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jueves, 27 de febrero de 2014

El lobo de Wall Street (2013) de Martin Scorsese


“No hay nobleza en la pobreza” dice en un momento del film su protagonista Jordan Belford (Leonardo DiCaprio), un joven bróker que tras unos duros inicios se convertirá en El lobo de Wall Street. Puede que tenga razón, no vamos a juzgarlo aquí, pero donde tampoco asoma la nobleza es en la trayectoria vital de este personaje. Basada en la autobiografía del propio Belford, personaje real que en la actualidad imparte conferencias y escribe libros sobre técnicas de negocios “éticamente”, el film dirigido por el maestro Martin Scorsese narra el ascenso y caída del joven corredor de bolsa que fue acusado de unos de los mayores delitos de fraude a particulares de la historia. Pero la película centra sus esfuerzos en dibujarnos un Belford excesivo, drogadicto, excéntrico, adicto al sexo y sobre todo, adicto al dinero, pues como bien le dice su mentor en Wall Street, Mark Hanna (Matthew McConaughey), “te masturbarás pensando en dinero”. De hecho, a pesar de que no paran de aparecer la cocaína y las prostitutas durante toda la película, es el dinero, la necesidad de conseguir dinero a cualquier precio lo que sobrevuela todo el film. Y el dinero no trae la felicidad a Belford, ni siquiera lo desea para tener poder y, aunque muy atraído por el lujo, tampoco es su principal motivación. Simplemente quiere dinero para obtener más dinero, pues es la pasta la única cosa que le produce placer.

El guión escrito por Terence Winter (Boardwalk Empire, Los Soprano) abusa mucho de la mostración del exceso y la autodestrucción, convirtiéndolos en un espectáculo que si bien es necesario para la trama, se hace demasiado reiterativo a lo largo de las tres horas de duración del film. El montaje de Thelma Schoonmaker, la colaboradora habitual de Scorsese, intenta arreglar el problema y casi lo consigue imprimiendo al relato un ritmo acelerado aunque incapaz, sobre todo en la primera mitad, de liberar al espectador del tedio que produce ver escenas machaconas que no van a ninguna parte dentro de la trama. DiCaprio realiza una buena actuación en general, pero en determinados momentos sobreactúa y nos chirría demasiado, como cuando hace de telepredicador ante una audiencia adocena que son en realidad sus propios empleados. Seguramente Scorsese le dio plena libertad y la credibilidad del personaje fue la perjudicada. Mucho mejor está Jonah Hill en su papel de compañero de estafas y juergas, una interpretación que equilibra a la perfección su vis cómica con su faceta dramática. Tampoco son muy destacables los papeles de Jean Dujardin, Kyle Chandler o Margot Robbie, que tienen poco peso dramático debido a la omnipresencia del personaje de DiCaprio. Destacar algo a Matthew McConaughey, que a pesar de aparecer en pantalla unos pocos minutos, nos regala un speech bastante curioso. La planificación del gran Scorsese es meritoria pero sin llegar a los brillantes momentos de sus obras maestras como Taxi Driver (1976), Toro Salvaje (1980) o Uno de los nuestros (1990). El director da todo de sí mismo para hacer atractiva esta historia de desenfrenado sexo, avaricia ilimitada y testosterona a raudales.

Como conclusión, tengo que destacar su desenlace. Transmite un mensaje peligroso que algunos podrán tomar como apología del engaño, pues en ningún momento Belford se arrepiente o se redime, aceptando colaborar con el FBI para reducir su condena. Entiendo que el cine no está concebido para dar ejemplo, pero en este caso, la deshumanización del personaje puede inducir a errores de interpretación que son levemente peligroso. Demasiado espectáculo para un discurso tan vacío sobre las miserias del feroz capitalismo.


6/10



Daniel Muñoz Ruiz

lunes, 24 de febrero de 2014

Nebraska (2013) de Alexander Payne


El último film del director norteamericano Alexander Payne es cine con letras mayúsculas. Todo lo que debería pedírsele a una gran película podemos encontrarlo en Nebraska y, sin embargo, mantiene su condición de sencillez a pesar de tratar temas tan profundo. Tras Los descendientes (2011), una muy buena película que también trata temas familiares, Payne viaja a la América profunda, a los pueblos dónde la gente se conoce y se saludan por las calles, a las Grandes Llanuras del Medio Oeste con su gran variedad de paisajes. El film comienza con un anciano caminando por una transitada autopista con paso lento pero decidido hasta que una patrulla policial lo detiene. Su intención, recorrer los mil kilómetros que separan su localidad de residencia, Billings, Montana, hasta Lincoln, la capital de Nebraska, para recoger un supuesto premio de un millón de dólares con el que ha sido agraciado, pero que no es más que una estrategia publicitaria de una revista para conseguir subscriptores. El anciano se llama Woody Grant (Bruce Dern) y es alcohólico, testarudo y tiene con claros síntomas de demencia senil. Su hijo David (Will Forte) cuya vida personal no es muy estable que digamos, decide apoyar la fantasía de su padre y llevarlo en coche hasta Nebraska, ante la rotunda negativa de su madre Kate (June Squibb). El viaje que emprenden padre e hijo servirá a David para conocer un poco más a su padre, un hombre difícil y cerrado que en el ocaso de su vida comprende que ha cometido muchos errores aunque nunca los haya reconocido. En su recorrido harán una parada en el pueblo natal de Woody para visitar a su peculiar familia a la que hace muchos años que no ve. Esta reunión familiar, a la que se unen posteriormente Kate y su otro hijo Ross (Bob Odenkirk) fortalecerá los lazos afectivos de los cuatro ante la poca ética que demuestran el resto de su familia al intentar beneficiarse del supuesto millón de dólares ganado por Woody.

Payne trabaja por primera vez con guión ajeno, magníficamente creado por Bob Nelson. Sin embargo, Nebraska tiene todos los rasgos autorales del cine de Payne: su cuidada puesta en escena con bellos encuadres, excepcional tratamiento de la fotografía, esta vez en un exquisito blanco y negro gracias al trabajo de Phedon Papamichael, humor agridulce creado por situaciones sainetescas (impagable la escena de la dentadura y la del cementerio) y una sobresaliente dirección de actores. Y es que el apartado de las interpretaciones es de suma importancia pues la historia consigue llegarnos al corazón sobre todo por el magnífico trabajo de los actores, desde los protagonistas Bruce Dern y Will Forte, hasta los secundarios June Squibb, Bob Odenkirk (Saul Goodman de la serie Breaking Bad) o Stacy Keach (el ideólogo neonazi de American History X). No en vano, Dern se alzó con el Premio al Mejor Actor en el pasado Festival de Cannes y cuenta con nominaciones a los Oscar en las categorías de Mejor Actor Protagonista (Dern) y Mejor Actriz de Reparto (Squibb).

El final de Nebraska es uno de los más emotivos que he visto en los últimos años y del cual no quiero decir nada que pueda chafar a quienes leen esto y no han visto la película. De forma ingeniosa pero sencilla, Payne logra emocionar al espectador con el desenlace final de esta historia de relaciones paterno-filiales y más en general familiares, dejándonos conmovidos sin necesidad de desatar un melodrama al uso en busca de la lágrima fácil. Nebraska es un film maduro, honesto, emotivo, sublime, en dos palabras es puro cine.


9/10




Daniel Muñoz Ruiz