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viernes, 31 de octubre de 2014

La isla mínima (2014) de Alberto Rodríguez



El thriller policíaco es uno de los subgéneros cinematográficos más agradecidos para el espectador pues le plantea retos y proporciona emociones encontradas que otros tipos de films difícilmente pueden lograr. El cine español no se ha caracterizado mucho por explotar este tipo de películas, pero en las últimas décadas la situación ha cambiado y obras como El Crack (1981, José L. Garci), ya no son una rara avis en la producción nacional. La isla mínima es un (gran) thriller policíaco ambientado en las marismas del río Guadalquivir en el año 1980, en plena transición política española hacia la democracia. Una pareja de detectives (Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo) llegan a un recóndito pueblo sevillano localizado en plena marisma donde han desaparecido misteriosamente dos hermanas adolescentes. Pasados un par de días, aparecen los cadáveres de las menores en la ribera del río con signos manifiestos de tortura y abusos sexuales. Hasta ahí el planteamiento del film es bastante común a multitud de investigaciones plasmadas en la ficción cinematográfica, pero a partir de entonces la trama se va enredando de manera magistral. Progresivamente, los investigadores, con métodos bastante diferentes y poco ortodoxos, irán tirando del hilo para descubrir que el pueblo guarda muchos secretos y que los asesinatos salpican a altas esferas locales.

El director sevillano Alberto Rodríguez, que ya con su anterior trabajo Grupo 7 (2012) demostró un impresionante talento para poner en pie sus guiones escritos con Rafael Cobos, se adentra en el pantanoso ambiente de la Andalucía más rural y agreste para narrar un thriller pensado al milímetro, con un tempo narrativo perfecto, una factura impecable y algún guiño a David Lynch. La recreación de un tiempo y un lugar no tan alejados pero ya lo suficientemente pasados, como ya ocurría en su anterior película ambientada en los meses anteriores a la Expo 92 de Sevilla, tiene un mérito enorme y demuestra el buen trabajo llevado a cabo por todos los miembros de la dirección artística hasta el último de los atrezzistas. La fotografía de Álex Catalán, uno de los directores de fotografía más cotizados del cine español actual, es grandilocuente e impresionante, recordando en algunos momentos, salvando las distancias, al maestro Storaro de Apocalypse Now, en los planos localizados en el río. Destacan también los planos aéreos cenitales, hechos con drones, como el que da comienzo al relato, que parecen auténticas obras pictóricas en movimiento. Y los actores, ¿qué decir de los actores?. Los protagonistas rozan la excelencia con su duelo interpretativo que recuerda a otras famosas parejas de detectives como los de Seven (1995, David Fincher) o la serie True Detectives, con la que el film de Rodríguez guarda más de un punto en común aunque seguramente no buscado. Y secundarios como Nerea Castro, Antonio de la Torre, Jesús Castro, Salva Reina o Manolo Solo, construyen personajes transcendentales para el perfecto desarrollo del intrigante relato. Finalmente y no por ello menos importante, hay que destacar la hipnótica música compuesta por Julio de la Rosa, un magnifico score digno de las altas exigencias de la historia, que puntúa y matiza con majestuosa sencillez.

La isla mínima será una de las mejores películas españolas del 2014 no solo por su poderío narrativo y visual sino por ser un ejemplo de cómo hacer las cosas bien en tiempos de crisis, con presupuestos reducidos y que el resultado final esté por encima de producciones extranjeras con diez veces más presupuesto. El cine español, que no pasa por sus mejores momentos económicos, está produciendo por el contrario sus mejores obras de los últimos 15 o 20 años y entre ellas, La isla mínima ocupará un puesto privilegiado en la lista.



9/10




Daniel M. Ruiz

lunes, 31 de marzo de 2014

Frances Ha (2012) de Noah Baumbach



Frances (Greta Gerwig) y Sophie (Mickey Sumner) son dos muy buenas amigas que comparten apartamento en Brooklyn. De hecho, son las mejores amigas como ellas mismas no paran de decir. O por lo menos eso piensa Frances, que no duda en dejar plantado a su novio cuando éste le pide que se vayan a vivir juntos y ella contesta que no puede dejar tirada con el alquiler a su mejor amiga. Sin embargo, Sophie no piensa igual y a las primeras de cambio opta por marcharse a un apartamento en Tribeca, su barrio preferido de Nueva York, sin tener en cuenta los sentimientos de Frances. Noah Baumbach, director estadounidense nacido en 1969, comparte generación con figuras del cine independiente americano como Spike Jonze, Darren Aronofsky (sólo al principio de su carrera) o Wes Anderson, con el que colaboró en los guiones de Life Aquatic (2004) y Fantástico Sr. Fox (2009). Sus historias tienen en común el desarrollo de personajes en crisis, muchas veces a la deriva, que tratan de encontrar su lugar en el mundo. Además, cada uno lo hace con un estilo de autor que logra que sus films tengan un toque inconfundible. En Frances Ha, Baumbach crea junto a Greta Gerwig la actriz que da vida a la protagonista, el retrato de una joven cercana a la treintena cuyos sueños están muy lejos de cumplirse y lo que más valora en su vida es la profunda amistad que mantiene con su mejor amiga. Como ella misma dice, parecen “dos lesbianas que ya no tienen sexo”. Su viaje vital transita entre la inmadurez propia de la adolescencia que se resiste a abandonar y la responsabilidad que se supone debe adquirir pues es más propia de su edad.

Baumbach homenajea a la Nouvelle Vague, sobre todo a Truffaut y Godard con el uso del blanco y negro, la música de George Delerue y citas más o menos obvias cuando la protagonista viaja a Paris. También encontramos una cita expresa a Mala Sangre (1986) de Leos Carax, otro director del que bebe Baumbach, cuando Frances corre y baila por las calles neoyorkinas al ritmo de Modern Love de David Bowie al igual que lo hiciera Denis Lavant por las calles de Paris. Pero igualmente podemos encontrar referencias al cine de Woody Allen, no solamente por desarrollar la trama principalmente en la ciudad de Nueva York, sino por el tratamiento de los personajes y las situaciones cómicas que recuerdan a ciertos films del genial director. France Ha mantiene un tono contenido durante todo el relato, sabiendo frenar y cortar situaciones que podrían haber caído en el patetismo o en la caricatura. Sienta las bases de su éxito en la magnífica interpretación de Greta Gerwig, que construye una Frances de la que es muy difícil no enamorarse, gracias a su naturalidad y espontaneidad que hacen de esta soñadora una mujer fuerte que nunca se rinde. La belleza del blanco y negro, la fantástica selección musical y la sutileza de las situaciones tanto cómicas como dramáticas hacen el resto.

Es cierto que el cine de Baumbach no goza de tanto éxito comercial como el de algunos de sus coetáneos, pero sus films íntimos y profundamente emocionales, lo sitúan como uno de los creadores más estimulantes del cine independiente americano. Y, además, con Frances Ha nos ha regalado uno de los mejores personajes femeninos dela cinematografía americana de las últimas décadas.


8/10




Daniel Muñoz Ruiz

jueves, 27 de febrero de 2014

El lobo de Wall Street (2013) de Martin Scorsese


“No hay nobleza en la pobreza” dice en un momento del film su protagonista Jordan Belford (Leonardo DiCaprio), un joven bróker que tras unos duros inicios se convertirá en El lobo de Wall Street. Puede que tenga razón, no vamos a juzgarlo aquí, pero donde tampoco asoma la nobleza es en la trayectoria vital de este personaje. Basada en la autobiografía del propio Belford, personaje real que en la actualidad imparte conferencias y escribe libros sobre técnicas de negocios “éticamente”, el film dirigido por el maestro Martin Scorsese narra el ascenso y caída del joven corredor de bolsa que fue acusado de unos de los mayores delitos de fraude a particulares de la historia. Pero la película centra sus esfuerzos en dibujarnos un Belford excesivo, drogadicto, excéntrico, adicto al sexo y sobre todo, adicto al dinero, pues como bien le dice su mentor en Wall Street, Mark Hanna (Matthew McConaughey), “te masturbarás pensando en dinero”. De hecho, a pesar de que no paran de aparecer la cocaína y las prostitutas durante toda la película, es el dinero, la necesidad de conseguir dinero a cualquier precio lo que sobrevuela todo el film. Y el dinero no trae la felicidad a Belford, ni siquiera lo desea para tener poder y, aunque muy atraído por el lujo, tampoco es su principal motivación. Simplemente quiere dinero para obtener más dinero, pues es la pasta la única cosa que le produce placer.

El guión escrito por Terence Winter (Boardwalk Empire, Los Soprano) abusa mucho de la mostración del exceso y la autodestrucción, convirtiéndolos en un espectáculo que si bien es necesario para la trama, se hace demasiado reiterativo a lo largo de las tres horas de duración del film. El montaje de Thelma Schoonmaker, la colaboradora habitual de Scorsese, intenta arreglar el problema y casi lo consigue imprimiendo al relato un ritmo acelerado aunque incapaz, sobre todo en la primera mitad, de liberar al espectador del tedio que produce ver escenas machaconas que no van a ninguna parte dentro de la trama. DiCaprio realiza una buena actuación en general, pero en determinados momentos sobreactúa y nos chirría demasiado, como cuando hace de telepredicador ante una audiencia adocena que son en realidad sus propios empleados. Seguramente Scorsese le dio plena libertad y la credibilidad del personaje fue la perjudicada. Mucho mejor está Jonah Hill en su papel de compañero de estafas y juergas, una interpretación que equilibra a la perfección su vis cómica con su faceta dramática. Tampoco son muy destacables los papeles de Jean Dujardin, Kyle Chandler o Margot Robbie, que tienen poco peso dramático debido a la omnipresencia del personaje de DiCaprio. Destacar algo a Matthew McConaughey, que a pesar de aparecer en pantalla unos pocos minutos, nos regala un speech bastante curioso. La planificación del gran Scorsese es meritoria pero sin llegar a los brillantes momentos de sus obras maestras como Taxi Driver (1976), Toro Salvaje (1980) o Uno de los nuestros (1990). El director da todo de sí mismo para hacer atractiva esta historia de desenfrenado sexo, avaricia ilimitada y testosterona a raudales.

Como conclusión, tengo que destacar su desenlace. Transmite un mensaje peligroso que algunos podrán tomar como apología del engaño, pues en ningún momento Belford se arrepiente o se redime, aceptando colaborar con el FBI para reducir su condena. Entiendo que el cine no está concebido para dar ejemplo, pero en este caso, la deshumanización del personaje puede inducir a errores de interpretación que son levemente peligroso. Demasiado espectáculo para un discurso tan vacío sobre las miserias del feroz capitalismo.


6/10



Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 24 de febrero de 2014

Nebraska (2013) de Alexander Payne


El último film del director norteamericano Alexander Payne es cine con letras mayúsculas. Todo lo que debería pedírsele a una gran película podemos encontrarlo en Nebraska y, sin embargo, mantiene su condición de sencillez a pesar de tratar temas tan profundo. Tras Los descendientes (2011), una muy buena película que también trata temas familiares, Payne viaja a la América profunda, a los pueblos dónde la gente se conoce y se saludan por las calles, a las Grandes Llanuras del Medio Oeste con su gran variedad de paisajes. El film comienza con un anciano caminando por una transitada autopista con paso lento pero decidido hasta que una patrulla policial lo detiene. Su intención, recorrer los mil kilómetros que separan su localidad de residencia, Billings, Montana, hasta Lincoln, la capital de Nebraska, para recoger un supuesto premio de un millón de dólares con el que ha sido agraciado, pero que no es más que una estrategia publicitaria de una revista para conseguir subscriptores. El anciano se llama Woody Grant (Bruce Dern) y es alcohólico, testarudo y tiene con claros síntomas de demencia senil. Su hijo David (Will Forte) cuya vida personal no es muy estable que digamos, decide apoyar la fantasía de su padre y llevarlo en coche hasta Nebraska, ante la rotunda negativa de su madre Kate (June Squibb). El viaje que emprenden padre e hijo servirá a David para conocer un poco más a su padre, un hombre difícil y cerrado que en el ocaso de su vida comprende que ha cometido muchos errores aunque nunca los haya reconocido. En su recorrido harán una parada en el pueblo natal de Woody para visitar a su peculiar familia a la que hace muchos años que no ve. Esta reunión familiar, a la que se unen posteriormente Kate y su otro hijo Ross (Bob Odenkirk) fortalecerá los lazos afectivos de los cuatro ante la poca ética que demuestran el resto de su familia al intentar beneficiarse del supuesto millón de dólares ganado por Woody.

Payne trabaja por primera vez con guión ajeno, magníficamente creado por Bob Nelson. Sin embargo, Nebraska tiene todos los rasgos autorales del cine de Payne: su cuidada puesta en escena con bellos encuadres, excepcional tratamiento de la fotografía, esta vez en un exquisito blanco y negro gracias al trabajo de Phedon Papamichael, humor agridulce creado por situaciones sainetescas (impagable la escena de la dentadura y la del cementerio) y una sobresaliente dirección de actores. Y es que el apartado de las interpretaciones es de suma importancia pues la historia consigue llegarnos al corazón sobre todo por el magnífico trabajo de los actores, desde los protagonistas Bruce Dern y Will Forte, hasta los secundarios June Squibb, Bob Odenkirk (Saul Goodman de la serie Breaking Bad) o Stacy Keach (el ideólogo neonazi de American History X). No en vano, Dern se alzó con el Premio al Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes y cuenta con nominaciones a los Oscar en las categorías de Mejor Actor Protagonista (Dern) y Mejor Actriz de Reparto (Squibb).

El final de Nebraska es uno de los más emotivos que he visto en los últimos años y del cual no quiero decir nada que pueda chafar a quienes leen esto y no han visto la película. De forma ingeniosa pero sencilla, Payne logra emocionar al espectador con el desenlace final de esta historia de relaciones paterno-filiales y más en general familiares, dejándonos conmovidos sin necesidad de desatar un melodrama al uso en busca de la lágrima fácil. Nebraska es un film maduro, honesto, emotivo, sublime, en dos palabras es puro cine.


9/10




Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 27 de enero de 2014

The Grandmaster (2013) de Wong Kar-wai



Antes de comenzar propiamente con la crítica del film debo decir que no estoy muy familiarizado con las películas de Kung fu o el género Wuxia, principalmente por no ser las pelis de acción santo de mi devoción. Mi experiencia cinematográfica en este caso se reduce a un par de films de Bruce Lee o algún taquillazo espectacular como Tigre y dragón (Ang Lee, 2000) o Hero (Zhang Yimou, 2002), que considero grandes películas. En cambio, sí estoy familiarizado (y mucho) con la obra del director chino Wong Kar-wai. Por eso tampoco me sorprendió tanto que abordara un proyecto del género de las artes marciales, pues ya lo hizo en Ashes of Time (1994), que aquí en España recibió el “poético” título de “Este contraveneno del oeste” (de verdad, por qué no dejan el título internacional en casos como éste es una verdadera incógnita). The Grandmaster se inspira en la vida de Ip Man (Tony Leung, actor fetiche del director) para narrar una historia de amor, honor, dolor y memoria histórica sin preocuparse mucho por la fidelidad a la biografía del maestro de Bruce Lee. La lucha entre las escuelas de Kung fu del norte y el sur de china es el pretexto para introducirnos en una historia de amor imposible entre Ip Man y su rival Gong Er (Zhang Ziyi) a la manera de Deseando amar (In the Mood for Love, 2000) o 2046 (2004). Igualmente tiene bastante importancia en el film el tema del honor, algo inmanente a la práctica de las artes marciales, y escenificado además en la lucha interna del propio clan entre Gong Er y Ma San (Zhang Jin).

A lo largo de The Grandmaster somos testigos de la división de China, primero con la guerra civil y después con la invasión japonesa, situándonos así en un contexto histórico convulso como el que viven los personajes en la ficción. Los puristas del guión y de las narraciones convencionales seguramente no tragarán la película. Wong Kar-wai, no trabaja baja los parámetros del relato clásico occidental como nos damos cuenta desde el principio con la adrenalínica escena de lucha bajo la lluvia que prologa el film.  Incluso se afirma que ni siquiera rueda con un guión plenamente escrito, hecho que claramente se puede observar en las digresiones temporales, en el desconcierto que causan los nombres de los distintos estilos de Kung fu (algo difícil de seguir y en momentos, caótico) e incluso en la introducción del un personaje como El navaja (Chang Chen) cuya historia poco o nada tiene que ver con el desarrollo de la trama. Pero es que a Wong Kar-wai poco le importan los posibles reproches narrativos. La fuerza de su cine reside en la puesta en escena y, en esta ocasión, es realmente impresionante. La fotografía del francés Philippe Le Sourd, resulta espectacular y minuciosa en la creación de diferentes ambientes en busca de la belleza estética del plano (no obstante, afirmó en la Berlinale que fueron 360 días de rodaje como tal). Y qué decir del montaje de William Chang, un verdadero, si se me permite la expresión, “trabajo de chinos”. El crítico norteamericano David Bordwell, paladín del neoformalismo teórico, contó hasta 2500 planos en The Grandmaster, perfectamente ensamblados con una cadencia rítmica adecuada a la poética del film que unido al minucioso trabajo de postproducción, hacen del film de Wong Kar-wai una experiencia estética inigualable. Y no me extiendo mucho en la banda sonora, pues merecería un capítulo aparte.

The Grandmaster ha cosechado un éxito tremendo tanto en Hong Kong como en China. De hecho, es la primera película de Wong Kar-wai que llega al gran público. Parte del éxito lo achaco a la presencia de las artes marciales, pero no es una película de acción, es un melodrama impresionantemente bello estéticamente que lo emparenta con sus grandes obras maestras. El seguidor de su filmografía podrá reconocer en los personajes las mismas emociones, los mismos desencuentros, el mismo tratamiento del amor. La experiencia cinematográfica más creativa, espectacular y emocional que ha deparado el cine contemporáneo en los últimos años.



10/10




Daniel Muñoz Ruiz

viernes, 3 de enero de 2014

Prisioneros (2013) de Denis Villeneuve


 
 
El director canadiense Denis Villeneuve logró que su anterior largometraje, su impresionante Incendies (2010) obtuviera una merecida nominación al Oscar a la mejor película extranjera. Este hecho le abrió las puertas a proyectos en Estados Unidos, siendo Prisioneros su primer largo en el que trabaja con guión ajeno. Y el guión, obra de Aaron Guzikowski, es un buen material para desarrollar una puesta en escena muy medida, que demuestra el amplio talento del director. La familia Dover se reúne en casa de sus amigos y vecinos los Birch para celebrar el Día de Acción de Gracias. Todo son risas y felicidad hasta que empiezan a echar de menos a las hijas pequeñas de ambas parejas. Se suponía que estaban vigiladas, pero no, han desaparecido. Desde el principio, el padre de la pequeña Anna, Keller Dover (Hugh Jackman) será el que más ahínco ponga en la búsqueda de las niñas. Pronto, el policía encargado del caso, el detective Loki (Jake Gyllenhaal), capturará a un sospechoso, Alex Jones (Paul Dano), un treintañero con la mentalidad de un niño de diez años y que vive a cargo de su tía viuda (Melissa Leo). Sin embargo, por falta de pruebas quedará libre, pero para Keller su culpabilidad está fuera de toda duda y actuará en consecuencia, llegando a sobrepasar los límites morales.

Prisioneros es un thriller que en otras manos lo más normal es que hubiera terminado convirtiéndose en un anodino telefilm de sobremesa, pero que dirigido por Villeneuve se convierte en un relato tenso con una atmósfera claustrofóbica y que plantea al espectador muchos dilemas éticos debido al tratamiento de la trama y los personajes. Las interpretaciones del elenco artístico son bastante valiosas, destacando la de Hugh Jackman como sufrido padre que pierde la cabeza por la ausencia de su pequeña, un Paul Dano que da vida a la perfección a ese retrasado mental que da la sensación de que es más listo de lo que parece y Melissa Leo, que vuelve a demostrar ser una eficaz actriz camaleónica. La dirección de fotografía a cargo del multinominado pero nunca oscarizado Roger Deakins, colaborador habitual de los hermanos Coen, otorga a las imágenes esa capacidad de crear un mundo particular en el que los contrastes ambientales logran un efecto perturbador en el espectador. Y del guión, decir que es muy brillante, pues aunque responde a una estructura de thriller clásico, los giros argumentales nunca resultan forzados ni obrados por arte de magia como suele ocurrir en otras películas de género, sino que responden a una lógica narrativa que va sedimentando pistas y datos de importancia por el camino, haciendo que el trayecto del relato sea fluido y el film resulte ágil a pesar de sus dos horas y media de duración. Gran parte de este mérito lo tiene el montaje, labor a cargo de Joel Cox y Gary Roach, montadores de un buen puñado de películas dirigidas por Clint Eastwood.

Por todo esto y algo más, el film realizado por el director de Québec supone una entrada a lo grande por la puerta del cine de Hollywood, aunque no pueda considerarse como cine mainstream. Sus próximos trabajos marcarán si se consolida en el selecto grupo de directores prestigiosos del cine indie o si termina convirtiéndose en un artesano asalariado de los grandes estudios. Espero que mantenga esa maestría que alcanzó con Incendies y que conserva, aunque de manera distinta, con Prisioneros.



8/10



Daniel Muñoz Ruiz