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martes, 21 de febrero de 2012

Los descendientes (2011) de Alexander Payne


“Adiós mi amor, mi amiga, mi sufrimiento…”. Éstas son las palabras con las que se despide Matt King (George Clooney) de su esposa en coma, justo antes del fatal desenlace. La conmovedora secuencia sintetiza de forma poética todo el dolor por el que pasa el protagonista de Los descendientes. La última película del director Alexander Payne es un drama familiar que bien podría haber sido el típico telefilm de sobremesa, de desgracias y lágrimas, pero que, sin embargo, resulta ser una bella historia sobre las filiaciones, la infidelidad, el redescubrimiento personal y la afirmación de valores. King es un padre de dos niñas, una de 10 y otra de 17, que tiene que volver su mirada hacia ellas después del terrible accidente acuático sufrido por su mujer. El film comienza con un primer plano (el único en el que veremos a la señora King con vida) mientras practica esquí acuático. Pero el verdadero relato empieza con Matt King en el hospital, en esa habitación donde yace entubada su esposa, estancia que se convertirá en lugar de peregrinaje de familiares y amigos y dónde King mantendrá los momentos más íntimos con ella, quizás en años, pues la pareja estaba sumida en una severa crisis de la que él ni siquiera era consciente. El hecho trágico cambiará su vida provocando que se replantee su relación con sus hijas Scottie (Amara Miller) y, sobre todo con la mayor, Alexandra (Shailene Woodley, por cierto, un gran descubrimiento y una actriz con futuro prometedor), portadora de un gran secreto que al ser desvelado tendrá consecuencias devastadoras en el ánimo de King.
Pero también, como su título indica, Los descendientes es una película sobre los antepasados, sobre la herencia familiar y los problemas y disputas que acarrean. Matt King es el administrador de una gran parcela de tierra virgen en Hawai, que ha pertenecido a su familia durante muchas décadas y cuya venta desean la mayoría de sus primos, pues les reportará muchos cientos de millones de dólares. Y es este tema otro de los debates morales que plantea Payne, la renuncia a las raíces, a la naturaleza, a la tierra virgen por la especulación urbanística feroz propia del capitalismo financiero actual. El profundo cambio emocional de Matt también se verá reflejado en su actitud ante ese dilema. Por medio de una narrativa particular, muy compensada y sin estridencias, que tan bien supo emplear Payne en A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002) o Entre copas (Sideways, 2004), construye un relato sobrio pero al mismo tiempo emocionante, reflexivo y, en algunos momentos melancólico, sin renunciar a algún toque de comedia, pero en mucha menor medida que en sus anteriores trabajos.
El director de Omaha consigue introducirnos e implicarnos emocionalmente con su relato apoyado en la gran interpretación de sus actores, sobre todo un Clooney más vulnerable e introspectivo que nunca pero que no abandona por completo su comicidad innata. El Hawai que transmiten sus imágenes, un paraíso en medio de una historia triste, viene también a sustentar el carácter de la película que, como parece interesarle a Payne en cada proyecto que desarrolla, centra su atención en los seres humanos y sus vidas, como un Jean Renoir o un Roberto Rossellini contemporáneos. La verdad, se echan en falta más películas como ésta dentro del decadente cine americano actual.
8/10
Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 6 de febrero de 2012

Blue Valentine (2010) de Derek Cianfrance


En los tiempos que corren, los matrimonios se crean y se destruyen con excesiva rapidez. Seguramente todos conocemos algún caso concreto en el que una pareja por la que apostaríamos sólidamente, al cabo de pocos años se separa. Blue Valentine supone una representación fílmica en forma de ficción que, sin embargo, tiene lugar cada vez más y más en la vida actual. Cindy (Michelle Williams) y Dean (Ryan Gosling) forman un matrimonio joven, con una hija pequeña, que vive sus últimos coletazos. El director, Derek Cianfrance, explora un tema, el de las relaciones matrimoniales, llevado a la gran pantalla en multitud de ocasiones, pero sin perder un ápice de vigencia. Grandes figuras del cine como Ingmar Bergman, Woody Allen o John Cassavetes lo han tratado hasta la saciedad. Así, el film de Cianfrance es una actualización del matrimonio, en este caso, del amor y el dolor que habitan en él a partes iguales.

Blue Valentine se sustenta sobre la magnífica interpretación de sus dos protagonistas. Tanto Williams como Gosling construyen personajes cargados de matices y alejados de clichés. La estructura narrativa del film permite la oscilación entre el drama y la comedia romántica, decantándose más por el primero, pues su tono general transmite tristeza, como muy adecuadamente semana su título. La historia del joven matrimonio es contada por medio de flashbacks. Descubrimos qué era de ellos antes de conocerse, el momento en que se ven por primera vez (sin duda, muy original), las primeras relaciones sexuales y la boda, momento que enlaza con el tiempo presente, la crisis de la pareja. El director da preeminencia a los primeros planos sobre los planos abiertos y rueda en casi todo momento con objetivos de distancia focal larga, lo que provoca la poca profundidad de campo. Este recurso técnico permite a Cianfrance centrar su atención (y la del espectador) en los personajes sin ningún tipo de obstáculo ni distracción. Incluso en las escenas de sexo más explícito, podemos comprobar la valentía y sutiliza de la realización, que en ningún momento resulta ofensiva o de mal gusto, a pesar de ser catalogada “R” (equivalente a nuestro “para mayores de 18 años”) en su país de origen, hecho que frenó su éxito comercial. Una vez más, una demostración de “libertad” y “progreso” en EE.UU.

Como buena película de cine independiente norteamericano actual, encontramos en Blue Valentine una música envolvente y emotiva. El score del film es obra de la banda de Brooklyn Grizzly Bear, que con su sonido folk psicodélico, añade una pieza fundamental para el ensamblaje de la historia.

Derek Cianfrance es responsable de numerosos trabajos documentales, sobre todo para la televisión, y esto se nota en su gusto de imprimir ciertas dosis de realidad a su ficción. También es el autor del guión, junto a Joey Curtis y Cami Delavigne, y tiene experiencia como director de fotografía. Blue Valentine supone su pasaporte hacia presupuestos más elevados que, confiemos, no le hagan perder su personalidad y su estilo, que tan buen sabor de boca nos ha dejado con este film.


8/10


Daniel Muñoz Ruiz