sus personajes con la tensión al estilo Hitchcock mediante su personal puesta en escena basada en las tomas de larga duración y la cuidada composición del encuadre. Elena narra la historia del personaje así llamado e interpretado por Nadezhda Markina,  veterana actriz, aunque no muy prodigada en la gran pantalla (acaba de trabajar en el último film de Sergei Loznitza). Comienza el film con un largo plano desde el exterior de un lujoso edificio de apartamentos en el que vemos a un cuervo posado en una rama. Con esta imagen simbólica, Zvyagintsev pone en alerta al espectador avisándole de que su relato no presagia nada bueno. Acto seguido nos introducimos en el ostentoso apartamento en el que viven Elena y Vladimir (Andrey Smirnov), jubilado millonario y fuente del principal conflicto de la película. Observamos desde el inicio, aunque la puesta en escena quiere mantener cierto distanciamiento con el espectador,   que Elena y Vladimir forman un matrimonio poco convencional en el que él aporta el dinero y ella hace todo lo demás (labores de la casa, cuidarle, atender sus deseos sexuales). Como se nos explica posteriormente, ambos tienen otra familia aparte (Vladimir una hija caprichosa que pasa de él) y llevan casados poco tiempo. Pertenecen a clases sociales opuestas: Vladimir a la clase alta económicamente y Elena procede de la clase trabajadora, más bien pobre, a juzgar por cómo vive su hijo, casado y con dos hijos, residente en un triste e industrial suburbio de Moscú al que Elena acude tras un largo trayecto en tren y a pie. La deprimente situación económica de la familia de Elena le lleva a pedirle auxilio a su marido que se lo negará argumentando que está “casado con ella, no con su familia”. Por tanto, el dinero se convertirá en el desencadenante de la acción dramática.

Zvyagintsev construye con Elena uno de esos personajes profundos psicológicamente a los que nos tiene acostumbrados en su corta filmografía, influenciado por Dostoievski. Esta “madre coraje” actuará siempre pensando en sus seres más queridos y nunca en ella misma. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos relatados provocará el dilema ético en el interior del espectador, sin que el film juzgue en ningún momento a sus propios personajes. Las desigualdades sociales de la Rusia capitalista actual son plasmadas en la pantalla con gran sutileza por un Zvyagintsev que se aleja de las influencias de Tarkovsky que aparecían en sus primeros trabajos para abrazar rasgos de cierto cine asiático contemporáneo sin renunciar del todo al simbolismo. La música del compositor estadounidense Philip Glass (Las horas (Stephen Daldry, 2002)) modula el suspense de manera sutil pero muy efectiva y la interpretación excepcional de Markina, auténtica espina dorsal de la película, son dos de los aspectos más destacables junto a la cuidada composición del encuadre. A pesar de esto Elena se queda a escasos centímetros de la cumbre emocional que supone su ópera prima, El regreso (2003).

Andrey Zvyagintsev confirma con este tercer trabajo ser uno de los cineastas europeos más importantes de la década y uno de los más preocupados en estudiar la idiosincrasia de los seres humanos. Muy recomendable.



8/10



Daniel Muñoz Ruiz 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

En la casa (2012) de François Ozon





Galardonada con la Concha de Oro y el Premio al Mejor Guión en el Festival de Cine de San Sebastián, En la casa, último trabajo del director francés François Ozon, resulta ser un film más interesante en su forma que en su fondo. Un ejercicio de narración perfecto sobre el proceso de creación de una obra literaria que, sin embargo, dista mucho de ser un gran relato. Ozon adapta la obra teatral del dramaturgo español Juan Mayorga, El chico de la última fila, por medio de un guión férreo, con ritmo, que seguramente sorprenderá al público acostumbrado a la linealidad y la causalidad, pero que fracasa, a mi entender, en su afán por refugiarse en la densidad y los giros metaficcionales. Claude (Ernst Umhauber) es un introvertido estudiante de dieciséis años, que se sienta en la última fila del aula y que parece no tener amigos. Gracias a una breve redacción que escribe despertará el interés de su profesor de literatura, Germain (Fabrice Luchini), a que incentivará su talento para la narración viendo en él la posibilidad de alcanzar lo que él no consiguió, ser un escritor importante. La ficción escrita por el joven Claude describe su propia experiencia al acercarse e introducirse en la casa de un compañero, Rapha (Bastien Ughetto) con el pretexto de ayudarlo con las matemáticas. Así conocerá a la típica familia de clase media o pequeño burguesa, compuesta por el padre, también llamado Rapha (Denis Menóchet), y la madre, Esther (Emmanuelle Seigner), que despertará la efervescente sexualidad de Claude. Poco a poco, capítulo a capítulo, el relato de Claude enganchará más y más al profesor Germain, hasta el punto de cometer actos contrarios del todo a la ética de su profesión y afectarle incluso en su convencional matrimonio con Jeanne (Kristin Scott Thomas). La manipulación de la realidad por parte del retorcido ingenio de Claude, inmerso también en su propia ficción, tendrá un resultado final devastador, sobre todo para la vida de Germain.

En la casa recorre un trayecto que va desde la comedia irónica al intenso drama pasando por el suspense, aunque no muy bien conseguido. El gran problema del film de Ozon reside en revestir su ficción de realidad. La historia del intruso que desestabiliza la paz de una familia ya está muy manida y en este caso no llega a despertar el interés pretendido. Esa “historia” que atrapa a Germain como a un insecto en una tela de araña, es mediocre, previsible y por momentos, banal. Soy incapaz de entender cómo un profesor de literatura tan culto, amante de Dostoyevski, Flaubert o Kafka pueda dejarse engañar por una ficción tan trivial como la propuesta por su joven pupilo. Eso sí, no se puede negar su desbordante talento a la hora de manipular al lector por medio de su depurada técnica narrativa que sin duda mejora la historia relatada.

Autor de una filmografía un tanto irregular entre las que destacan aciertos como Swimming Pool (2003) o patinazos como el musical 8 mujeres (2002), para ciertos sectores de la crítica cinematográfica, Ozon ha conseguido dar en la tecla con “una película misteriosa y excelente”  (Carlos Boyero dixit en el diario El País). Sin embargo, no comparto tanto entusiasmo ante el film, que si bien tiene un gran guión y resulta innovadora en muchos sentidos, no logra despertar mi interés ni emocionarme más allá de estar contemplando un estudio sobre posibilidades narrativas sin un sólido contenido que lo sustente.


6/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 6 de noviembre de 2012

Holy Motors (2012) de Leos Carax




Pocas veces en la vida se encuentra uno ante una obra de arte cinematográfica que desafíe de manera tan extrema la capacidad de asimilación del espectador. Buñuel, Pasolini, Godard o Lynch lo hacen (o lo hacían) con sus trabajos para los que intentar darles una respuesta lógica constituía una utopía. Holy Motors pertenece a este selecto club de films transgresores, impactantes y desconcertantes. El director francés Leos Carax rinde tributo al cine con este film que a través del actor Denis Lavant navega por multitud de géneros: drama, comedia, thriller, misterio,  erótico, ciencia ficción y hasta musical. Monsieur Oscar (Lavant) es un ¿actor? cuyo trabajo consiste en acudir a determinadas “citas” en las cuales interpreta un papel a cual más disparatado: anciana que mendiga limosna, acróbata para la captura de movimiento, asesino a sueldo, padre de una adolescente, etc., así hasta once personajes diferentes que dan lugar a hilarantes, y algunas hasta desquiciadas, historias que permiten a Carax imprimir una mirada tan crítica como emotiva sobre el propio arte cinematográfico, el de antes y el de ahora. Recorriendo las calles de Paris en una limusina blanca conducida por su chófer Céline (Edith Scob), Oscar (irónicamente llamado como los famosos premios cinematográficos) va transformándose en cada uno de sus distintos roles en el intervalo desde la mañana a la noche en un trayecto no exento de contratiempos pues su trabajo/misión tiene que cumplir unos estrictos horarios. El relato que propone Carax hace del exceso y el surrealismo su bandera y ante eso lo mejor que puede hacer el espectador es disfrutar con las poderosas imágenes y las chocantes situaciones y no empeñarse en buscarle un sentido lógico.

Holy Motors es un film libre, hecho con desbordante pasión y abierto a múltiples interpretaciones. El torrente de imaginación que demuestra Carax con su trabajo no le exime de realizar profundas críticas a la sociedad actual en varios detalles que no voy a revelar aquí pues soy totalmente contrario a incluir spoilers evidentes. Los que vean la película los extrapolaran fácilmente. La multi-performance de Denis Lavant es probablemente el mejor trabajo de un actor en mucho tiempo y merece pasar a los anales de la historia de la interpretación. Las breves apariciones de rostros conocidos como Kylie Minogue, Eva Mendes (en, sin duda, la secuencia más provocadora del film) y Michel Piccoli, además del propio Carax que aparece al comienzo, aportan más entidad al proyecto que, mucho me temo, no alcanzará la repercusión que se merece dentro de la industria cinematográfica mundial.

Toda película debería tener vida más allá de su propio visionado, de la experiencia del primer contacto. Holy Motors logra trascender esa inmediatez y se instala en tu cabeza para quedarse allí indefinidamente. Cuando continúan existiendo voces agoreras que pronostican la inminente defunción del séptimo arte, Leos Carax nos recuerda la arrolladora fuerza que el cine tiene como arte y medio de expresión, demostrando que está más vivo que nunca en mano de creadores sin complejos, temerarios y honestos como él. En medio del marasmo creativo del cine actual, el director francés devuelve la fe a todos los que creen en la potencialidad del cine para transgredir y remover conciencias. Holy Motors es una obra de arte única, digna de un genio y a la que cualquier amante del cine debería reverenciar.



10/10



Daniel Muñoz Ruiz

sábado, 3 de noviembre de 2012

Reality (2012) de Matteo Garrone




El director y guionista italiano Matteo Garrone adquirió fama internacional con su film Gomorra (2008), adaptación de la novela homónima del escritor Roberto Saviano, en la que a través de cinco historias cartografiaba las actividades de la Camorra napolitana que extiende sus largos tentáculos a (casi) toda la vida social de su entorno. Gracias a sus altas dosis de realismo, que vaciaban de cualquier atisbo de glamour a las acciones mafiosas, Garrone logró llegar a un público mayoritario y convertir su trabajo en un éxito de crítica y público. Con su nuevo film, Reality, el director italiano vuelve a construir un relato social ambientado en la ciudad de Nápoles, localizado en sus clases más humildes pero sin inmiscuirse en los bajos fondos y el mundo del crimen organizado. Luciano (Aniello Arena) es el dueño de una pequeña pescadería situada en una plaza napolitana, padre de tres hijos y marido fiel de María (Loredana Simioli). Su numerosa familia le quiere y le admira por su carácter alegre y luchador. Un encuentro azaroso con un ex concursante del programa televisivo Grande Fratello (Big Brother, aquí en España Gran Hermano) le hará interesarse por entrar en el concurso como solución a sus problemas económicos. Alentado por su familia, Luciano asiste a los castings hasta ofuscarse poco a poco con la posibilidad de concursar y las oportunidades que la popularidad le puede otorgar. Reality es el relato de una profunda y enfermiza obsesión por alcanzar la fama y el dinero en un mundo tan ficticio como los concursos de telerrealidad. Ese mundo tan verdadero como irreal que ya vaticinaban George Orwell y películas como The Truman Show (El Show de Truman, Peter Weir, 1998), convertirá la vida de Luciano en puro delirio y destrozará la de su familia más cercana.

Entre la comedia y el drama, Garrone construye un film de emociones contrastadas, siempre cercano al realismo y recogiendo la tradición de los grandes maestros del cine italiano desde Fellini a Monicelli, pasando por pinceladas de Rossellini. El hecho de que la mayoría de los actores no son profesionales imprime más realismo si cabe a la radiografía que hace de la clase trabajadora napolitana. Aniello Arena está sensacional, su interpretación es el auténtico motor de la película y sus vaivenes emocionales calan hondo en la psique del espectador. Tampoco escatima Garrone en cuanto a su actitud crítica hacia el mundo televisivo, un espacio totalmente ajeno a los personajes de Reality y que destaca por la frivolidad e hipocresía. También, y de manera sutil, centra su punto de mira en la audiencia mayoritaria de este tipo de programas, personas de bajo perfil sociocultural a los que parece querer decir que despierten y huyan de estos somníferos para la mente.

En cuanto a la puesta en escena, Garrone se sirve de numerosos primeros planos y escasa profundidad de campo para acentuar la identificación del espectador con el/los personajes. La impecable dirección de fotografía del recientemente fallecido Marco Onorato y la partitura compuesta por Alexandre Desplat (mucho menos protagonista que en otras películas) confieren al conjunto un acabado brillante. Matteo Garrone confirma con este film haberse convertido en uno de los directores de cine italiano más estimulantes en la actualidad. Por lo menos, lo “nominaría”.



8/10



Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 25 de octubre de 2012

Lo imposible (2012) de Juan Antonio Bayona





El 26 de diciembre de 2004 un devastador tsunami (conocido por los científicos como el terremoto Sumatra-Andamán) arrasó las costas surasiáticas dejando a su paso cientos de miles de muertos y heridos y unas cuantiosísimas pérdidas materiales. El último film de Juan Antonio Bayona cuenta la historia “real” (verdadera dicen los créditos del principio) de una familia de cinco miembros que se vieron inmersos en este catastrófico suceso mientras pasaban unos días de vacaciones en las costas de Tailandia. Henry (Ewan McGregor) y María (Naomi Watts) forman un matrimonio que tiene tres hijos con edades comprendidas entre los doce y los cinco años. Poco se nos dice de su vida antes del trágico maremoto: Henry es un ejecutivo de una importante multinacional japonesa y María es doctora en medicina pero no ejerce su profesión porque ha decidido ocuparse de los niños a tiempo completo. El primer acto, que presenta a los personajes antes del tsunami sirve a Bayona para sentar las bases de su labor realizadora: un amplio abanico de tamaños de plano desde grandes vistas generales a planos detalle, una fotografía cuidada y muy estilizada y un sobresaliente trabajo en la edición de sonido. Poco más, pues narrativamente no aporta gran cosa. Tras esto, Lo imposible se convierte en una historia de separación y reunión familiar narrada desde tres puntos de vista: la madre y Lucas (Tom Holland), el hijo mayor, que comparten vicisitudes, y el padre, encargado de buscarlos tras poner a salvo a sus dos hijos menores.

El mayor escollo que tiene que superar la película es su guión. Bayona y su guionista, Sergio G. Sánchez (autor también de la anterior El orfanato (2007)), no consiguen armar una historia que provoque la complicidad del espectador, sino más bien subestima su inteligencia con situaciones metidas con calzador y que destilan un aroma a manipulación que quizás logre la identificación de los espectadores menos exigentes. También la estructura narrativa, que hace sucesivos dos tiempos del relato que deberían ser paralelos, produce una descompensación dramática que lastra las expectativas que había creado la propia desgracia. Mención especial merece también la banda sonora, que no para de subrayar hasta la saciedad los momentos más dramáticos y que resulta pesada y cargante en exceso. Sin embargo, a su favor hay que decir que Bayona es valiente al mostrar en los cuerpos de los actores las consecuencias del desastre sin autocensurarse más de lo necesario para no convertirse en una película de género gore. Sobresaliente me parece la interpretación de Tom Holland, Lucas el hijo mayor, que es el gran descubrimiento de Lo imposible. Por el contrario, la química que desprende la pareja McGregor-Watts es totalmente desaprovechada por la estructura narrativa y ambos, en sus respectivos viajes por separado, caen en determinados momentos en la sobreinterpretación que conduce al melodrama más característico de la programación televisiva española de sobremesa. 

Lo imposible está batiendo récords de recaudación en la taquilla española. Seguramente en Estados Unidos también funcionará porque, dicho sea con franqueza, supera la media de calidad de los blockbusters producidos por Hollywood. Pero esto tiene una terrible consecuencia: Bayona se está convirtiendo en un director sin personalidad, un clon de otro insigne director español (Alejandro Amenábar). En fin, es muy humano vender tu alma al diablo por un puñado de dólares (o euros).





5/10



Daniel Muñoz Ruiz 

martes, 16 de octubre de 2012

The Deep Blue Sea (2011) de Terence Davies




El prestigioso director británico Terence Davies vuelve al cine de ficción, tras aquella maravilla documental que es Of Time and the City (2008), con este drama romántico ambientado en el Londres de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Adaptando una pieza teatral del dramaturgo también británico Terence Rattigan, The Deep Blue Sea es la historia de Hester Collyer (Rachel Weisz), una mujer atrapada entre su matrimonio con un prestigioso juez Sir William Collyer (Simon Russell Beale) y un irrefrenable y pasional amor por un joven piloto de la Royal Air Force, Freddie Page (Tom Hiddleston). Narrada desde el punto de vista de Hester, asistimos a su gran despliegue de desdichas, concretadas por un detalle al parecer insignificante pero que la conducirá a un intento de suicidio. Entre vivir un matrimonio seguro, estable, que le aporta todos los bienes materiales que pueda desear, y lanzarse al vacío en brazos de un atractivo héroe de guerra, Hester se decantará por lo segundo y su vida será más infeliz si cabe. Como ya se planteó en otro de sus films, La casa de la alegría (2000), la protagonista femenina tiene que decidir si llevarse por el corazón o por la cabeza, siendo en esta ocasión el camino contrario al emprendido por Lily Bart (Gillian Anderson) aunque con resultados similares.

Davies vuelve a dar buen ejemplo de su gran maestría a la hora de dirigir a sus actores. Todos están sensacionales y destaca sobre manera la interpretación de Rachel Weisz, injustamente olvidada en la última edición de los Oscars. Los dos personajes masculinos dan la réplica perfecta al carácter de Hester, dando lugar a un tono interpretativo general bastante elevado. Algunos pensarán que en ocasiones resultan demasiado teatrales, pero no hay que olvidar que se trata de una adaptación teatral y perder totalmente la esencia sería ir en contra del espíritu dramático de la historia. Igualmente, la dirección artística es muy elogiable, transportándonos al Londres de aquella época sin dar excesiva impresión de reconstrucción, algo en lo que también tiene algo que decir el vestuario, perfectamente adaptado y trabajado hasta el más mínimo detalle. La fotografía recurre a una paleta cromática que crea atmósferas opresivas y recargadas que simbolizan perfectamente el estado de ánimo de los personajes y la música, especialmente el Concierto para violín y orquesta, Op. 14 del compositor estadounidense Samuel Barber, le va como anillo al dedo a esta historia sobre el sufrimiento amoroso.

Maestro también en el uso del tiempo narrativo, Davies recurre a flashbacks que reconstruyen lo vivido por su protagonista, siendo la secuencia del metro londinense la más espectacular de todas. En los primeros diez minutos del film, el director británico da una lección por medio de sus imágenes de cómo plantear una historia aunado sencillez, belleza y sutiliza sin necesidad de diálogos transcendentes o barrocos movimientos de cámara. Cierto es que no todo el film es tan sensacional como su principio, pero al mantener su estilo autoral, Davies avanza un escalón más en su dilatada (en el tiempo) aunque no muy prolija filmografía. Sabemos lo que nos pueden deparar sus películas y The Deep Blue Sea cumple con las expectativas. Por eso, no esperen reírse con ella.



8/10


Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 11 de octubre de 2012

Mátalos suavemente (2012) de Andrew Dominik




América ya no es un país, es un jodido negocio. Y ahora dame mi puto dinero”. Estas palabras pronunciadas al final de la película por Jackie Cogan, el asesino a sueldo interpretado por Brad Pitt, parecen sintetizar claramente el mensaje que Andrew Dominik quiere transmitir con su tercer largometraje, Mátalos suavemente. El director neozelandés adapta la novela negra Cogan’s Trade escrita por George V. Higgins en los setenta, trasladando la acción a 2008 justo antes de las elecciones en las que Obama derrotaría a McCain, etapa post-Katrina y especialmente inestable debido al comienzo de la crisis financiera provocada por los créditos suprime entre otras cosas. En el extrarradio de una ciudad grande de los Estados Unidos, no sabemos cuál porque en ningún momento de hace una referencia explícita,  Dominik sitúa su relato sobre los bajos fondos, las timbas ilegales y los asesinos a sueldo. Tras atracar una timba de póker, dos pobres diablos junto a su jefe (apodado muy adecuadamente como “el rata”) serán perseguidos por varios matones, destacando Jackie Cogan que será el encargado del trabajillo, al estar de “baja” el asesino habitual, Dillon (Sam Shephard). Largos e ingeniosos diálogos, palizas brutales y asesinatos a cámara lenta se sucederán en un relato cuya estructura narrativa se aleja del clasicismo para jugar con los saltos y las dilataciones temporales, algo que ya manejó perfectamente el director en su anterior film, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Fort (2007).

A diferencia de películas como Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990), en Mátalos suavemente nunca vemos a quienes de verdad manejan los hilos, retratando una mafia corporativa en la que los que mandan permanecen lo más alejados posible de los que se manchan las manos de sangre. El film de Dominik carece de un protagonista indiscutible, es más bien una película de secundarios, entre los que destacan Brad Pitt, James Gandolfini, Scoot McNairy, Richard Jenkins y Ray Liotta. Hay que reseñar también que no existen los personajes femeninos, de hecho sólo aparecen dos en todo el metraje y resultan ser totalmente intranscendentes. El realismo con que están tratados los personajes, su modo de hablar, de vestir, de sudar, etc., aleja al film del arquetipo mafioso de El Padrino (Francis Ford Coppola) para situarse más cerca de películas como Gomorra (Matteo Garrone, 2008).

El aspecto técnico es muy destacable. El uso del sonido está especialmente estudiado: ruidos, derrapes de coches, disparos, consiguen crear un efecto desestabilizador en el espectador. La ambientación oscura (incluso en el vestuario de los personajes), lluviosa, desolada, imprime un matiz de sordidez a toda la narración en general, sin dar una sola tregua al espectador que se ve imbuido por ese ambiente desagradable en el que se mueven los personajes. Y no es baladí el mensaje político que transmite Mátalos suavemente. Una visión pesimista y desesperanzadora sobre la sociedad capitalista y sus mezquindades. Y una crítica a los políticos que con mensajes populistas pretenden revertir una situación de crisis que ellos mismos han permitido crear al dar vía libre a los bancos y especuladores financieros hasta que la burbuja estalló. Pero también, el film es uno de los mejores thrillers americano de los últimos años, alejado de convencionalismos, corrección política y amaneramientos. Muy valiente Dominik en su discurso, dejándose de pamplinas morales y sacando a relucir su cinismo, pues como dice Cogan: “It’s just a fucking business!”



9/10


Daniel Muñoz Ruiz

domingo, 30 de septiembre de 2012

Amor bajo el espino blanco (2010) de Zhang Yimou




El director chino Zhang Yimou regresa a la senda del cine poético e intimista con Amor bajo el espino blanco, su último film estrenado en España. El que fuera el máximo representante de la Quinta Generación de la Academia de Cine de Pekín, había caído en el agotamiento creativo con sus últimas producciones como el flojo remake de un film de los Coen, Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos (2009) y La maldición de la flor dorada (2006), película barroca y excesiva de la que sólo se pueden destacar los efectos especiales. Zhang Yimou vuelve a centrar su interés en el ser humano y sus emociones, devolviendo a los actores su capacidad para transmitir sensaciones por medio de sus interpretaciones y no a través de efectos digitales espectaculares. Ambientada en la Revolución Cultural emprendida por Mao Zedong, Amor bajo el espino blanco narra la historia de amor imposible entre dos jóvenes de orígenes sociales (y políticos) opuestos. Jing (Zhou Dongyu) es una joven cuyo padre permanece encarcelado por derechista y cuya familia vive un proceso de reeducación y vigilancia constante por parte de las autoridades comunistas. Enviada a una pequeña villa rural, conoce a Sun (Dou Shawn), un joven hijo de un alto cargo militar y que trabaja para el gobierno. Ambos se enamorarán pero tendrán que lidiar con los obstáculos que plantean sus respectivas posiciones sociales. Dicho esto, parece la historia de siempre, pero gracias al excelente trabajo de Zhang Yimou y a las prodigiosas interpretaciones de sus actores, el resultado es una tragedia romántica más que notable.

Son bastantes los puntos en común que guarda este trabajo con uno de los mejores de su filmografía, El camino a casa (1999), ganadora del Gran Premio del Jurado en Berlín. Una historia de amor basada en los recuerdos, aunque a diferencia de aquella, en esta no se vertebra el relato por medio del flashback, sino que estamos ante una narración lineal, puntuada por fundidos a negro que introducen títulos que hacen avanzar al relato para agilizarlo. Gran parte del mérito del film lo tienen las interpretaciones de los actores. Los debutantes Zhou Dongyu y Dou Shawn están sobresalientes con sus trabajos llenos de matices, sus silencios y sus miradas, saben transmitir emociones al espectador de manera sutil sin caer en un exceso de dramatismo en ningún momento. También destacar el papel de la madre de Jing, Xi Meijuan, paciente y preocupada por el impacto de la relación en el futuro de su hija. La cuidadísima puesta en escena de Zhang Yimou se completa con una espléndida fotografía que nos hace recordar sus mejores trabajos, sobre todos sus primeros films. Pero además, Amor bajo el espino blanco resulta una crítica velada a los tiempos de la Revolución Cultural y al sinsentido de sus programas de reeducación, simple estrategia revanchista para con los opositores vencidos. Recordemos que el propio Zhang Yimou descendía de una familia nacionalista y su infancia debió estar marcada por acontecimientos similares a los que suceden en la ficción.

En definitiva, una película que nos devuelve al Zhang Yimou que consiguió conquistar occidente con su cine poético, sencillo, emocional y estéticamente bello. Posdata: tengan a mano un paquete de kleenex, los van a necesitar.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 24 de agosto de 2012

Ted (2012) de Seth MacFarlane




Quizás a muchos no les diga nada el nombre de Seth MacFarlane, pero seguramente gran parte de ellos conocerán la serie de animación televisiva Padre de familia (Family Guy, 1999-actualidad). Pues el director y guionista de esta original comedia que nos ocupa es el mismo responsable creador de las aventuras de Peter Griffin y su familia. Con este dato, ya sabemos que nos puede deparar Ted, grandes dosis de humor irreverente, absurdo, escatológico y en ocasiones, excesivo. Pues sí, esas expectativas podemos darlas por colmadas tras el visionado del film. Entretenimiento desenfrenado para públicos sin complejos. Ted supone el debut cinematográfico de MacFarlane y narra la historia de John Bennett (Mark Walhberg) que siendo niño ve cumplido su deseo de dar vida a su osito de peluche para así tener un fiel amigo. Desde entonces, Ted (cuya voz es interpretada en la versión original por el propio MacFarlane) vive con él, hasta que su alocado e inmaduro estilo de vida se interpone entre John y su novia Lori (Mila Kunis). Desencadenado el conflicto, John tendrá que elegir entre Ted y Lori, argumento ya manido en multitud de comedias románticas, aunque en este film se trate de forma bastante diferente.

Con clara vocación televisiva, el film plantea la relación entre los protagonistas de manera similar a como lo hace la serie de televisión Wilfred (2011, Jason Gann, Adam Zwar) en la que el protagonista es el único que puede ver al perro, que da nombre a la serie, en su forma humana y oírlo hablar. Al igual que Wilfred, el aparentemente cariñoso Ted, es un liante de tomo y lomo que traerá de cabeza a su mejor amigo. Y no es nuevo esto de introducir personajes imposibles, pues ya en Padre de familia encontrábamos a Brian Griffin, un perro que hablaba y se comportaba como un humano. Para muchas otras cosas, la exitosa serie televisiva de MacFarlane es referente para su film, como los inesperados cameos de famosos, entre los que destaca el homenaje autoparódico a Sam J. Jones, protagonista en los años ochenta de película de culto Flash Gordon (1980, Mike Hodges). La secuencia que protagoniza es uno de los momentos más delirantes del film y que hará las delicias de los que conocen de qué personaje estamos hablando.

El osito Ted le roba todo protagonismo a los actores de carne y hueso por lo que no podría destacar ninguno de sus trabajos por encima de otros, simplemente decir que están correctos. Comentar también que las pequeñas dosis de sentimentalismo en determinados momentos del film no lo hacen desmerecer, equilibrando una comedia que sin ellos sería una sucesión de gags deslavazados. También hay que dejar claro que este osito no es apto para niños, así que no lleven a sus hijos pequeños a verla. En su contra podemos entrever cierto grado de misoginia por el tratamiento que la película hace de los personajes femeninos y algunos excesos, pues en determinados momentos (pocos) el humor se pasa de rosca, aunque nunca llega a la incorrección que alcanzaban algunos gags cómicos de Padre de familia.

MacFarlane sale bastante airoso de su primera tentativa cinematográfica al trasladar a otra historia y otro formato su especial sentido del humor. Sus fans se sentirán complacidos y los que no lo conozcan podrán experimentar otro tipo de comedia salvaje alejada de los modelos más imperantes en el cine americano.



7/10



Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 16 de agosto de 2012

Moonrise Kingdom (2012) de Wes Anderson




Cualquier espectador familiarizado con el cine de Wes Anderson, reconocerá su mano desde la primera secuencia de Moonrise Kingdon (ya característico movimiento de cámara para describir y situar el espacio de la acción), pues ésta, su última película hasta la fecha, puede ser considerada como la esencia pura del universo creativo del director tejano. Como buen autor autorreferencial, Anderson vuelve a crear un microcosmos particular en el que los personajes parecen adoptar actitudes y comportamientos parecidos a los de otras de sus creaciones como Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001) o Life Aquatic (2004). Ambientada en los años 60,  en una ficticia isla que podríamos suponer situada en Nueva Inglaterra, Moonrise Kingdom narra la historia de amour fou de dos preadolescentes, Suzy (Kara Hayward) y Sam (Jared Gilman), cada uno con una historia detrás que los hace ser marginados, bueno, más bien les hace ser unos “bichos raros”. Suzy tiene problemas para controlar su temperamento y mantiene una relación de lo más tensa con sus padres (Bill Murray y Frances McDormand). Sam, huérfano que vive con una familia de acogida, pertenece a un grupo de boy scouts en el que sus compañeros le hacen el vacío debido a su peculiar personalidad. Ambos encontrarán en el otro su alma gemela y surgirá el amor, un amor inocente, por mucho que los adultos no lo vean del mismo modo, pues ambos tienen apenas doce años de edad. La decisión de huir juntos de sus respectivos espacios opresores les proporcionará la ansiada libertad para vivir una experiencia iniciática en el tema sentimental.

Anderson cuida de nuevo al máximo sus preferencias estéticas. La fotografía, los colores, los homenajes literarios, las referencias musicales, los símbolos de cierta cultura popular, etc., todo pensado y preservado hasta el más mínimo detalle. Junto a los delicados movimientos de cámara, los zooms y los medidos encuadres, hacen de Moonrise Kingdom un verdadero caramelo visual, estéticamente muy refinado. Respecto a la narración, Anderson se toma su tiempo para comenzarla. Sin prisa, va acelerando el ritmo hasta un tercer acto un poco atolondrado pero climático hasta la extenuación. El uso del flashback está justificado en las ocasiones que recurre a ello y la presencia de un narrador que se inscribe dentro del relato, es otra de las marcas de la casa de su cine. El reparto de secundarios de lujo, a los nombres antes mencionados hay que añadir los de Edward Norton, Bruce Willis, Harvey Keitel, Tilda Swinton y Jason Schwartzman y la elegante y acertada partitura del compositor francés Alexandre Desplat, suponen sólidos argumentos a favor del notable resultado del film.

Con Moonrise Kingdom, Wes Anderson vuelve al humor inteligente, en un relato que realiza una inmersión por las turbulentas aguas del primer amor, para brindarnos un film que supone la depuración de su personal estilo y que hará reír, llorar, emocionarse al espectador. Tras su experiencia en el cine de animación con Fantástico Sr. Fox (2009) y, la algo más floja Viaje a Darjeeling (2007), vuelve a tomarle el pulso a su carrera con un gran film. Sin duda, unos de los directores independientes americanos más creativos de su generación, junto a nombres como Spike Jonze, Darren Aronofsky o Paul Thomas Anderson.



8/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 7 de agosto de 2012

El mundo es nuestro (2012) de Alfonso Sánchez




Siempre he pensado que contar con un presupuesto ajustado (en este caso, muy ajustado), despierta la imaginación de los cineastas, que deben sacarle el máximo partido a los escasos recursos. En un año donde hemos visto Batman, Spiderman, Los Vengadores, etc., toparse con dos personajes como El Culebra y El Cabeza, que pretenden luchar contra la injusticia social de una manera cuanto menos peculiar, supone una brisa de aire fresco para el panorama cinematográfico actual. El mundo es nuestro, supone el debut en el largometraje del director sevillano Alfonso Sánchez, que cuenta con un amplio bagaje como actor y que alcanzó cierta popularidad con sus creaciones cómicas en internet,  perpetradas junto a su “socio” Alberto López. Ambos dan vida a esta pareja que bordea los límites de la marginalidad y que se convertirá en altavoz de las clases más desfavorecidas. Pero, para los que crean que podría tratarse de un sketch en forma de largometraje, tengo que decirles que se equivocan por completo. La película es una comedia ágil, enérgica y muy divertida. Las situaciones cómicas se suceden sin dar respiro al espectador y, aunque algunos de los gags pueden resultar demasiado localistas, la comprensión del discurso (siempre desde el buen sentido del humor) es bastante nítida y precisa.

El mundo es nuestro constituye un rara avis dentro del cine español con vocación autoral, casi siempre dispuesto a explorar introspectivamente al ser humano. Este film se expande hacia el exterior, tiene la pretensión de llegar al espectador apelando a su sentido colectivo y no individual. Y lo hace por medio de un reparto muy coral de los personajes secundarios, cada uno de los cuales representa a un colectivo o prototipo determinado, ampliando así la mirada crítica de la película sobre la actual situación de crisis económica y la injusticia social que ésta provoca. Alfonso Sánchez recoge el espíritu de Berlanga para retratar unos personajes que destilan carácter sainetesco en su gran mayoría. 

En el aspecto técnico, el film intenta voluntariosamente salvar todos los obstáculos que impone el reducido presupuesto de la producción, pero a veces, resulta imposible y prueba de ello son los numerosos desenfoque provocados seguramente por la falta de tiempo de rodaje y la inviabilidad de realizar más tomas. Igualmente, el sonido es bastante mediocre. Encontramos múltiples fallos de doblaje que lastran algunas de las situaciones más divertidas del film. La fotografía tampoco destaca por su espectacularidad. Es más bien pobre y sin emoción. Sin embargo, el montaje es muy bueno, mostrándose como una de las piezas básicas de la calidad de la película junto a los diálogos con chispa que pueblan todo lo largo y ancho del guión. Pero bueno, no todo es técnica en esto del cine y el espectador debe ser consciente de que las dificultades económicas hacen descuidar algunos aspectos de la película y, en este caso ha sido más el técnico que el artístico, cosa lógica, pues no estamos ante una gran superproducción que pretenda impresionar a la audiencia por medio de las imágenes y los efectos especiales.

Alfonso Sánchez y todo su equipo son el ejemplo perfecto de que talento, voluntad y esfuerzo pueden suplir al dinero en la tarea de confeccionar una película entretenida y muy digna. Muchos cineastas españoles deberían de aplicarse el cuento y mirarse en el espejo de este joven director sevillano.




7/10


Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 30 de julio de 2012

El caballero oscuro: La leyenda renace (2012) de Christopher Nolan




El aclamado director británico Christopher Nolan cierra su trilogía dedicada al famoso superhéroe de DC Comics con, seguramente, la entrega más floja de las tres. Y es que con esta nueva película de Batman, Nolan firma un trabajo bastante irregular, lejos de la calidad de El caballero oscuro (2008) o la interesante Batman Begins (2005). Un punto y final que, aunque dejará satisfecho a sus fans más incondicionales, no cumple con las (elevadas) expectativas que un blockbuster como éste prometía a priori. No obstante, El caballero oscuro: La leyenda renace contiene los momentos más espectaculares de la trilogía, como la brillante secuencia inicial o las escenas de lucha que protagoniza el héroe vestido de negro. Pero a Nolan hay que pedirle algo más que una puesta en escena espectacular, pues sólo con eso no se consigue una película para ser recordada. El gran hándicap del film lo constituye el guión, que parece escrito apresuradamente y dónde la casualidad domina sobre todas las acciones. Un guión facilón, conservador y un poco mentiroso. Además, narrativamente no sorprende, no parece Nolan (el de films como Memento (2000) u Origen (2010)), pues maneja el tiempo cinematográfico muy torpemente y recurre a ingenuos flashbacks explicativos que son prescindibles y en algunos casos hasta aburridos.

En cuanto al reparto destaca Christian Bale dando vida al oscuro caballero pero sin la brillantez alcanzada en la anterior película, en la que contaba con la figura antagonista del Jóker, al que daba vida el fallecido Heath Ledger, y cuyas réplicas creaban un conjunto interpretativo grandioso. Anne Hathaway como Catwoman y Joseph Gordon-Levitt, que interpreta a un joven e idealista policía ayudante de Batman, resultan los personajes más interesantes y las interpretaciones más redondas, unos secundarios que dan bastante empaque a la narración. Sin embargo, son meramente presenciales los papeles interpretados por Morgan Freeman, Gary Oldman o Matthew Modine y rozando el ridículo, el papel interpretado por la francesa Marion Cotillard, que desgraciadamente parece no conseguir triunfar en Hollywood, y con estos  anodinos papeles de mujer, jamás lo hará. Mención especial merecen Michael Caine, que en todas sus escenas está llorando o a punto de hacerlo, un gran desperdicio para el gran actor británico; y Tony Hardy que interpreta al malvado Bane, creando un trabajo escénico con momentos muy buenos y otros, no tan buenos.

Técnicamente, el film es una auténtica joya. Han empleado con acierto los 250 millones de dólares de presupuesto, sobre todo en los planos generales de Gotham al borde de la destrucción y en el rodaje de las escenas de acción y persecuciones. Es su punto fuerte y en el que destaca sobre otras adaptaciones de cómics de superhéroes realizadas por los grandes estudios de Hollywood en la última década.

Su punto más negro, el discurso fascista que subyace en el film, pues criminaliza la revolución, tacha al pueblo de cobarde y glorifica el estado policial como el único garante contra el caos y la destrucción. A pesar de no ser un mensaje nuevo en el cine de masas americano, esta nueva película de Batman lo lleva al extremo y no es nada positivo, dada la ingente cantidad de público joven potencial que puede resultar confundido con tanta idea represiva.

Para no extenderme más, diré que Nolan ha conseguido alcanzar un final épico para su trilogía, pero que por el camino se ha perdido un poco, ha dado tumbos y la sensación que se le queda a uno como espectador es que no estaba realmente tan motivado ante el desafío.



6/10


Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 16 de julio de 2012

Polisse (2011) de Maïwenn




La actriz, directora y guionista francesa Maïwenn Le Besco, retrata en esta obra la vida y el trabajo de una brigada policial de Paris dedicada a la protección de menores. La labor diaria de estos hombres y mujeres, no muy conocida por la opinión pública, resulta novedosa en cuanto a la representación del trabajo policial. En el cine, estamos acostumbrados a ver a policías y detectives persiguiendo a ladrones, asesinos, traficantes de drogas, etc., pero en esta ocasión los “malos” de la película son los pedófilos, los maltratadores de niños y los violadores de menores. Un reparto muy coral, en el que destaca la presencia de actores poco conocidos internacionalmente pero con una trayectoria sólida dentro de la cinematografía francesa, Maïwenn realiza un gran trabajo de dirección de actores, consiguiendo de todos ellos una dosis de verismo excepcional. Quizás, el papel que interpreta la propia directora, una fotógrafa que se introduce en el grupo para documentar su trabajo con vistas a la edición de un libro, resulta el más flojo de todos los roles y la subtrama que protagoniza, desentona con respecto al resto del film hasta el punto de parecer algo frívola.

Los casos basados en acontecimientos reales presentados en Polisse son tratados a modo de documental, sin recurrir en ningún momento a escenas demasiado explícitas de abuso sexual,  y podemos dividirlos en dos: los interrogatorios y las detenciones. En los primeros es dónde encontramos la columna vertebral del film. Escenas llenas de tensión dónde el espectador se identifica con los policías y el sufrimiento de las víctimas. Desgarrador es el momento en que una madre indigente tiene que renunciar a la custodia de su hijo debido a la imposibilidad de mantenerlo. Igualmente desolador resulta el sentimiento de impotencia de los agentes al comprobar cómo la confesión de un pedófilo de clase alta no provoca su detención, al salir impune dada su privilegiada posición económica y social. Sin embargo, todos estos micro-relatos no llegan a desarrollarse ni a concluir, dejando esta tarea a la libre imaginación del espectador, responsable de darles un posible final. Las escenas de detenciones son más convencionales y recurren a la aceleración narrativa por medio de un montaje más rápido que incrementa el ritmo del relato. Cabe destacar también la que en mi opinión resulta la escena más dura de toda la película, la que corresponde al aborto de una menor embarazada de su violador. No digo más, juzguen ustedes.

Para aligerar el desagradable y desagradecido trabajo de los policías, Maïwenn introduce subtramas que desarrollan las relaciones vitales de los personajes, imprimiendo un toque de humanidad al film y una vía de escape emocional para el espectador, sometido al peligro de saturación que provocan las historias de semejantes delitos. La coherencia en la puesta en escena es otro valor significativo del film, así como su guión, escrito a la par por la directora y por Emmanuelle Bercot, que también da vida a una de las agentes de policía. Con Polisse, ganadora del Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes y nominada a 13 Premios César, Maïwenn denuncia el poco reconocimiento que tiene este tipo de trabajo y la presión que ejercen estos delitos no sólo en las víctimas sino también en los policías, muchas veces atados de manos ante los delincuentes y la propia justicia. La repercusión de todo esto se sintetiza en un final impactante que dejará al espectador con la sensación de haber asistido a una verdadera representación de la (dura) realidad.



8/10


Daniel Muñoz Ruiz 

sábado, 30 de junio de 2012

Las malas hierbas (2009) de Alain Resnais




El maestro del cine francés Alain Resnais cumplió 90 años el pasado 3 de junio. Tenía algunos años menos cuando realizó Las malas hierbas y sin duda, para el aficionado al cine, no necesitará presentación. Coetáneo de la Nouvelle Vague pero poseedor de un estilo muy personal y una forma de narrar más compleja, Resnais es responsable de títulos fundamentales para entender la modernidad cinematográfica tales como Hiroshima mon amour (1959) o El año pasado en Marienbad (1961). Éste es su último trabajo estrenado hasta la fecha en España, que nos llega muy tarde, como casi siempre, pero no por ello pierde un ápice de frescura. El director francés recupera la esencia de sus ficciones, una historia de amour fou con elementos surrealistas y personajes que bordean la frontera de la locura. Marguerite Muir (Sabine Azéma, actriz habitual en los últimos films de Resnais) es una dentista cuarentona, fantasiosa y un poco taciturna, que tras sufrir el robo de su cartera, con toda su documentación, conoce a Georges Palet (André Dussolier, otro habitual), hombre de mediana edad, casado, parado y con tendencia al comportamiento obsesivo. Tal disfunción será la que le llevará hasta el límite del acoso con tal de conocer a Marguerite y que ésta le agradezca el hallazgo y posterior devolución de su cartera. A partir de aquí, los sentimientos de la pareja protagonista transitarán entre el amor pasional, el rechazo, la locura y la obsesión, sin que podamos atribuirlo a una causa determinada. Además, el film cuenta con secundarios de lujo como Mathieu Almaric, Emmanuelle Devos y Anne Consigny que aportan excelentes réplicas humorísticas a los protagonistas, elevando el tono interpretativo general que es uno de los puntos fuertes de la película.

Toda obra cinematográfica requiere por parte del espectador un esfuerzo para completar su significación. Cierto es que en la mayoría de las películas comerciales, este esfuerzo es mínimo dada la profunda convención narrativa alcanzada por el modelo mainstream. Resnais siempre ha necesitado la complicidad del espectador. Sus films requieren de una mirada liberada, prescindiendo de la lógica. Mirar más bien con el corazón que con el cerebro. Y es así como se puede descubrir la belleza esencial de Las malas hierbas, cuyo objetivo nos es ser consumida desde el punto de vista de la razón sino ser sentida, vivida como la locura amorosa de la que son presa el dúo protagonista. Si el espectador se posiciona inamoviblemente en la razón, el film le resultará incomprensible y absurdo. El director de Noche y niebla (1955) vuelve a recurrir a su pericia en el arte del montaje, junto al cotizado montador Hervé de Luze, para construir un relato complejo, que rezuma poesía en cada una de las imágenes. Parte de la culpa la tiene el director de fotografía Eric Gautier, que ya trabajó con él de forma más expresionista si cabe en Asuntos privados en lugares públicos (2006), film al que Las malas hierbas le debe algo. La enigmática música de Mark Snow (presente también en Asuntos…) contribuye a dar al conjunto el componente fantástico tan particular de la obra.

Nuevamente, Alain Resnais firma una obra muy personal estilísticamente, que hará las delicias de los seguidores del cine menos convencional, pero que desatará la ira y la incomprensión entre los espectadores más conservadores, que con toda seguridad, no le verán la gracia.



8/10


Daniel Muñoz Ruiz

martes, 19 de junio de 2012

Control (2007) de Anton Corbijn



Ian Curtis fue el líder del mítico grupo británico post-punk Joy Division. Se suicidó en mayo de 1980 con tan sólo 23 años. Ahí comenzó la leyenda. Control es el primer largometraje del director de videoclips musicales holandés Anton Corbijn, responsable de crear la imagen de grupos como U2 o Depeche Mode. Y nadie como él para firmar un biopic sobre Ian Curtis, pues lo conoció y fue un gran admirador suyo en sus últimos momentos.

La primera parte del film es bastante expositiva. Retrata a Curtis como un joven introspectivo y callado. Un tímido con ganas de ser diferente como desea serlo cuando se mira al espejo, imagen que recuerda al adolescente de C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), que quiere ser David Bowie. Pasada esa etapa, con el grupo Joy Division ya formado, la película se focaliza completamente en Ian, en sus ataques esquizofrénicos y en sus problemas sentimentales. Control nos describe a un ser hipersensible, al que casi todo le provoca daño emocional, que refleja en sus letras de canciones. Un ser que vive apartado de todos, como bien reflejan las secuencias en las que evita el contacto con su mujer en el domicilio conyugal. Es la historia de destrucción de una joven vida, una flor que se marchita empujada por el déficit emocional que padece.

Es de suponer que debido a que Control es la adaptación de la biografía escrita por la viuda de Curtis (que también ejerce de productora), no muestra con más fondo cómo era su vida en las giras y la relación extramarital con Annika Honoré, que podría haber contribuido a darle cuerpo a la trama de la ficción biográfica. Sin embargo, las actuaciones en directo son bastante meritorias y hay que destacar al actor que da vida a Curtis, Sam Riley, verdadero descubrimiento del film. Riley imita a la perfección al cantante británico en sus compulsivos movimientos sobre el escenario. También debido a la procedencia de la adaptación, el personaje de su mujer está bastante dimensionado, algo que es de agradecer porque Samantha Morton dota al personaje de Deborah Curtis de intensos matices dramáticos en una interpretación redonda. La necesaria y elegante fotografía en blanco y negro es igualmente un hecho a destacar así como la pausada puesta en escena (obviando las actuaciones musicales).

Sin embargo, Control no deja de ser un biopic al uso sobre una figura mitificada. Nada que ver con lecturas más arriesgadas como Last Days (Gus Van Sant, 2005) sobre los últimos días de Kurt Cobain, otro mártir del rock. Corbijn no es tan innovador ni quiere en ningún momento transgredir las fronteras del narrador. Se conforma con intentar crear un fiel retrato del que (pudo) ser Ian Curtis. Sin duda es una película muy atractiva para los admiradores de Curtis y Joy Division (entre los que me incluyo), sobre todo en las actuaciones en directo, pero dudo mucho que alguien que no los conociese pueda concebir esta película más allá del drama de un oscuro ser humano superado por la presión de la fama y su desastrosa vida sentimental. A pesar de eso, es una opción bastante recomendable.



8/10

Daniel Muñoz Ruiz