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jueves, 28 de febrero de 2013

ABC África (2001) de Abbas Kiarostami

 
 
Una llamada de auxilio. Una llamada de atención a nuestras conciencias. Un canto a la vida, a pesar de las desgracias. Nuevamente, el director iraní, Abbas Kiarostami nos invita a ver, a observar el mundo desde la perspectiva de la mirada. Este documental, rodado de forma casi amateur, cámara en mano en todo momento y editado sin grandes artificios, supone una muestra fiel de la situación provocada en Uganda por los años de guerra civil y la terrible epidemia de sida que sufre. Respondiendo a la llamada de una ONG local que se encarga de los miles de huérfanos que han dejado estas desgracias, Kiarostami, acompañado de su director de fotografía, Seyfodah Samadiam, intenta captar la vida de esa población que, lejos de sumirse en la desesperación, se organiza para hacer frente a las penurias económicas y los estragos demográficos causados por la enfermedad.
 
Cuenta el documental que en su fecha de realización existían en Uganda 1,5 millones de niños que habían perdido a uno o a los dos progenitores. La situación obligaba a las jóvenes viudas o incluso a las abuelas, a hacerse cargo de muchos niños en condiciones de extrema pobreza. El film muestra el trabajo de los miembros de la ONG que pretenden dar a las comunidades integradas en las aldeas un medio para su propia subsistencia. Nos ofrece también testimonios de primera mano de los protagonistas de esta situación, tanto de las propias “víctimas” como de otros “actores”, como lo son la joven pareja de austriacos que acuden a Kampala para adoptar a un bebé huérfano. No se recrea en imágenes crudas que puedan mostrar el horror del hambre, la pobreza y la enfermedad. De hecho, el documental sólo tiene un momento, realmente estremecedor, en el que observamos cómo una enfermera envuelve el cadáver de un niño que acababa de morir en un hospital de enfermos de sida.
 
También, Kiarostami da voz a la actitud que toma la Iglesia Católica respecto al uso de anticonceptivos. Cerradamente contrarios a su uso, no son conscientes del problema de contagios de VIH que provocan y sólo proponen la abstinencia sexual como lucha contra este tremendo problema. Pero, lo fácil hubiera sido criticar firmemente esta postura. Sin embargo, el director iraní no arremete duramente contra la institución religiosa, dando la oportunidad al espectador de formarse su propia idea al respecto.
 
Visualmente la película es muy coherente con la cinematografía de Kiarostami. Nunca recarga los planos. Opta por una realización que invita a observar, a dirigir la mirada sobre una realidad, que en este caso es bastante adversa. Nunca utiliza el recurso fácil de mostrar la enfermedad y a los niños famélicos, que ya estamos acostumbrados a ver en los documentales sobre la extrema pobreza y el hambre en el continente africano. En vez de esto, Kiarostami nos enseña la vida tras la desgracia. Esos niños riendo, jugando, las jóvenes viudas cantando y bailando. Ante una cultura que le es ajena, intenta sumergirse en la vida del pueblo ugandés sacudido por tantos contratiempos y que sin embargo conserva la alegría por continuar viviendo. Estas emociones, ya las sentimos en su magnífica película Y la vida continúa (1991), en la que representaba la vida del pueblo iraní tras el terrible terremoto de 1990. El documental concluye con la marcha del equipo técnico del poblado, en coche, otro elemento recurrente en la filmografía de Kiarostami.
 
Sin duda, nos encontramos ante un magnifico documento antropológico sobre el pueblo ugandés después de la tristeza, de la desgracia, en la que sólo queda la vida, seguir viviendo.
 
 
8/10
 
 
Daniel Muñoz Ruiz

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