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viernes, 19 de julio de 2013

Inch’Allah (2012) de Anaïs Barbeau-Lavalette




Inch’Allah, que significa “si Dios (Alá) quiere”, sitúa su relato en el eterno conflicto palestino-israelí, pero lejos de ser una película más sobre la espinosa contienda bélica, estamos ante una narración que pretende ser objetiva, neutral, gracias a la experiencia vivida por su directora, la canadiense Anaïs Barbeau-Lavalette, que vivió una situación similar a la de su protagonista. Y digo pretende, porque no llega a conseguirlo como veremos más adelante. Chloé (Evelyne Brochu) es una joven canadiense que ejerce de médico atendiendo a mujeres palestinas en un ambulatorio de las Naciones Unidas situado junto al campo de refugiados de Ramallah. Su vida se desarrolla entre su trabajo en Palestina y su tiempo libre en Jerusalem, ciudad en la que reside. Todos los días que trabaja, Chloé debe pasar el puesto de control fronterizo organizado por el ejército israelí para evitar que pasen presuntos terroristas palestinos a territorio judío. Allí, se encuentra con su amiga y vecina Ava (Sivan Levy), una joven soldado israelí con la que mantiene una estrecha relación. Por otro lado, en su trabajo también entabla una profunda relación con una joven palestina embarazada, Rand (Sabrina Ouazani), cuyo marido está encarcelado acusado de terrorismo y su hermano, Faysal (Yousef Sweid), resulta ser también un activista palestino. El punto de vista de la película, el de su protagonista Chloé, irá progresivamente perdiendo su imparcialidad para posicionarse al lado de los palestinos, debido a las atrocidades por parte del ejército israelí que ella misma presencia. Sólo el personaje de la joven Ava y la tensión que supone su labor militar, puede provocar algún tipo de empatía del espectador hacia los israelitas, pues los atentados (que los hay en el relato) siempre permanecen fuera de campo, nunca somos testigos de ellos, aunque la figura del mártir islámico no se ensalce de manera clara.

Por tanto, la directora partiendo de lo que parecía un discurso imparcial, llega a la conclusión de la imposibilidad de ser neutral. Es necesario identificarse emocionalmente con alguna de las partes implicadas, aunque como observamos en el caso de su jefe, el médico que dirige el ambulatorio, parece ser posible conseguir esa neutralidad. Supongo que depende de lo fría que sea la persona, y en este caso, Chloé no es precisamente una persona que no se implique emocionalmente, como lo demuestra sobradamente a lo largo del relato. Así, Inch’Allah se convierte en la representación de la mirada de una mujer extranjera sobre una guerra que no es la suya, canalizada por otras dos miradas femeninas que representan los dos bandos en conflicto. La cuidada puesta en escena en la que podemos darnos cuenta de la formación de la directora en el campo del documental, no evita que caiga en vicios muy extendidos en películas ambientadas en terrenos de conflicto bélico, esto es, la sempiterna cámara al hombro temblorosa, algo efectista y probablemente prescindible, pues la estética en conjunto y la dirección de fotografía, obra del padre de la directora, Philippe Lavalette, en especial, confieren una extraña belleza a los ruinosos paisajes de Cisjordania.

En su tramo final, el film se hace algo previsible y el espectador cae en la cuenta que está ante otro intento de reflejar la realidad del conflicto palestino-israelí que no va más allá de los lugares comunes tratados tradicionalmente por la cinematografía. Pero visto con otros ojos, Inch’Allah resulta una notable película sobre la mujer y su situación en dicho conflicto.


7/10



Daniel Muñoz Ruiz

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