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viernes, 29 de enero de 2016

El hijo de Saúl (2015) de László Nemes






Desde el principio, El hijo de Saúl deja clara su intención de sumergir al espectador en el horror más profundo, la experiencia vivida por los prisioneros del campo de concentración y de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en el que a partir de febrero de 1943, fueron ejecutados por la Alemania nazi más de un millón de personas, de los que casi el 90% eran judíos. Nunca antes se había representado el Holocausto de la forma en que lo hace László Nemes en este film, que supone su debut en el largometraje. En el primer plano de la película, la cámara aguarda a que el protagonista la  sobrepasa y se pega a él, posición que no abandonará en todo el metraje. Deja así muy evidente el punto de vista que va a tomar el relato, que no es otro que el de Saúl (Géza Röhrig), un preso húngaro judío integrante de los sonderkommando, que como se explica al empezar la película, eran los prisioneros que trabajaban en tareas especiales durante un tiempo antes de ser ejecutados. Esas tareas especiales eran, entre otras, conducir a los condenados a las cámaras de gas, recoger los cadáveres y apilarlos para su incineración, deshacerse de las cenizas y limpiar a fondo las cámaras para el siguiente grupo a exterminar. Tras una de esas terribles ejecuciones en masa, Saúl recoge el cuerpo de un niño que ha conseguido sobrevivir a la cámara de gas. Sin embargo, un médico nazi termina con la vida del chico, en el único plano de todo el film en el que vemos una muerte con total claridad. Desde ese momento, Saúl no tendrá otro objetivo más allá de enterrar al niño dignamente.

László Nemes, antiguo ayudante de dirección del ilustre director, también húngaro, Béla Tarr, en El hombre de Londres (A londoni férti, 2007), se basa en unos diarios encontrados pertenecientes a miembros del sonderkommando de Auschwitz escritos en 1944. Partiendo del testimonio real, Nemes escribe junto a Clara Royer, una ficción que traspasa la pantalla y se instala en el espectador sacudiendo violentamente su conciencia. El debate moral que supone la representación de la maquinaria de exterminio nazi es superado en este film con una apuesta estética original a la par que perturbadora. El hijo de Saúl no pretende representar la Shoah mostrando las atrocidades de una forma manifiesta y clara. Su arriesgada apuesta consiste en apoyarse sobre planos desenfocados en los márgenes del cuadro y en el magistral uso del fuera de campo para crear la necesidad en el espectador de construir el imaginario del exterminio. Los planos del film (favorecidos por el uso del formato 1:1, 33) encienden la mecha que provoca un feroz estallido emocional en la mente del espectador, que  inevitablemente tiene que identificarse con la experiencia vivida por el protagonista. El imponente trabajo sonoro, formado por los ruidos, lamentos, lloros, gritos, que no cesan durante casi toda la película, permanece en su mayoría fuera de campo, hecho que le otorga un matiz más desgarrador si cabe.

El título del film alude a que el niño que recoge Saúl es su hijo, pero sin embargo el relato siembra muchas dudas acerca de su paternidad. En realidad, da igual que sea verdaderamente su vástago o no. Lo importante es el gesto de intentar que reciba una sepultura en condiciones. Un gesto que humaniza al personaje en medio de semejante infierno. La magnífica obra de Nemes se une así al distinguido club de mejores películas sobre el Holocausto (la selección es puramente personal), como son la poética Noche y niebla (1955, Alain Resnais), el monumental relato oral Shoah (1985, Claude Lanzmann), la estilizada La lista de Schindler (1993, Steven Spielberg), la conmovedora La vida es bella (1997, Roberto Benigni) o, representándolo de manera tangencial, El pianista (2002, Roman Polanski). Visionar El hijo de Saúl es una verdadera experiencia cinematográfica al que ningún espectador debería renunciar. Es una obra maestra necesaria al igual que controvertida, pero sin duda, no deja indiferente.


10/10




Daniel Muñoz Ruiz




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