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sábado, 30 de noviembre de 2013

Sólo Dios perdona (2013) de Nicolas Winding Refn


 
 
El arte cinematográfico no puede restringirse a una definición cerrada pues nunca se llegará a un consenso total de lo que es “arte” y lo que no. Por lo pronto, si consideramos las cualidades artísticas que se le suponen a cualquier film, el concepto de autor, de director-artista, sí podríamos delimitarlo con mayor precisión, pues así ha sucedido durante toda la historia de la crítica cinematográfica. En este sentido, el director danés Nicolas Winding Refn responde a tal perfil, y como todos los autores, tiene sus seguidores acérrimos y sus detractores más duros. Tras ver Sólo Dios perdona, su último trabajo, puede contarme entre sus seguidores, algo que no ocurría hasta ahora pues, ni siquiera Drive (2011), su film más popular, conseguía convencerme del todo. Sin embargo, el film que nos ocupa sí demuestra una honestidad autoral mayor, desechando cualquier elemento comercial que, con toda seguridad, le hubiera reportado más beneficios económicos. Julian (Ryan Gosling) y Billy (Tom Burke) son dos hermanos, traficantes de drogas, que dirigen un gimnasio “tapadera” en la metrópoli de Bangkok. Tras un arrebato de locura, Billy viola y asesina a una prostituta de 16 años. La policía, en lugar de detenerlo y llevarlo ante la justicia, lleva al padre de la joven fallecida hasta el escenario del crimen y allí, en la sórdida habitación de un motel, le sirven en bandeja la venganza. Tras ser Billy brutalmente masacrado a manos del hundido padre, entra en escena Crystal (Kritin Scott Thomas), madre de los dos hermanos, cuyos deseos por vengar la muerte de su hijo mayor desencadenará una auténtica guerra entre los miembros del hampa y la policía, cuya cabeza visible es el misterioso agente retirado Chang (Vithaya Pansringarm).

Sólo Dios perdona es un film extraño, hipnótico, de una sencillez narrativa que descoloca al espectador más acostumbrado a los convencionalismos. Plagado de elementos simbólicos y sirviéndose de continuas elipsis, la dirección de fotografía, obra de Larry Smith, que trabajó nada más y nada menos que con Stanley Kubrick, es sin duda lo más destacable de la puesta en escena. Los ambientes que crea el trabajo sobre la luz, los colores (sobre todo el rojo y el azul) son tanto o más protagonistas en el relato que los actores que encarnan los personajes. El sonido también está muy cuidado y los largos y lentos travelling aportan esa cualidad hipnótica, esa pausa para la reflexión, que sin ella, estaríamos ante una simple historia de cine negro muy violenta. Puede parecer pretencioso, quizá lo sea en determinados momentos, pero dentro del conjunto se revelan elementos esenciales para la expresión artística del trabajo de Nicolas Widing Refn. En cuanto a las interpretaciones, los actores cumplen a la perfección con sus personajes, poco dotados de humanidad y dominados por los silencios y las miradas. El laconismo e inexpresividad de Gosling alcanza el paroxismo, sólo superado por la interpretación de Pansrimgarm. La mayor parte de los diálogos son pronunciados por Scott Thomas, único personaje que demuestra tener sentimientos, aunque estos no sean precisamente puros.

Es un poco atrevido comparar este film con algunos maestros como David Lynch, Luis Buñuel o los más recientes Lars Von Trier, Gaspar Noé o Leos Carax, pero podemos encontrar puntos en común entre todos estos cineastas que gustan de lo onírico y simbólico para crear obras chocantes y difíciles de explicar desde el punto de vista lógico. Dedicada a Alejandro Jodorowsky, la influencia de la psicomagia es bastante perceptible también. Sólo Dios perdona traerá consigo la polémica. Unos la considerarán la película del año. Otros un simple ejercicio estilístico vacío de contenido. En mi opinión, me acerco más a la primera opción.

 

8/10

 

Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 21 de noviembre de 2013

La gran belleza (2013) de Paolo Sorrentino


 
 
Pocas veces en los últimos tiempos tiene uno la oportunidad de salir de una sala de cine fascinado con lo que acaba de desfilar ante sus ojos. El nuevo largometraje del italiano Paolo Sorrentino conseguirá ese efecto en la mayoría de los espectadores que se acerquen a su trabajo sin ideas preconcebidas. Y es que el título del film, La gran belleza ya da una idea de lo que tenemos entre manos. Jep Gambardella (Toni Servillo) es un escritor y cronista social que desarrolla su profesión entre fiesta y fiesta nocturna. Ya cumplidos los sesenta y cinco años, y tras enterarse de un suceso acaecido a una persona importante de su pasado, Jep comenzará a sentirse melancólico y cuestionar el sentido de su vida. En su círculo de amigos más próximo también encontramos el cinismo y el hastío que provoca una vida tan desenfrenada en la que el lujo superficial vuelve a sus existencias vacías. La búsqueda de la belleza que emprende el protagonista nos hará conocer a través de su mirada la cara oculta y decadente de la sociedad romana actual: hombres de negocios corruptos, prostitutas, cardenales amorales, farsantes de todo tipo…etc. El carácter contemplativo de Jep es la herramienta que usa Sorrentino para dibujar el zoológico humano que habita la ciudad de Roma, amada y odiada a partes iguales por el personaje de Servillo.

La puesta en escena empleada por el director consigue que su larga duración (casi dos horas y media) no se convierta en un lastre. Los movimientos de cámara y los cuidados encuadres, así como el ritmo que imprime el montaje, elemento fundamental en su film Il divo (2008), dotan a su trabajo de una solidez y una belleza especial, que se comprueba en algunos elementos poéticos y simbólicos que introduce el director y que pueden hacer perder el hilo a más de un espectador. La actuación de Toni Servillo es sencillamente genial. Este “monstruo” de las artes escénicas que es el actor italiano lleva trabajando con Sorrentino desde sus inicios y la compenetración es fantástica. Servillo dota a su personaje de un encanto comparable al que conseguía Marcello Mastroianni en sus mejores papeles. En cuanto a la música, la mezcla entre música moderna electrónica, música de baile hortera y piezas de música clásica forman un cóctel ideal para la historia sobre la belleza que nos están contando.

Pero no todo es melancolía, cinismo y decadencia en La gran belleza. Sorrentino reserva un espacio importante para el humor, la ironía y la crítica. Algunos diálogos y situaciones, sobre todo las que tienen lugar en casa de Jep, en su terraza, con algunos invitados, resultan muy divertidos por su nivel de ironía. La ácida lengua de Jep dará lugar a los momentos más brillantes en este sentido. Y la crítica a la sociedad de la opulencia y especialmente a la hipocresía de la Iglesia Católica también ocupa un lugar privilegiado en el devenir del relato. La influencia del maestro italiano Federico Fellini es bastante clara en muchos momentos del film, llegando incluso a los límites del homenaje, en una secuencia que recuerda notoriamente a 8 ½ (Federico Fellini, 1963).

Estamos ante uno de los mejores trabajos de Paolo Sorrentino, que ya deslumbró con Las consecuencias del amor (2004). Para finalizar, me permito hacer una recomendación, esta vez literaria. Se trata de la primera novela escrita por Sorrentino, titulada “Todos tienen razón” y publicada en español por Anagrama. Si gustan de su cine y de los personajes creados por el director napolitano, sin duda, disfrutarán también de su pluma.

 

9/10

 

Daniel Muñoz Ruiz