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domingo, 31 de julio de 2016

Todos queremos algo (2016) de Richard Linklater




Retrato generacional de la juventud estadounidense de principios de los ochenta, Todos queremos algo (Everybody Wants Some!!), narra las vivencias de un grupo de universitarios durante los tres días que preceden al comienzo de las clases del curso de 1980. A los sones de la canción 'My Sharona' de The Knack del radiocasete de su coche, el joven Jake (Blake Jenner) arriba al hogar que la Universidad les ha adjudicado a sus compañeros del equipo de béisbol. Es su primer año y, como novato, es recibido con cierto recelo y sarcasmo por los veteranos. Pero esta situación solo durará un momento pues como buenos compañeros, las pertinentes presentaciones darán paso a la camaradería, la amistad y la diversión. La nueva película de Richard Linklater tras su exitosa y multipremiada Boyhood (2014), puede resultar a simple vista una comedia juvenil desenfadada y poco trascendente, pero sin embargo, constituye una de las mejores obras del excelente cineasta americano. Recoge el testigo de su film Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993), pudiéndose considerar una secuela encubierta, pues, donde aquella narraba el día de fin de curso de un grupo de alocados estudiantes de último año de instituto, en esta asistimos al comienzo de un nuevo ciclo vital, la entrada en la Universidad. No son los mismos personajes ni actores, pero es más que lógico pensar que Linklater enlaza ese tiempo con el presente del film que nos ocupa, manteniendo también una fuerte relación de paralelismo con el final de Boyhood en el que Mason, su protagonista, comienza su vida universitaria.

Todos queremos algo es un himno a la alegría que produce el carpe diem, el vivir el momento y disfrutar al máximo sin pensar en lo que vendrá mañana. Fiesta tras fiesta, los hedonistas miembros del equipo universitario de béisbol se adaptan cual camaleones al ambiente por el que transitan, ya sea una discoteca, un local de música country, un concierto de punk o una fiesta de actores. El objetivo principal de la pandilla es ligar, no lo ocultan, sobre todo Finn (Glen Powell), pero detrás de ese machismo y esa superficialidad, se esconde el deseo de vivir la experiencia y sacarle todo el partido posible al instante. El reparto coral del film, plagado de caras desconocidas, desprende una química maravillosa y esa colectividad protagonista no es impedimento para que surjan excelentes creaciones de personajes individuales, con características bien distintas. Y así, tenemos al sensible, al ingenuo, al competitivo, al chiflado, al charlatán o al exotérico, por poner algunos ejemplos. El relato no se asienta en los paradigmas clásicos, no hay robustas tramas ni puntos de giro imprevistos ni un ápice de suspense. Sin embargo, la narración es muy fluida y el magnífico montaje consigue que el ritmo del relato no decaiga a pesar de estar contando situaciones cotidianas y nada extraordinarias, haciendo que las casi dos horas de metraje se pasen en un santiamén. Destaca también la selección musical, con temas de la época en la que tiene lugar la historia, de artistas como The Cars, Blondie, Dire Straits, Frak Zappa, Van Halen, Kool and the Gang, The Knack o Cheap Trick.

Dentro del epicureísmo que destila el film, lejos de las comedias universitarias americanas clásicas como Desmadre a la americana (Animal House, John Landis, 1978) o Porky’s (Bob Clark, 1980), el viaje iniciático que propone el autor está cargado de nostalgia ante la inexorabilidad del efímero tiempo que supone la juventud. Edad enmarcada entre la problemática adolescencia y la responsabilidad de la edad adulta y que Linklater declara como  la mejor etapa de la vida, como se intuye en la metafórica secuencia final en la que Jake se queda dormido antes de empezar su primera clase universitaria.


9/10



Daniel Muñoz Ruiz



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